Samuel
La sala de reuniones se llenaba de pueblerinos. El día de ayer estaba cazando y llamando ángel a una chica que podía ser bruja. Hoy me encontraba al lado del púlpito, aún sin subir a él. Mi padre murmuraba órdenes en mi oído, repletas de amenazas silenciosas.
—No me dejes en vergüenza, eres el hijo del ministro —murmuró—. Concéntrate —advirtió.
Tragué saliva con los nervios de punta. Se alejó de mí sentándose en las bancas del frente. Junto a él, mi hermano y mi madre me veían con una sonrisa. El rechinar de la madera calló la sala, podía ver desde el púlpito todos esos ojos directos en mí.
Unos parecían brillar de esperanza; otros demasiados serios por el aburrimiento, y algunos temblar de miedo por el humo que envolvía al pueblo. Carraspeé, listo para decir ese sermón que había aprendido de memoria.
—¡Pueblo de Dios! —llamé—. Ayer la gracia de Dios me acompañó al bosque, he logrado una casería exitosa que traerá bendiciones al pueblo —mencioné—. También, pude conocer el habitad del maligno, donde acechan sus servidoras paganas.
En ese minuto, pude volver a ver el rostro de esa chica. Tenía la oportunidad de servirle al pueblo, delatarla y ser el orgullo de mi padre. Pero no podía... no aún.
—En el terreno por el que Dios me llevo, no existía rastro de brujería —dije—. Aún así, gracias a la autorización de mi padre, seguiré con las caserías en busca de bendecir a este pueblo. Le pediré en oración al señor, que su gracia caiga en nosotros. ¡Amén, y que bendecidos seáis todos! —exclamé.
La sala de reuniones se llenó en aplausos y gritos de alegría. Bajé del púlpito con la mirada en alto, tomé asiento justo al lado de mi padre. Sentí un par de sus palmadas en mi espalda, tal como si fuera un perro que hizo su trabajo bien.
Miré mis manos. No podía creer que cada vez parecía convertirme en una misma versión de él. Hecha para el mandato, para matar, para destruir bajo el nombre de Dios.
<< No, no puedo ser eso >>
—Hijo mío —la voz suave de mi madre me saco de remar en mis negaciones—. Debes prepárate para ir al bosque, no quiero que la noche te encuentre en ese lugar.
—Está bien, madre —asentí. Su cálida mano apretó mi mejilla—. Debo avisar a mi padre antes. —Me levanté, caminando hasta el grupo de hombres poderoso en esa esquina.
Al llegar, pude ver a Abigail. Estaba atrás de su padre, con la cabeza gacha pero con una leve sonrisa.
<< Cómo puedes disfrutar ser marginada, Abigail... >>
—Padre —llamé—. Necesito de su autorización para ir de casería, la noche se acerca y no deseo que esta me hallé por esos lares—dije.
—Por supuesto, Hijo —aceptó— Pero antes, asegúrate de llevar a Abigail a su hogar. Es tu pretendiente, debes de empezar a sembrar frutos con ella —habló.
—Felicidades por el sermón, Samuel —dijo el padre de quien debía llevar a su casa—. Fue emocionante, repleto de bendiciones.
—Gracias. Me aseguraré de llevar a su hija sana y salva. —Sonreí.
La figura de Abigail se encontraba a mi lado. Se movió de una forma tan sigilosa, que no sentí cuando estaba a escasos pasos de mí. Caminé hasta salir de la casa de reuniones, siendo seguido por ella.
—Bien, ¿de verdad necesitas que te lleve? —pregunté, encarnando una ceja—. Creo que ya estás grande para irte solita, ¿no?
Levantó su rostro, mirándome extrañada.
—Samuel, sabes cómo funcionan las cosas. Somos esposo, acostúmbrate a llevarme a casa. —Se pegó más a mi lado, dándome una sonrisa de oreja a oreja.
Bufé al iniciar la marcha a su hogar. En todo el camino decidí no dirigirle la palabra, demasiado concentrado en pensar en mi supuesta casería. Debía ir al bosque lo más pronto posible, y buscar el lugar donde dormía esa chica similar a un ángel.
Abigail hablaba lentamente, eran los mismos temas de siempre. Me contaba sobre su padre y sus finanzas, las comidas deliciosas que "cocinaba", y otras bobadas que no me importaban.
—Llegamos —exclamé, suspirando de alivio—. Para la otra, te vas solita y le dices a tu Padre que ya estás grande —solté, viendo como su rostro cambiaba a uno de sorpresa.
Me fui caminando, muy feliz al dejarle claro que esa caminata no fue una bendición para mí. Mis piernas iban rápido hasta mi hogar. A un lado de la gran casa, en una pequeña bodega de madera humedecida, mi arco y sus flechas estaban listos para acompañarme.
Las tomé con rapidez, colgando mi aljaba repleta de flechas. Me emprendí camino al bosque, por la misma ruta que ayer. Hoy tuve que desviarme del camino, mi objetivo no era encontrar el río, necesitaba hallar la morada de esa chica.
El bosque se veía igual por donde lo mirara. Llevaba minutos dando vueltas, rogándole al cielo que no me perdiera. Con la punta de mi flecha, marcaba los troncos de los árboles como rastro.
Seguí caminado, pero ciertos arbustos a mi lado me hicieron detenerme.
<< lavandas >>
Podía ver como a lo largo arbustos de lavandas seguían un pequeño camino muy discreto. Sin esperar más cambié mi rumbo. El camino desprendía un olor suave, era un aroma que me sacaba una sonrisa de alivio. No entendía como esa flor lograba calmar de esa manera mi cuerpo. Estiré mi mano rozando las flores con las yemas de mis dedos, dejando el aroma impregnado en mí.
Avanzaba lentamente, disfrutando el recorrido entre las lavandas. A lo lejos, una cabaña escondida por los árboles se empezaba a divisar. Podía notar su estructura vieja; el tejado chueco, paredes de piedra y una madera húmeda, flores adornando las ventanas desgastadas.
Podía asegurar que si mi padre veía esto, lo quemaría con el dueño dentro. Todo por la creencia de la "brujería". La pequeña cabaña estaba frente a mí. Asomé mi cabeza por la ventana; se veía vacío, pero la estufa alumbraba el lugar. Pude ver las repisas repletas de frascos, y una olla a mitad de la mesa con una mezcla extraña dentro.