El laboratorio de Biología olía a formaldehído, a libros viejos y, para mi desgracia, a Lucian Sterling.
Llegué cinco minutos tarde, esperando que el profesor ya hubiera empezado la clase, pero el destino —ese que me tiene puesta la puntería— decidió que el profesor no llegaría hoy. "Emergencia familiar", decía la nota en la puerta. Los demás alumnos estaban dispersos, charlando o perdiendo el tiempo.
Y ahí estaba él. Sentado en el taburete del fondo, con mi máscara de encaje negro enrollada distraídamente entre sus dedos largos.
—Llegas tarde, Supernova. Empezaba a pensar que te habías perdido de camino aquí —soltó sin mirarme, su voz era un ronroneo que me erizó el vello de la nuca.
—Dame eso, Lucian —dije, caminando hacia él con toda la determinación que pude reunir—. No tienes derecho a tener mis cosas.
Él levantó la vista. Sus ojos azules estaban oscuros, fijos en los míos. Con una lentitud exasperante, estiró el brazo, dejando la máscara colgando de su dedo índice, justo fuera de mi alcance.
—¿Tuya? Yo diría que es de una chica que conocí el sábado. Una chica que no paraba de decirme que "le importaba un bledo" quién fuera yo mientras me pedía que la besara más fuerte.
Sentí que la cara me ardía. El laboratorio parecía haber subido diez grados de temperatura.
—Estaba borracha. El alcohol dice cosas que una no siente —mentí descaradamente, intentando arrebatarle la máscara.
Él fue más rápido. Atrapó mi muñeca con la mano libre y me atrajo hacia el espacio entre sus piernas, obligándome a quedar a centímetros de su rostro. El taburete era alto, así que nuestras miradas estaban al mismo nivel.
—¿Ah, sí? —susurró, y su pulgar empezó a acariciar la parte interna de mi muñeca, justo donde el pulso me traicionaba galopando como un loco—. Porque yo no estaba borracho, Nova. Y recuerdo perfectamente cómo temblabas.
—Te estás buscando una buena —mascullé, aunque mi voz era apenas un hilo—. Suéltame, Sterling. Alguien nos va a ver.
—Que miren —desafió él. Se acercó tanto que nuestras narices se rozaron—. Me gusta cuando te pones así de molesta. Te hace brillar más.
—Eres un pesado. Crees que el mundo es tuyo y nosotros solo estamos de alquiler —le recordé, tratando de recuperar mi escudo de sarcasmo.
Lucian soltó una risa baja y, de repente, pasó la máscara de encaje por mi mejilla, con una suavidad que me hizo cerrar los ojos por puro instinto. El roce del tejido frío contra mi piel caliente era una tortura.
—Te la devolveré —murmuró, su aliento rozando mis labios—, pero con una condición.
—¿Cuál? —pregunté, cometiendo el error de mirarlo a la boca.
—Admite que disfrutaste cada segundo de ese beso en el tanto como yo. Y tal vez... solo tal vez, no use esto para recordártelo cada vez que intentes mandarme a freír espárragos.
Me quedé allí, atrapada entre su cuerpo y la mesa de laboratorio, con el corazón en la garganta.
—¡Vaya forma de —logré decir, intentando soltarme—. No voy a admitir nada.
Lucian sonrió, una sonrisa de depredador que sabe que su presa ya está en la red. No me soltó la muñeca, pero dejó que la máscara descansara sobre mi hombro.
—Está bien, Supernova. Tenemos todo el semestre por delante. Y créeme... voy a hacer que lo digas