¿mi cuerpo?

Capitulo 1: ¿47?

La mayoría de las personas no soportaba trabajar con muertos.

A Ethan Rivera nunca le había molestado.

De hecho, prefería la morgue al mundo exterior. Los muertos eran simples. No mentían, no gritaban, no fingían emociones. Solo estaban ahí, esperando que alguien descifrara su historia.

Ethan era bueno en eso.

Frío. Metódico. Calculador.

Encendió las luces blancas del laboratorio y dejó su taza de café sobre la mesa metálica. El silencio del lugar era total, roto únicamente por el zumbido constante de los refrigeradores.

Revisó la carpeta de ingresos.

Accidente de tránsito.
Sobredosis.
Herida de arma blanca.

Nada fuera de lo normal.

Entonces vio el último registro.

Cuerpo N° 47.
Identidad desconocida.
Ingreso: 06:48.

Ethan frunció apenas el ceño.

Demasiado temprano.

Tomó sus guantes de látex y caminó hacia la cámara frigorífica. El aire frío escapó cuando abrió la puerta.

Buscó el número.

Sujetó la bandeja metálica y la deslizó hacia afuera.

El cuerpo estaba cubierto por una sábana blanca.

Ethan dejó la carpeta sobre la mesa.

—Masculino —murmuró para sí mismo mientras tomaba nota—. Aproximadamente treinta años…

Agarró la esquina de la sábana.

La levantó.

Y por primera vez en años, Ethan Rivera sintió algo que no pudo explicar.

No era miedo.

Era algo peor.

Confusión.

Porque el rostro que tenía frente a él…

era el suyo.

Ethan se quedó completamente inmóvil.

Observó cada detalle con la precisión con la que analizaba cualquier cadáver.

La misma mandíbula.
La misma línea de la nariz.
La pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

Retrocedió un paso.

—Esto es ridículo… —murmuró.

Se inclinó otra vez sobre el cuerpo.

Fue entonces cuando notó algo.

En la muñeca del cadáver había un reloj.

Un reloj negro, de acero.

Ethan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Reconocería ese reloj en cualquier parte.

Porque era suyo.

Lo había perdido hacía tres días.

Instintivamente levantó su propia muñeca.

Vacía.

Volvió a mirar el cuerpo.

—No…

Pero lo peor aún no había llegado.

Al bajar la sábana un poco más, vio el pecho del cadáver.

Y allí, justo en el centro del esternón…

había una cicatriz larga y delgada.

Como la marca de una cirugía reciente.

Ethan se tocó el pecho de inmediato.

Su piel estaba completamente lisa.

Él no tenía ninguna cicatriz.

El silencio de la morgue se volvió insoportable.

Ethan miró otra vez el rostro del cadáver.

Su propio rostro.

La misma edad.
La misma expresión.

La misma persona.

Pero con un detalle imposible.

Una versión de él… que parecía haber muerto después de algo que todavía no había ocurrido.

Entonces vio la etiqueta atada al pie del cuerpo.

La leyó lentamente.

Nombre: Ethan Rivera.

Ethan sintió cómo su mente, siempre lógica, siempre precisa, empezaba a buscar explicaciones que no existían.

Su respiración se volvió irregular.

Necesitaba pensar.

Se alejó de la mesa y tomó su taza de café.

Pero sus manos ya no estaban firmes.

Cuando intentó llevarla a la boca, la taza resbaló entre sus dedos.

El café se estrelló contra el suelo.

El líquido oscuro se esparció por el piso de la morgue.

Ethan ni siquiera miró el desastre.

Sus ojos seguían clavados en el cadáver.

Entonces algo más ocurrió.

Las luces del laboratorio parpadearon.

Una vez.

Dos.

Tres.

Durante un segundo, el parpadeo le recordó a las luces frías de una sala de hospital.

Luego volvieron a estabilizarse.

El silencio regresó.

Pero algo ya no estaba bien.

Porque si el cuerpo en la mesa era él…

solo quedaba una pregunta.

¿Cuándo iba a morir?




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