Si el universo fuera una persona, estoy segura de que le debo dinero. O peor, que me tiene en su lista negra.
Yo, Nova, trataba de sobrevivir a otro lunes en el Instituto Zenith, donde el aire huele a perfume caro y a privilegios que yo claramente no poseo. Estaba terminando de organizar mis libros cuando una sombra se proyectó sobre mi casillero. No necesité mirar para saber quién era. Ese aroma a menta helada y arrogancia era inconfundible.
—Vaya, si es la pequeña Supernova —soltó una voz arrastrada, cargada de ese sarcasmo que me hacía querer estamparle el libro de álgebra en la cara—. ¿Sigues intentando que el universo no colapse a tu alrededor?
Me giré lentamente, encontrándome con los ojos azules y calculadores de Lucian Sterling. Lucian, el heredero de la fortuna Sterling, el chico que tenía a medio instituto a sus pies y al que yo, personalmente, enviaría de vacaciones permanentes al Triángulo de las Bermudas si pudiera.
—Sterling —mascullé, cerrando mi casillero con más fuerza de la necesaria—. Pinta un bosque y piérdete, ¿quieres? No tengo tiempo para tus estupideces hoy.
Él soltó una risa seca, apoyando un brazo sobre los casilleros, atrapándome en su espacio personal. El muy idiota sabía perfectamente el efecto que causaba su cercanía, pero yo no iba a darle el gusto de retroceder.
—Qué agresiva. ¿Te levantaste con el pie izquierdo o es que tu brillo se está apagando? —Se inclinó un poco más, su aliento rozando mi oreja—. Sabes que no puedes evitarme. El profesor de Biología nos puso juntos para el proyecto final.
Sentí un vuelco en el estómago. ¿Juntos? ¿Con mi mayor enemigo? El universo no solo me tenía ojeriza, me estaba haciendo bullying directo.
—¿Tú y yo? —Solté una carcajada amarga—. Antes prefiero que me caiga un rayo. Mira, Lucian, piérdete de una vez. Busca a otra que te aguante tus aires de grandeza.
—No es una opción, Supernova —sentenció él, y por un segundo, su mirada dejó de ser burlona para volverse algo... denso. Oscuro—. Vas a tener que soportarme. Y quién sabe, tal vez hasta aprendas algo de cómo brillar de verdad.
Se alejó sin decir más, dejándome con la rabia burbujeando en la sangre. Me quedé ahí, apretando los puños, viéndolo caminar por el pasillo como si fuera el dueño del mundo.
Lo odiaba. Odiaba su apellido, odiaba su sonrisa, pero sobre todo, odiaba cuando me llamaba "Supernova".