Después de lo del laboratorio, mi dignidad estaba pidiendo a gritos un plan de rescate. No podía dejar que Lucian Sterling pensara que tenía el control total de la situación. Él tenía mi máscara, sí, pero yo todavía tenía mi orgullo y un tenedor en la mano.
—Nova, conozco esa cara. Estás planeando algo que nos va a meter en problemas —advirtió Chloe, mirando cómo yo observaba la mesa de los populares desde el otro extremo de la cafetería.
—Solo voy a darle un recordatorio para que deje de estar jugando conmigo —mascullé, agarrando mi bandeja con una determinación peligrosa—. Mira cómo camina, parece que el pasillo le rinde pleitesía. Qué pesado.
El plan era simple: pasar por su lado, fingir un tropiezo y "accidentalmente" dejar caer mi jugo de naranja sobre sus zapatos de diseñador. Un clásico. Una humillación pública nivel principiante, pero efectiva.
Me puse en marcha. Crucé la cafetería con paso firme. Lucian estaba de espaldas, riendo de algo que decía uno de sus amigos. Era el momento.
—¡Ay! —exclamé con un dramatismo que merecía un Oscar.
Pero el universo, que siempre tiene otros planes para mí, decidió intervenir. En el último segundo, un chico de primer año pasó corriendo, chocó con mi codo y el efecto dominó fue catastrófico. No solté el jugo. Solté la bandeja entera. Y no cayó en sus zapatos.
La bandeja salió volando, dio un giro en el aire digno de una película de acción y aterrizó directamente sobre la cabeza de Lucian. El puré de papas del día resbaló por su cabello teñido de un rojo burdeos perfectamente peinado como una cascada espesa, mientras que el jugo de naranja empapó su camisa blanca de arriba abajo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Se podía oír hasta el vuelo de una mosca.
Lucian se quedó petrificado. Lentamente, cerró los ojos mientras un trozo de brócoli resbalaba por su mejilla y caía al suelo con un sonido húmedo.
—¡La he cagado! —solté en un susurro, horrorizada. Mis manos volaron a mi boca. No era así como debía salir.
Lucian se dio la vuelta despacio, limpiándose un poco de puré de la frente con un dedo. Sus ojos azules, que normalmente eran hielo puro, ahora echaban chispas.
—Nova... —dijo su voz, peligrosamente baja.
—Fue un accidente, ¡te lo juro! —retrocedí un paso, tropezando con una silla—. Ese niño me empujó y... y el puré tenía vida propia...
—¿Un accidente? —Él se levantó, ignorando las risas contenidas que empezaban a estallar en las mesas cercanas. Se acercó a mí, oliendo a naranja y a comedor escolar—. Me has convertido en un plato combinado, Nova.
—Bueno, al menos ahora hueles a algo natural y no a esa colonia de "soy rico y te desprecio" —traté de defenderme, aunque mi corazón latía a mil por hora—. Además, me importa un pepino si te arruiné la camisa, ¡tienes diez más en tu mansión!
Lucian soltó una risa seca, acortando la distancia. A pesar de tener puré en el hombro, seguía siendo intimidante.
—Me las vas a pagar. Y no hablo de la tintorería —susurró, inclinándose para que solo yo pudiera oírlo—. Prepárate, porque ahora sí que no te voy a dejar ni respirar.
Me dio una última mirada cargada de una promesa que me hizo temblar las piernas y salió de la cafetería con la espalda recta, cargando con el puré de papas con una dignidad que, sinceramente, era insultante.
—Nova —dijo Chloe apareciendo a mi lado—, creo que acabas de declarar la Tercera Guerra Mundial.
—No —respondí, viendo la mancha naranja en el suelo—, creo que acabo de cavar mi propia tumba. ¡Que debo hacer con mi mala suerte!
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