La reserva costera tenía una regla no escrita: si no te divertías, era porque estabas poniendo de tu parte para amargarte. El profesor de Biología, en un intento de hacernos convivir fuera de las libretas de apuntes, organizó una tarde de "actividades de integración".
—¿Pescar? ¿En serio? —dije, mirando la caña de bambú que me habían entregado—. No tengo paciencia ni para esperar a que cargue un video, Chloe. Esto va a ser un suplicio.
—Anda, Nova, no seas aguafiestas. Dicen que relaja.
Intenté poner de mi parte. Me senté en el muelle de madera, balanceando los pies sobre el agua cristalina. Al cabo de una hora, mi paciencia estaba bajo cero. No solo no había pescado nada, sino que sentía que los peces se estaban burlando de mí en mi propia cara.
—A ver, Supernova. Si sigues mirando el agua con esa cara de asesina en serie, vas a espantar hasta a las algas —dijo una voz arrastrada detrás de mí.
Lucian se sentó a mi lado sin pedir permiso. Llevaba una gorra hacia atrás y una camiseta de tirantes que dejaba ver sus brazos bronceados. Lanzó su anzuelo al agua con una técnica perfecta que me irritó profundamente.
—Déjame en paz, Sterling. Estoy... meditando.
—Estás a punto de morder el corcho de la frustración. Mira, estás tensando demasiado el hilo. Suéltalo un poco —puso su mano sobre la mía para guiarme. El calor de su piel me hizo dar un respingo y, por supuesto, tiré con demasiada fuerza, haciendo que el hilo se enredara en una rama alta.
Él soltó una carcajada limpia y sonora. Me levanté indignada, dejándole la caña en las manos.
—¡Me rindo! Voy a dar un paseo por el sendero botánico. Prefiero que me muerda un cangrejo a seguir compitiendo contigo.
Caminar por el sendero era mucho más pacífico. Me adentré en la vegetación, disfrutando del olor a tierra húmeda. Sin embargo, en algún punto del camino, me distraje por completo. Vi una hilera de hormigas gigantescas transportando trozos de hojas de colores brillantes y me pareció la cosa más fascinante del mundo. Me agaché a observarlas, siguiéndolas entre los arbustos para ver a dónde iban, perdiendo por completo la noción del tiempo y del espacio.
Mientras tanto, en el campamento base, la tarde caía y el pánico empezaba a extenderse.
—¿Alguien ha visto a Nova? —preguntaba Chloe a gritos—. ¡Lleva más de dos horas fuera!
El profesor empezó a organizar grupos de búsqueda. Lucian, que había estado fingiendo desinterés mientras limpiaba su caña, tiró el trapo al suelo en cuanto escuchó que no aparecía. Su rostro se tensó por completo. Sin esperar a nadie, se adentró en el bosque con una linterna, llamándome con una urgencia que no dejaba rastro de su habitual tono burlón.
—¡Nova! ¡Supernova! ¡Responde si me escuchas!
Media hora después, Lucian me encontró en un claro apartado. Yo estaba de cuclillas, completamente absorta, alumbrando con la linterna de mi móvil a un grupo de luciérnagas que acababan de empezar a brillar alrededor de un tronco podrido.
—¡Nova! —el grito de Lucian me hizo dar un salto y casi tirar el teléfono.
Él corrió hacia mí y me agarró por los hombros, respirando con dificultad. Sus ojos azules estaban llenos de un pánico genuino que nunca antes le había visto. Me recorrió con la mirada de arriba abajo, buscando heridas.
—¿Estás bien? ¿Te mordió algo? ¿Por qué no respondías? —su voz temblaba ligeramente.
—Estoy bien, Lucian. Solo estaba... mirando esto. Mira qué bonitas son —señalé las luciérnagas con total inocencia.
Él se quedó mirando el tronco y luego a mí. El pánico en su rostro se transformó lentamente en una incredulidad absoluta, seguida de una mezcla de alivio y fastidio.
—¿Me estás diciendo que medio campamento te está buscando, que yo casi me muero de un infarto pensando que te habías caído por un barranco... y tú estabas aquí mirando bichos? —se pasó una mano por el pelo, soltando un suspiro tembloroso—. Eres increíble. Definitivamente eres de otro planeta.
—No exageres, Sterling. Estaba fuera de peligro —dije, aunque ver lo mucho que se había asustado me hizo sentir un vuelco extraño en el estómago.
Después de regresar al campamento bajo las reprimendas del profesor, me di una ducha rápida y caliente que me quitó el olor a bosque. Para la noche, todos nos reunimos alrededor de una enorme hoguera en la arena. Las llamas crepitaban con fuerza y el ambiente era inmejorable.
Alguien sacó una botella y propuso jugar al clásico "Yo nunca, nunca". Nos sentamos en círculo sobre la arena. Lucian estaba sentado justo enfrente de mí, con la luz del fuego tallando sombras misteriosas en sus facciones.
—Empiezo yo —dijo Chloe con una sonrisa maliciosa—. Yo nunca, nunca... me he sentido atraído por alguien de este círculo que se supone que me cae mal.
Tres personas del grupo bebieron de inmediato. Yo me quedé totalmente quieta, sintiendo la mirada fija y penetrante de Lucian sobre mí. Él tampoco bebió.
—Mi turno —dijo un chico del equipo de fútbol—. Yo nunca, nunca... me he colado en una propiedad privada o piscina ajena de noche.
Lucian sonrió de lado y le dio un trago generoso a su vaso, junto con otros dos chicos.
—Típico de los Sterling —murmuré para mí misma.
—Te escuché, Supernova —me retó él con la mirada, antes de lanzar su frase—. A ver... Yo nunca, nunca... me he perdido en un bosque por seguir a unos bichos.
Todas las miradas se giraron hacia mí y el grupo estalló en risas. Rodé los ojos y le di un sorbo a mi vaso, fulminando a Lucian con la mirada.
—¡Me tocaba a mí! —reclamé—. Yo nunca, nunca... he fingido estar enfermo solo para librarme de una obligación o un examen.
Para mi sorpresa, Lucian no bebió. Pero Chloe y otros cuatro levantaron sus vasos entre risas de culpabilidad.
—Va la mía —dijo Chloe frotándose las manos—. Yo nunca, nunca... he revisado las redes sociales de alguien que me gusta desde una cuenta falsa para que no me descubra.
Me quedé paralizada a mitad de camino y, muy a mi pesar, tuve que beber. Chloe soltó una carcajada y Lucian enarcó una ceja, visiblemente divertido por mi confesión.
—Mi turno —dije rápidamente para romper el ambiente—. Yo nunca, nunca... he roto algo caro de otra persona y lo he escondido para que no se den cuenta.
—¡Culpable! —gritó un chico. Lucian también bebió, encogiéndose de hombros como si no fuera la gran cosa.
—Última ronda antes de que se acabe la botella —anunció el chico del fútbol—. Yo nunca, nunca... he estado celoso de ver a mi crush hablando amistosamente con otra persona.
Lucian no dudó. Bebió directamente lo que le quedaba en el vaso mientras me sostenía la mirada con una intensidad que me hizo olvidar por completo el frío de la noche costera.
El juego terminó entre risas grupales, confesiones cruzadas y bombones quemados, dejando claro que esa noche las brasas de la hoguera no eran lo único que estaba ardiendo.