Mi Comienzo y Mi Sueño: El Viaje de Seiichi

Prologo

Prologo

Dicen que el hogar es el refugio donde el alma descansa, el punto de partida de todo viaje, el lugar que nos sostiene cuando el mundo exterior se vuelve insoportable. Pero mi hogar nunca fue un refugio; fue una jaula de cristal con barrotes invisibles, una habitación vacía donde el silencio gritaba más fuerte que cualquier palabra. Aquí, entre las cuatro paredes que han sido testigos de mi crecimiento y de mi desmoronamiento, he aprendido una verdad que la mayoría se niega a admitir: hay maldiciones que no provienen de tomos antiguos ni de hechizos lanzados bajo la luz de una luna sangrienta. Mi maldición es mucho más íntima, mucho más aterradora. Es la sangre que corre por mis venas, la herencia de un vacío que nunca debió existir, el eco incesante de un "te quiero" que jamás encontró un eco de vuelta.

Mi mente se ha convertido en mi escenario principal, un laberinto de espejos rotos donde cada reflexión me muestra a alguien que no reconozco. Durante años, intenté desempeñar el papel que se esperaba de mí: el hijo comprensivo, el estudiante ejemplar, el joven que aguanta estoicamente la indiferencia bajo su propio techo. Fingí que no dolía, que el frío de esa casa era solo temperatura y no una ausencia de amor materno y paterno. Pero la mentira tiene patas cortas, y la mía se rompió hace mucho tiempo, dejando al descubierto una realidad mucho más cruda.

Cuando el mundo real me cerró las puertas, decidí construir el mío propio. Si no podía ser amado, al menos sería escuchado por los personajes que, con el paso del tiempo, dejaron de ser simples trazos de tinta para convertirse en los únicos amigos que jamás me fallaron. Ellos habitan las grietas de mi realidad, ellos entienden el sabor de mi desamor y la amargura de mis días. En ellos puse mi esencia, mi dolor y, sobre todo, mis cicatrices.

Hoy, mientras me observo en el espejo, no veo a un héroe destinado a la gloria. Veo al villano que tuvo que nacer de las cenizas de una infancia que nunca fue tal. Para sobrevivir, tuve que aprender a no esperar un rescate que nunca estuvo en camino; tuve que endurecer el corazón hasta convertirlo en el arquitecto de mi propia oscuridad. Esta es la crónica de una metamorfosis. No es el relato de alguien que perdió el rumbo, sino de alguien que se cansó de ser la víctima de su destino y decidió, por fin, tomar el control de su propia caída. Porque si la vida me ha enseñado algo, es que cuando se te niega la luz, no te queda más remedio que aprender a navegar en la penumbra. Y yo, a partir de hoy, me declaro el dueño absoluto de mis sombras.




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