Estar en la misma habitación que Lucian Sterling después del incidente del club era como intentar desactivar una bomba con un tenedor. Mi cerebro gritaba: «¡Fue él! ¡Las manos eran suyas! ¡El perfume era suyo!», pero mi dignidad, o lo que quedaba de ella tras la resaca, insistía en que debía fingir demencia absoluta.
—Nova, estás echando el kétchup sobre el servilletero —susurró Chloe, dándome un codazo en la cafetería.
—Me zumba el merequetén, Chloe. Déjame en paz —mascullé, apartando la mirada del servilletero, que ahora parecía una escena del crimen roja.
Mis ojos, traidores por naturaleza, buscaron la mesa de los populares. Lucian estaba allí, rodeado de gente, pero su atención no estaba en sus amigos. Me estaba mirando de reojo, con esa sonrisita que decía claramente: «Sé que te acuerdas de cómo me pediste que no parara».
—Voy por agua. Necesito... hidratar mis neuronas —anuncié, levantándome de golpe.
Caminé hacia la máquina expendedora, decidida a no mirar atrás. Pero el universo, ese que me tiene una ojeriza personal, decidió que era el momento perfecto para un momento estelar.
Justo cuando estaba por llegar, un chico del equipo de fútbol pasó corriendo y me golpeó el hombro sin querer. Mis gafas de sol gigantes salieron volando, y en mi intento por atraparlas, terminé enredada en mis propios pies.
—¡Cuidado, Supernova! —gritó alguien.
No me caí al suelo. No. Eso habría sido demasiado digno. En lugar de eso, terminé abrazada a la máquina expendedora como si fuera mi único apoyo emocional en la vida, con una pierna levantada y el pelo cubriéndome la cara.
—Vaya, no sabía que tenías sentimientos tan profundos por la Coca-Cola —una voz aterciopelada y cargada de burla sonó justo a mi espalda.
Me puse recta de inmediato, intentando recuperar la compostura. Era Lucian. Por supuesto que era él.
—Estaba... comprobando la estabilidad de la máquina. No se puede ni caminar tranquila —solté, intentando usar mi frase de batalla para ver su reacción.
Él no se inmutó. Al contrario, se inclinó hacia mí, atrapándome entre su brazo y la máquina, repitiendo la posición del club, pero esta vez bajo las luces fluorescentes del instituto.
—Sabes, Nova... el sábado por la noche llevabas una máscara, pero hay cosas que no se pueden ocultar —susurró, bajando la voz hasta que solo yo pude oírlo—. Como esa forma que tienes de morderte el labio cuando estás nerviosa. O cómo te pones de roja cuando mientes.
—No sé de qué me hablas, Sterling —dije, aunque mi corazón estaba haciendo una fiesta de tambores en mi pecho.
—¿Ah, no? —Él metió la mano en su bolsillo y sacó algo. Un pequeño trozo de encaje negro. Mi máscara—. Se te cayó cuando el guardia nos interrumpió. Pensé que querrías recuperarla... o tal vez prefieras que la use como trofeo.
Me quedé de piedra. Quise quitársela, pero él la cerró en su puño con rapidez.
—Dámela, Lucian —amenacé, aunque mi voz tembló un poco.
—Ven a buscarla esta tarde al laboratorio de Biología. Tenemos un proyecto que terminar, ¿recuerdas? —Me guiñó un ojo, se dio la vuelta y se alejó tarareando una canción, dejándome allí, abrazada de nuevo a la máquina expendedora porque, sinceramente, mis piernas ya no me sostenían.
—¡Nova! —gritó Chloe desde la mesa—. ¿A qué esperas? ¡La máquina no te va a dar el agua si no le echas monedas!
—¡Ya voy! —grité de vuelta, roja como un tomate—. ¡Me importa un carajo el agua ahora mismo!
Definitivamente esto se estaba convirtiendo en un incendio forestal y yo no tenía extintor.
_____________________________________________________________
¡Hasta aquí por hoy! ✨ Gracias por acompañarme un capítulo más. Cuéntenme, ¿qué creen que pase ahora? Si les gustó, ya saben qué hacer: ¡voto y comentario! Los quiero un montón, ¡bye!