Mi cuaderno

Escribo, luego existiré.

Me gusta mi cuaderno.
Nunca le he contado nada a nadie que mi cuaderno no sepa o tenga sospecha.

Él es casi omnisciente, está claro. Y no es sabio, es más tonto que un folio en blanco, pero yo se lo cuento. No me analiza, tiene lo que tiene y lo aguarda.

Escribirle es mucho mejor que escribirle a cualquier amada, no hay prejuicios o perjuicio si lo abandono momentáneamente. No hay orgullo que herir por los prejuicios.
Escribir en él es como navegar en mis pensamientos, dónde las rutas son palabras que nacen de las olas y parecen dirigirme a frases en las que me veo reflejado.
Es que es hermoso, no sé qué pensar hasta que me siento frente a él y sólo necesito unos golpes con el lápiz en la mesa para que las ideas se pongan rectas y tangibles en los renglones de texto.

Es casi mágico escribir en mi cuaderno. Puedo declararle amores que no saldrán de mi boca ni del papel, amores que probé con la boca o de aquellos que dejan el corazón como una bola de papel.
Entre sus páginas hay nombres que de sólo leerlos vienen a mí recuerdos y antiguas ilusiones que nunca se hicieron realidad. Entre tanto papel, gasté grafito en discutir conmigo mismo amores que se tuvieron que haber acabado mucho antes de lo que lo hicieron.
Está el nombre y el boceto que intenté hacer del pelo de aquella chica hermosa que veía en el colegio, y nunca me atreví a escribir el final que nunca experimenté por no haberme declarado… supongo que se lo debo a ella, a mí, y al diario.
Está el color de pelo de los amores de verano, eso por descartado y la sonrisa de aquella tía maja.
Está aquella por la que merecía girar la cabeza en clase y por la que hubiera pagado el dolor cervical como castigo.
Escritas están todas las palabras que pude decir o que no dije por miedo cuando pude hacerlo.

Es parte de mi cotidianidad. Están redactadas vivencias con mis amigos. Aquella fiesta a la que fui solamente porque iba ese amigo. O aquella con la que nos lo pasábamos bien existiendo en la misma habitación. Hay párrafos escritos con una jerga tan cerrada que dudo que alguien que no sean los tres desgraciados bien llamados amigos lo entiendan.
Pero sin duda, hay palabras de agradecimiento y vergüenza para aquellos que me vieron llorar o algo.
Hay compinches y Augustus varios, compañeros y gente que prefirió andar por separado.

Ese cuaderno es como un espejo y en el reflejo siempre veo lo que pienso. No me falla, es un compañero con el que conversar solo sin sentirme solo, es un eco que sosiega.
Pienso, escribo y confieso.
Hay lapidadas inseguridades ya superadas y grabadas las que no.
Están presentes miedos que puedo encerrar en el cuaderno cuando lo cierro y así no tienen por qué perseguirme. Escribo y detallo mejor que cuando hablo, ojalá poder expresarme como lo hago en mi libreto. Es que en ese manto de nieve blanca puedo dirigirme a donde quiera sin ser mirado. En ese lienzo en blanco puedo pintar aunque no sepa ni agarrar correctamente el bolígrafo. Yo ahí veo una hoja en blanco en la que expresarme con figuras literarias que aún no sé usar, pero yo me entiendo en ese mundo mío en el que sé qué mapa mirar.

Ahí, también viven poemas y pequeños cuentos.
Son cortos, aún más que esta cosa o pensamiento fugaz.
Son ideas, desalmadas e inertes, pero que al escribirlas o leerlas me siento vivo.
Son cuentos en los que la prota no hace más que pensar, o un principal que le gusta pasear de noche u otro que le va buscando formas a las nubes. ¿Me refleja? ¿Es ficción? No lo sé, no me importa, ¿qué me va a importar cuando es abrir mis textos e introducirme en esos escenarios ficticios?
En mis cuentos, sin duda encuentro el motivo de vivir: ese pensamiento, que a ver si mañana se acaba. El reflejo de aquella persona que, por las noches, deseo ver al día siguiente.

¿Qué diría mi cuaderno si hablara? ¿Sería compinche o chivato?
Sé que la confianza da asco, pero a alguien le tenía que decir lo que tenía que confesar.
Definitivamente, tendría que disculparme por el típico que se te pone a hablarte borracho en el bar. Sí, creo que mi cuaderno me aguantaría porque le daría pena mandarme a la mierda.
Y es curioso, porque creo que si hablara mi cuaderno, dejaría de escribir en él. ¿Ego o miedo? No lo sé.

En mi cuaderno hay peticiones y órdenes al mismo dios que no rezo. Entonces, supongo, que sólo son pequeños deseos disparados a una diana que no veo. Pero quiero lo que deseo, mi diario lo sabe bien con esos párrafos hablando de cómo la sonrisa de ese deseo me ilumina.
A falta de ninfa, musa o siquiera inspiración para mirar hacia delante, miro abajo. Y no lloro. Estoy escribiendo sobre lo que quiero hacer cuando levante la mirada.

En mi cuaderno hay días y noches, horas sin duda, de estar escribiendo.
No pienso en imágenes, tengo la suerte de pensar en un lenguaje verbal.
Y si pienso en un día declararme o siquiera cantarle al viento, lo haré riendo.
Siempre rimaré y escribiré con el sentimiento, ese bello lenguaje universal.

Mi cuaderno no es perfecto, hay textos que ni yo entiendo, hay faltas de ortografía y hay mentiras que fueron escritas como si fueran verdades de personas que sólo mostraron una cara cuando había dos. Hay textos que no entiendo por la caligrafía, por escribir nervioso o vete a saber de lo abstracto y enredado que están ciertos textos. Pero no me desagradan, tienen su encanto, son como capítulos de un libro tan malos que se les cogen cariño.
Mi cuaderno es un compañero que me da cordura entre la locura.

Mi cuaderno ha tenido que aguantar borracheras y malos momentos. No le he sido más sincero a nadie que no sea mi cuaderno. Hay borracheras, sentimientos y momentos de caer sin paracaídas. Mi diario es un compañero en esos silencios.
Mi libreto me hace un liberto, hace que esté preso en mis pensamientos a estar libre en el raciocinio.




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