Si se preguntan quién terminó pagando el dichoso vestido roto, la respuesta es obvia: Chloe. Si la cuenta hubiera corrido por mi parte, ahora mismo estaría haciendo fila en el Club Eclipse vestida con mi pijama de ositos.
El lugar estaba a reventar. La atmósfera vibraba al ritmo de un bajo electrónico que se te colaba por debajo de la piel, mezclado con el olor agridulce a gin-tonic. Esa noche en Eclipse solo había una regla inquebrantable: prohibido entrar sin máscara. Yo llevaba una de encaje negro, tan delicada como peligrosa. Al ajustármela, sentí cómo mi realidad se difuminaba. Ya no era yo; era la versión de mí que se atrevería a todo esta noche.
Después de tres cócteles (que estaban demasiado buenos para mi propio bien), el mundo empezó a sentirse un poco más suave, un poco más... borroso.
—Voy por otra ronda, Chloe. No te muevas —dije, aunque era yo la que caminaba como si el suelo fuera una gelatina.
Me abrí paso entre la multitud, chocando con un par de personas. De repente, alguien me detuvo por la cintura para evitar que me fuera de bruces contra la barra. El contacto me hizo dar un respingo. Era un chico alto, con una máscara de diablillo que solo dejaba ver una mandíbula afilada y unos labios que... bueno, unos labios que se veían muy bien.
—Cuidado, preciosa. Parece que el suelo tiene algo contra ti —su voz era profunda, distorsionada por el ruido, pero extrañamente familiar.
—El suelo y yo tenemos una relación complicada —balbuceé, riendo por nada—. Gracias, caballero sin rostro.
No me soltó. Al contrario, me acercó más. El calor que emanaba de su cuerpo era embriagador. El alcohol en mi sangre me dio una valentía que Nova sobria jamás habría tenido.
—¿Te han dicho que tienes una boca muy provocadora? —pregunte con una sonrisa tonta . Su mano subió por mi espalda, quemando a través de la tela de mi vestido.
—¿Te han dicho que hablas demasiado? —preguntó, su voz filtrándose a través de la máscara con una vibración que me erizó la piel.
—Solo mi mejor amiga. Aunque, para ser justa, solo ocurre cuando me quejo del idiota al que detesto en el instituto. Supongo que la tengo harta con el mismo tema —admití, sintiendo el calor del alcohol y la música golpeándome las sienes.
Él soltó una risa seca y rodó los ojos con una arrogancia que me resultó extrañamente familiar.
—¿Bailamos?
En lugar de responder, me puse de puntillas y lo besé, dejando que el
contacto sellara mis dudas.
—Acepto —susurré contra sus labios—, pero mi padre dice que siempre termino pisando los dedos de mis parejas.
—¿Siempre estás tan buena? —me devolvió en un susurro ronco mientras bajaba a mi cuello.
Sus besos trazaron un camino ardiente por mi piel, obligándome a arquear mi espalda contra él.
Yo no sabía quién era. No me importaba. Solo quería sentir ese fuego. Lo que no sabía es que, bajo esa máscara de diablo, los ojos azules de Lucian Sterling brillaban con una intensidad salvaje, disfrutando del hecho de que, por fin, su Supernova se estaba desintegrando en sus brazos.
El ruido de la música se volvió un zumbido lejano, dejando solo el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el roce de nuestros cuerpos.
Sus manos, grandes y firmes, bajaron desde mi cintura hasta mis muslos, elevándome un poco para que mis pies apenas rozaran el suelo. Yo estaba lo suficientemente ebria para no tener filtros, pero lo suficientemente lúcida para sentir que cada terminación nerviosa de mi cuerpo gritaba ante su contacto.
—Eres peligrosa, Supernova —susurró él, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello. Su voz vibró contra mi piel, enviando una descarga eléctrica directamente a mi vientre—. Estás quemando todo a tu paso.
—Cállate —logré decir, enredando mis dedos en su cabello, tirando de él con una urgencia que me asustó.
Él entrelazó sus dedos con los míos y me arrastró fuera del caos, guiándome hacia una zona VIP que se sentía extrañamente vacía. En cuanto la oscuridad nos envolvió, unió nuestros labios en un beso hambriento, una colisión de desesperación que me dejó sin aliento. Me empujó contra la pared con una fuerza controlada, encajando su cuerpo entre mis piernas como si ese espacio siempre le hubiera pertenecido. El contraste fue letal, el frío del muro castigando mi espalda mientras el calor abrasador de su pecho me consumía por delante. Sus labios se movían contra los míos con una posesividad tan absoluta que me produjo un vértigo salvaje, y esta vez, el vodka no tenía la culpa.
Bajó una de sus manos por la curva de mi cadera, subiendo lentamente el dobladillo de mi vestido. Sentí el aire frío de la noche en mi piel antes de que el calor de su palma hiciera contacto directo. Solté un jadeo que fue devorado por su boca.
—Me vas a volver loco —gruñó él, separándose apenas unos milímetros. Su máscara se había movido un poco, pero yo no veía nada más que la oscuridad de su mirada—. No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad?
—Me importa un comino quién seas ahora mismo —respondí con la respiración rota, bajando mis manos a sus hombros—. Solo... no te detengas.
Él soltó un gruñido bajo, casi animal, y volvió a atacarme los labios mientras su mano encontraba el camino hacia la parte interna de mi muslo, ascendiendo con una lentitud tortuosa que me hacía suplicar en silencio.
En ese momento, él no era el heredero Sterling y yo no era la chica que intentaba sobrevivir al instituto. Éramos solo dos cuerpos colisionando, una explosión silenciosa en medio de un bar lleno de gente que no tenía idea de que, en ese rincón, una estrella estaba naciendo o muriendo al mismo tiempo.
Justo cuando su pulgar rozó el borde de mi lencería y el mundo pareció detenerse, una luz de linterna barrió la esquina donde nos habíamos refugiado.