El olor a protector solar debería ser relajante, pero para mí tenía el aroma del desastre inminente. Estábamos en la reserva costera y, por supuesto, Lucian Sterling había decidido que su misión en la vida era que yo no tuviera un segundo de paz.
—Nova, deja de mirar ese cangrejo como si fuera a resolverte el examen de ingreso —soltó Lucian tras de mí. Estaba apoyado contra una palmera, con las gafas de sol puestas y esa sonrisa de suficiencia que me daba ganas de mandarlo a freír espárragos.
—Estoy trabajando, Sterling. Algo que tú claramente no sabes hacer —le espeté, acomodándome el sombrero—. Así que hazme el favor y piérdete como Martín en el bosque, que aquí no haces falta.
Él soltó una carcajada y se acercó, invadiendo mi sombra. Se quitó las gafas y sus ojos azules brillaron bajo el sol caribeño.
—¿Sigues con tus refranes, Supernova? Te pones tan intensa cuando te enfadas que parece que te va a salir humo por las orejas.
—Me importa un bledo con tres de lo mismo lo que pienses de mis refranes —dije, dándole la espalda para recoger mis muestras—. Eres un pesado. Se cree que el mundo es suyo y nosotros solo estamos de alquiler.
Me agaché para recoger una caracola, pero perdí el equilibrio con la arena mojada. Esperaba el impacto frío, pero en su lugar, sentí una mano firme sujetándome por la cintura. El contacto fue como una descarga eléctrica. Me quedé helada, con su pecho pegado a mi espalda.
—Cuidado, Supernova —susurró cerca de mi oído, y esta vez no había burla, sino una tensión que me cortó la respiración—. Si te caes, no vas a poder brillar tanto.
Me giré bruscamente, quedando atrapada entre sus brazos y la orilla. La distancia era inexistente. Podía ver cada matiz de sus ojos, la humedad en su piel y cómo su mirada bajaba, casi sin querer, hacia mis labios.
—Suéltame, Lucian —dije, aunque mi voz no sonó tan firme como quería.
—¿Y si no quiero? —desafió él, apretando un poco más el agarre—. ¿Qué vas a hacer? ¿Decirme otro dicho de esos o vas a admitir que te mueres por mandarlo todo a la porra y besarme?
—Pero que pesado —mascullé, aunque mi corazón golpeaba contra mis costillas como un animal enjaulado—. No te soporto.
—Mientes fatal —murmuró él, inclinándose un centímetro más.