Samuel
—Hoy no irás a cazar —declaró mi padre.
—¿Qué? —solté desconcertado.
Ayer fue otro de mis escapes hacia el bosque, con la inocente excusa de cazar animales como propósito. Pero en realidad me embarcaba en un viaje para encontrar a ese ángel, ese pecado prohibido que me llamaba.
—Tienes cosas que hacer aquí en el pueblo —explicó con voz severa—. Hoy tenemos la cena con los Winthrop. Es importante tu asistencia, eres el futuro esposo de Abigail.
Me invadieron unas ganas de arrancar mis ojos, solo con el deseo de no tener que ver a esa familia. El solo pensar en sentarme al lado de Abigail y tener que hablar sobre terrenos, me daba náuseas y un dolor punzante en mi cabeza.
—Mañana iré sin falta de casería —declaré en voz firme—. Me comprometí por el bien de nuestro pueblo.
—¿Desde cuando eres tan demandante, Samuel? —sentenció—. Las salidas al bosque te están transformando, ¿seguro que no has visto nada que deba saber? —dudó.
Tragué saliva. Solo debía seguir mintiendo, pero siempre le temí a mi padre. Tomé un largo suspiro, dándole fuerza a mis palabras para no temblar como un idiota.
—Sabes que las brujas son astutas, con sus hechizos paganos y riéndose con el diablo —dije—. Es difícil encontrarlas, y mi labor es cazar animales.
—Tu labor es mantener el orden del pueblo. Cazar brujas no es tan distinto de cazar animales... —habló con voz cavernosa.
El miedo me atacó, mi vista se desenfocó y sentí que mi corazón se apretaba. Caminé a mi cuarto, tratando de mantener la calma para no provocarle más sentimiento de sospecha a mi progenitor.
Tenía que cazar a esa chica. Debía hacerlo porque es mi deber como próximo ministro de este pueblo. Pero no puedo, algo me dice que no soy yo quien deba hacer esa maldad.
Ella solo era una chica... bonita. Una que vivía tranquila, y que fui a molestar por una borrachera. No es su culpa.
<< No sé qué hacer, ángel >>
El sonido de los cubiertos raspando el plato, y las leves sonrisas en el rostro de todos los que estábamos en esa mesa. Todo era tan falso. La luna alumbraba con rayos fuertes, mientras que las miles de velas trataban de asustar las penumbras.
—Samuel, he visto que te ha ido excelente con la casería —habló el padre de Abigail—. Estamos emocionados de que pronto formes raíces con Abigail.
—Gracias, señor. —Sonreía lo más agradable que podía—. También me encuentro emocionado por la unión entre nuestras familias, es una bendición del señor llevarlas acabo.
Mentía de una manera increíble, como siempre lo había hecho. Fingir era parte de vivir, y más si toda mi vida era controlada por mi padre. La única manera de escapar del control, era mintiendo.
—Samuel se excusó de su casería hoy, no podía perderse la cena —mintió mi Padre, como si él no hubiese tomado esa decisión.
—Me alegró que tomé la iniciativa. —Asintió el padre de Abigail.
Giré mi rostro a mi madre. En la mesa era imposible que una mujer hablara, a menos que diga algo referente a la comida. Aún si permanecía callada, parecía entender mi rostro mentiroso. Ella sabía que odiaba este compromiso, aún si nunca se lo dije. Me miraba con unos ojos que decían: "aguanta, pronto estaremos en casa".
Abigail estaba a mi lado, con una sonrisa de cachete a cachete que nadie le eliminaba. Era tan buena sonriendo, que no entendía si de verdad esto fue contra su voluntad.
Los platos en la mesa estaban limpios, vacíos de comida que ya había sido tomada. La cena parecía ya acabar, el terrible sufrir de esa mesa parecía pronto abandonarme.
—Ya se está haciendo tarde, es hora que volvamos a nuestros aposentos —anunció mi padre—. Estamos agradecidos por su invitación, esperamos pronto puedan asistir a una cena en nuestro hogar.
—Gracias por venir, estaremos atentos a su invitación. —Estrechó su mano con mi progenitor—. Que Dios los bendiga.
Nadie estaba sentado, todos soltábamos bendiciones de nuestros labios. Estreché mi mano con el padre de Abigail, repitiendo los mismos movimientos que mi padre.
Mi madre tomó de la mano a Isaac, que se comportaba igual de callado que una pluma al caer. Mi padre siempre lo amenazaba con esa voz fría, obligándolo a dejar de ser niño cada que la puerta de casa se abría.
Seguíamos a mi padre, caminaba al frente con una vela en su mano. La casa estaba fría, la ausencia de personas la convirtió en un frívolo congelador.
—Iré a mi cuarto, Padres —dije—. Con permiso.
—Hijo. —El brazo de mi madre me frenó—. Mañana, ¿iras de casería?
—Sí, iré antes del almuerzo.
—Hijo mío, ¿crees que podrías traerme unas manzanas? —murmuró, mirando de reojo si mi Padre seguía distraído con sus Biblias.
—¿Manzanas? —contesté confundido.
<< ¿Para qué necesita manzanas del bosque, si en la cocina aún quedan? >>
—En el bosque, hay árboles junto al arroyo donde te llevaba de niño. Ahí crecen muy frescas, mejores que las que traen aquí al pueblo —explicó en susurros—. ¿Podrías traer con esa canasta que está en la mesa?
Una sonrisa de dulzura se me dibujó. Mi madre era demasiado cariño para el fuego de este pueblo.
—Yo te traeré muchas, no te preocupes —aseguré.
—Gracias, mi niño. —Pellizcó suavemente mi mejilla.
El sentimiento de emoción me recorría. Ir al bosque se estaba volviendo un pasatiempo, uno peligroso pero tan bello. Alejarme del barro y tocar los troncos frondosos de los árboles, sentir el olor a lavanda, y... esa chica. Las manillas del reloj se detenían si estaba ahí. Parecía que el sol nunca bajaba con esa tranquilidad.
La casería no importaba, no cuando sabía que una bella chica vivía entre la tranquilidad que tanto deseaba.
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