Mi chica lavanda

Capítulo 9

Ephraim

Mi piel aún ardía bajo mi ropa. Mi padre se había encargado de darme una lección, golpeando mi espalda con un cinturón de cuero. Hace tiempo había dejado de gritar, entendí de niño que eso generaba más golpes en vez de pausarlos.

Cada uno en el pueblo entendía su labor; pasar rato en la siembra, controlando ganados o construyendo. Era imposible olvidar las leyes religiosas, iban antes que cualquier cosa. Desde pequeño me enseñaron a seguir al pie de la letras esas reglas. Veía como Samuel y Caleb vivían su vida; salían a pasear al bosque prohibido, robaban licor de sus padres y eran libres como los ciervos. Jamás fui capaz de eso, nunca logré destruir esas leyes.

El padre de Samuel me llamó, solicitando discutir conmigo de un tema de suma relevancia. La sala de reuniones siempre era fría, y estaba más que prohibido poner una estufa. Sé cree que esto limita la comunicación con Dios.

—Ephraim, que bueno haz llegado —saludó, caminando lentamente hasta mi presencia.

—Es una bendición verlo, Ministro —devolví—. ¿Por qué ha de charlar conmigo, Ministro?

Su mirada afilada me punzaba en la cara. Sus ojos eran iguales a los de Samuel; poderosos y capaces de aplastarte. Estábamos en el centro del salón, el frío entraba por los orificios de la madera tan demacrada.

—No confió en Samuel, ni una pizca de sal —confesó—. Necesito que vigiles de él, estás escapadas al bosque no me huelen bien —pidió con voz rasposa.

—¿Por qué ha de hacer eso, ministro? —pregunté desconcertado, sin entender por qué desconfiaba de su propio hijo.

—Ephraim, esto es más sencillo de lo que oyes. —Se acercó peligrosamente a mi figura—. Espiarás a Samuel con tu boca cerrada, tal como un ratón asustado. —amenazó—. ¿Lo entiendes? Es mi deber como líder de este pueblo mantener todo en orden.

—Entiendo, ministro —susurré.

—Confió en ti, Ephraim. Desde pequeño aprendiste que era lo correcto.

Los latidos se sentían como una golpiza, retumbando hasta mis oídos. Sentía que el frío huyó de mí dejándome con un calor sofocante, que ni el sol de verano era capaz de lograr.

Salí del lugar, casi huyendo del peligro que ahora me amenazaba. Las palabras del ministro me dejaron un sabor de boca terrible; no podía asimilar que ahora debía espiar a mi amigo por orden de su propio padre. Peor aún, lo que debía cometer era traición a esa amistad.

A pesar de todo, para mí seguimos siendo esos niños. Un par de revoltosos que se llenaban de rasguños por arrastrarse en el pasto, y luego cada uno volver a la realidad distinta de su hogar. Samuel recibía cariños de su madre, mientras que yo... oía al borracho de mi padre desquitase con quien se cruzara a su paso.

Jamás nos faltó la comida, no éramos pobres ni carecíamos de nada. Simplemente mi padre actuaba como un desgraciado. Siempre anheló que el puesto de Samuel fuera mío, pero tratando de convertirme en el mismo idiota que él.

<< Perdón, Samuel. Eras tú o era yo... >>

Hazel

Frente al feroz fuego enredaba el hilo haciendo crecer mi telar púrpura. Por abajo de la puerta gritaba agudo el viento, sin poder entrar a enfriar mi dulce hogar.

El cielo era negro, pero hace un par de horas cuando se reflejaba azul; ese chico, peligroso pero de facciones tan... llamativas. El volvió aquí, encontró mi escondite sin gota de sudor alguna.

Sus intenciones y su actuar no eran sospechosos, no parecía tener las intenciones que su padre tenía. Es probable que si pensara como su padre, yo estaría carbonizada en el barro de su decadente colonia. Pero no importaba como se viera, hasta todos sus puritanos lo saben: el ángel es el disfraz más bonito del diablo.

Las llamas de la hoguera me amenazan pero no me tocan, aunque ahora siento como si las rozara por culpa de ese chico. No puedo seguir pensando en la arma que puede destruirme, pero si es tan atractiva... era inevitable no borrarla.

El bostezo que emergió de mí, me sacó de la ocupación en mis pensares. Mis ojos se arrastraban en mi rostro, agotados del día. Dejé mi telar casi terminado en la mesa. Fui a mi cuarto separado inútilmente por esa tela colgante.

No me demoraba nada estar lista para lanzarme a dormir. En poco rato ya estaba enrollada por la calidad de mis chales con un olor suave a lavanda.

Me preguntaba si el hijo del ministro mañana estaría aquí, con su arco tratando de cazar algún animal inocente. O si su padre tal vez ya empiece a sospechar de sus escapes, y ya no vuelva por aquí nunca más.

La última opción me sonaba triste, sin entender por qué. Me daba un apretón en el corazón, me hacía sentir triste. No conocía a ese chico pero sabía el peligro que irradiaba, pero nunca me lamenté de tener algo de compañía.

Rogué en mi mente a la luna; que el peligro cesara y la compañía resistiera. Ese sentimiento de soledad que se dispersará, que al fin la respiración de un igual se sintiera por lo menos un segundo cerca mío.

Rogué sin parar. En ese minuto me di cuenta; ellos le ruegan a Dios, yo a la luna y tal vez otros a Dios variados.

Pero todos rogamos, por qué todos queríamos algo. Yo anhelaba que ese chico no viera la máscara construida por su padre puesta en mi rostro, y que viera a la persona que sobrevivía cada noche en soledad en el bosque.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.