¿mi cuerpo?

Capítulo 3: El tigre y su cuadro

Ethan salió de la morgue sin mirar atrás.

Sus pasos resonaban con fuerza en el pasillo vacío.

No quería volver a escuchar esa voz.

No quería volver a ver ese cadáver.

Solo necesitaba salir del hospital.

Comenzó a correr.

Cada respiración era más pesada que la anterior.

Las puertas pasaban una tras otra.

Consultorios.

Depósitos.

Habitaciones.

Todo parecía igual.

Giró en un pasillo.

Después en otro.

Y en otro más.

Seguía corriendo.

Hasta que algo llamó su atención.

Un cuadro.

Un enorme tigre de ojos amarillos colgaba de la pared.

Ethan frenó en seco.

Lo había visto antes.

—No…

Continuó corriendo.

El ruido del frigorífico volvió a escucharse detrás de una pared.

Un zumbido grave y constante.

Exactamente el mismo.

Sintió un escalofrío.

Miró hacia arriba.

Una lámpara fluorescente parpadeaba tres veces antes de estabilizarse.

También la recordaba.

Retrocedió lentamente.

No podía ser.

Había corrido durante varios minutos.

Era imposible haber regresado al mismo lugar.

Sacó su teléfono del bolsillo.

Las manos le temblaban.

Buscó el contacto de Barbara.

Llamando…

Un tono.

Dos.

Tres.

Nadie respondía.

—Vamos… contestá…

La llamada se cortó.

Volvió a intentarlo.

Esta vez ni siquiera sonó.

La pantalla quedó completamente negra.

Ethan golpeó el teléfono contra la palma de su mano.

Nada.

Entonces escuchó pasos.

Levantó la vista.

Un hombre caminaba por el pasillo.

Vestía una bata blanca.

—¡Eh! —gritó Ethan.

El hombre siguió caminando.

—¡Necesito ayuda!

Ni siquiera giró la cabeza.

Ethan comenzó a correr hacia él.

—¡Escuchame!

Cada vez estaba más cerca.

Cinco metros.

Tres.

Uno.

El hombre dobló una esquina.

Ethan giró inmediatamente detrás de él.

Y se quedó inmóvil.

El pasillo estaba vacío.

No había nadie.

Su respiración comenzó a acelerarse otra vez.

Fue entonces cuando escuchó el sonido de una puerta automática abriéndose.

Venía desde el hall principal.

Se acercó con cuidado.

Asomó apenas la cabeza.

Y sintió que el mundo se detenía.

Un hombre acababa de entrar al hospital.

Llevaba un saco gris.

Un maletín negro.

Y caminaba con la mirada fija en el suelo.

Ethan sintió un nudo en el estómago.

Conocía esa forma de caminar.

Conocía esa ropa.

Conocía ese reloj.

Era él.

Observó cómo su otro yo saludaba distraídamente a la recepcionista y continuaba hacia el ascensor.

Todo ocurría exactamente como lo recordaba.

Era la misma mañana.

La misma.

Sin pensarlo, Ethan empezó a seguirlo.

Subió las escaleras mientras su otra versión tomaba el ascensor.

Sabía perfectamente hacia dónde iba.

La morgue.

Llegó unos segundos antes.

Se escondió detrás de una pared.

Escuchó pasos acercándose.

Su otro yo pasó frente a él sin siquiera notar su presencia.

Ethan extendió una mano.

Quiso tocarlo.

Sus dedos atravesaron el aire.

Como si él no existiera.

El otro Ethan abrió la puerta de la morgue y entró.

Un instante después apareció Connor por el pasillo, con su vaso de café en la mano.

Ethan lo vio detenerse frente a la puerta.

Connor sonrió con cansancio.

Levantó el café.

—Es muy temprano para estar trabajando…

Ethan cerró los ojos.

Sabía cuál era la siguiente frase.

“…Ni siquiera di el primer sorbo al café.”

Pero Connor nunca la dijo.

Se quedó completamente inmóvil.

Muy despacio…

Giró la cabeza.

Y miró directamente hacia donde Ethan estaba escondido.

No parecía mirar a través de él.

Lo estaba mirando a él.

Connor sonrió.

Una sonrisa que Ethan jamás le había visto.

Y susurró:

—Al fin llegaste.

El corazón de Ethan dejó de latir por un segundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.