Ethan no podía creer lo que estaba pasando.
Tal vez simplemente había dormido mal la noche anterior.
Tal vez todo era un sueño.
Se golpeó la cara varias veces con ambas manos, fuerte, intentando despertar.
El sonido seco de sus palmadas rompió el silencio de la morgue.
Nada cambió.
La luz blanca seguía iluminando la sala.
El aire seguía igual de frío.
El cuerpo seguía sobre la mesa de metal.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Despertá… —murmuró para sí mismo—. Despertá.
Pero la realidad no desaparecía.
Mientras intentaba unir las piezas en su mente, un portazo violento sacudió la sala.
Ethan se sobresaltó.
Su corazón dio un salto en el pecho.
Connor acababa de entrar.
—¿Qué demonios…? —dijo Connor mirando alrededor.
Ethan lo observó como si estuviera viendo a un fantasma.
Al borde del colapso, empezó a repetir en voz baja:
—¿Esto es real…? ¿Esto es real…?
Connor levantó su vaso de café.
—Ethan, son las siete de la mañana —dijo con tono cansado—. Ni siquiera di elprimer sorbo todavía.
Ethan lo miró fijamente.
Sus ojos estaban abiertos de más. Demasiado tensos.
—Connor… —dijo con voz temblorosa—. El cuerpo que está ahí… ¿qué nombre tiene?
Connor frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—Decime el nombre.
Hubo un momento de silencio.
Connor dudó, pero la expresión de Ethan lo inquietó.
Sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas.
Se acercó lentamente a la mesa de autopsias.
El cuerpo seguía allí.
Inmóvil.
Cubierto por la luz blanca del laboratorio.
Connor tomó la etiqueta atada al pie del cadáver.
Ajustó la vista.
—Dice… Ethan Rivera.
Ethan sintió un vacío en el estómago.
—¿No te das cuenta? —gritó de repente—. ¡Soy yo!
Connor dio un paso atrás.
—Este de aquí es Ethan Rivera —dijo señalando el cadáver—. Y vos sos Ethan Rivera…no entiendo el parecido.
La cabeza de Ethan empezó a latir.
¿Estoy perdiendo la cabeza?
Tal vez…
Tal vez el nombre solo era parecido.
Pero entonces algo cruzó su mente.
Una idea.
Sin decir una palabra, salió de la habitación.
Sus pasos resonaban con fuerza por el pasillo.
Cada pisada golpeaba el suelo con un eco hueco.
Su respiración era irregular.
Su mente, normalmente fría y metódica, comenzaba a resquebrajarse.
Llegó a su oficina.
Abrió el cajón del escritorio con fuerza.
Tomó una fotografía.
Una foto vieja.
Él y su exesposa, Barbara.
La sostuvo apenas un segundo antes de salir otra vez.
Cuando volvió a la morgue, Connor seguía junto al cadáver.
Confundido.
¿Qué demonios le pasa?, pensaba.
En todos los años que habían trabajado juntos, Connor nunca había visto a Ethan nervioso.
Nunca.
Hasta ahora.
Ethan dejó la foto sobre la mesa.
—Mirá —dijo con la voz quebrada—. Revisá mi muñeca.
Connor lo miró sin entender.
—¿Qué?
—El reloj. Lo tengo hace doce años. Me lo robaron hace exactamente tres días. Revisá el reloj del cuerpo.
Connor suspiró, pero se inclinó sobre el cadáver.
Observó la muñeca.
Un segundo.
Dos.
Luego levantó la mirada.
—No hay ningún reloj en el cuerpo.
Las palabras golpearon a Ethan como un martillo.
La fotografía se le cayó de las manos.
El marco chocó contra el suelo.
—Entonces… entonces revisá la cicatriz… —balbuceó Ethan señalando su ceja—. Tengo la misma cicatriz aquí.
Connor volvió a observar el cadáver.
Su expresión cambió lentamente.
Ahora había algo distinto en sus ojos.
Preocupación.
—Ethan… —dijo con cuidado—. El cadáver no tiene ninguna cicatriz.
El mundo pareció inclinarse.
La mente de Ethan estaba colapsando.
El aire le faltaba.
Se dio la vuelta para hablarle nuevamente a Connor.
Pero el ya no estaba.
Ethan parpadeó.
La sala estaba vacía.
La mesa.
El suelo.
La cámara frigorífica.
El cadáver también había desaparecido.
El silencio volvió a caer sobre la morgue.
Entonces se escuchó un golpe metálico.
La puerta se abrió.
Ethan se gira lentamente.
Es Connor entrando a la sala con su café en la mano.
—Es muy temprano para estar trabajando —dijo mientras caminaba hacia el cuerpo—. Ni siquiera di el primer sorbo al cafe.
Las mismas palabras.
Exactamente las mismas.
Ethan sintió un escalofrío recorrerle por todo el cuerpo.
No dijo nada.
No podía.
Simplemente salió de esa habitación maldita.
Porque si se quedaba un segundo más…
tenía miedo de descubrir qué era real.
Y qué no.