Hazel
No entendía cómo había llegado a la situación en la que ahora me encontraba. No era una buena señal tener al hijo del pastor frente a mí, menos cuando su arco y flechas estaban afiladas justo a su lado.
<< ¿Por qué no le dije que las dejara afuera? >>
Tomaba el té de menta con una tranquilidad indescriptible, mientras que yo sentía mi mano temblar cada que levantaba mi taza de la mesa. Sus ojos inamovibles me perforaban, produciéndome cada vez más esa sensación temblorosa.
—¿Te da miedo? —preguntó. No entendía a que se refería.
—¿Qué?
—El arco, ¿quieres que lo saqué afuera? —aclaró.
<< Acaso, ¿lee mentes? >>
—Ah, si no te molesta...
Apenas había terminado de hablar cuando se levantó de un tirón. Tomó el arco y sus flechas, abriendo la puerta pesada con una facilidad deslumbrante. Apoyó el arma en la pared exterior de la cabaña, entrando y volviendo a su lugar para mirarme con una sonrisa de lado.
—¿Mejor?
—Sí... —asentí.
Seguí tomando el líquido caliente y refrescante. Mi mirada estaba en la mesa, tratando de ignorar su rostro demasiado... perfecto.
—Sabes, creo que de verdad eres una bruja —confesó. Tomé un suspiro, cansada de esas creencias en mí—. Es imposible que solo con ese olor a lavanda que traes encima, me deje de doler la cabeza en un segundo.
—¿No me llamabas ángel hace un rato? —Le entregué una sonrisa irónica, tratando de comprender que creía de verdad sobre mí.
—Es porque pareces uno —alagó con una sonrisa tentadora.
—Eres ágil para contradecirte —bromeé.
—Jamás me llevé la contraria. Satanas también era un ángel muy bonito.
El silencio tras eso fue sepulcral. Sentí que el sonrojo que me subía ya no era de timidez. Por algún momento creí que él sería diferente en sus percepciones, que dejaría esas ideas y de verdad descubriría que no era el demonio del que hablaba tanto su padre.
—Eres un idiota —insulté—. Cuando te vayas, no quiero que vuelvas aquí. Te romperé tu lindo rostro si lo haces, y más te vale no decirle a nadie.
Mis palabras resonaron con dureza, mi respiración era pesada y sonora de la rabia. La furia creció más al ver como en él nacía una sonrisa muy profunda.
—¿Crees que soy bonito? —preguntó muy feliz.
Froté mi sien con fuerza, estresada por sus intentos de coqueteo.
—Bien, creo que debes irte a tu casa. —Me levanté retirando su taza vacía—. Si tu padre te viene a buscar y te ve aquí, me matarán.
Se levantó suspirando, aún con la sonrisa adornándolo.
—Para la próxima vendré con un casco. —Abrió la puerta—. No creas que esta es la última vez que nos vemos, ángel.
Se fue con una sonrisa en grande, dejándome ese terrible recordatorio de su regreso. Cerré mis ojos dejando caer mi cabeza hacia atrás, pensando en todo lo que acababa de pasar.
Samuel
El pueblo sombrío y helado era pisado por mis pies. El barro manchaba mis botas y los árboles ya no escondían nada. El solo hecho de ver una de esas casas terribles hacía arder mi cabeza, necesitaba ese aroma a lavanda.
Arrastraba un pavo de gran tamaño, como prueba de que mi escapada al bosque era una "ayuda" para el pueblo desesperado.
—Si que eres bueno para cazar, Sam. —Mi cuerpo salto al sentir mi espalda ser palmeada por Caleb—. Tu esposa estará bien orgullosa —bromeó.
—Que te dije sobre eso —respondí, cerrando mis ojos con fuerza por la poca paciencia.
—Solo es un chiste —respondió—. ¿No te gustaría dejarme a Abigail? Así te puedes ir con el ángel del bosque.
—Si no estuviera obligado a casarme, te ayudaría a conquistarla en vez de ir a cazar. —Suspiré.
—Oye, ¿encontraste a el ángel? —murmuró.
—¿Cuál ángel?
Nuestro caminar se paralizó, la voz frívola de Ephraim golpeó en nuestro pecho robándonos el aire. Él era el escudo de las leyes religiosas. Si se enteraba de esa chica, no dudaría en delatarme a mí y a ella.
—Estábamos recitando un salmo. —Tosió nervioso Caleb.
—¿Enserio? —Enarcó una ceja.
—Encontré el otro día un ciervo albino. Era como un ángel, pero hoy no lo vi —mentí. Caleb a mi lado asintió frenético.
—Que cosas más inesperadas suceden en ese bosque —respondió, caminado lentamente hasta llegar a nuestro lado.
—¿Si hablaste con el Padre Samuel? —soltó Caleb.
Mi cabeza se frunció de la confusión. ¿Por qué Ephraim tendría una charla con mi Padre? La pregunta de Caleb al parecer también fue precipitada para él, porque su cuerpo se tensó sin responder con la rapidez de antes.
—No, no hable con él... —susurró.
—¿Por qué hablarías con mi padre? —cuestioné con voz rígida.
—Era por lo de la casería, tu padre quería solicitar mi acompañamiento —su voz tembló, sonando tan sospechosa.
—¿Enserio? —solté una risa seca—. Pues dile que no necesito compañía, estoy bien solo.
Marché rápidamente hasta la casa de reuniones, dejando el pavo recién asesinado en la misma mesa donde el ciervo de ayer reposó muerto. Al llegar a mi hogar, me dediqué a procesar todo lo de hoy.
Presentía que Ephraim escondía algo, porque hablar con mi Padre jamás fue una ocurrencia suya. Ir de casería siempre fue un labor que se me dejo como tarea, no entendía por qué ahora mi padre sugería un acompañante. La mentira recorría mi piel dándome escalofríos.
Y esa chica... ese ángel. Necesitaba volver al bosque, el olor a lavanda era relajante. Ver a esa chica atrapaba mi concentración, verla era algo que salía de lo cotidiano y lo real. Parecía que sus manos poseían magia que le permitían sanar solo con una hoja.
<< Cómo puedo estar tan... obsesionado >>