Mi desastre favorito

Capitulo 11

El director no compartió mi visión de que el puré de papas sobre la cabeza de Lucian Sterling era una "intervención artística accidental". Como resultado, ambos terminamos en la cafetería, vacía y en silencio, bajo la vigilancia de una cámara de seguridad y con dos cubos de agua con cloro.

​—Si me cae una gota de ese líquido en los zapatos, Nova, te juro que te arrepentirás —dijo Lucian, quitándose la chaqueta con un gesto brusco.

Se quedó solo con la camisa blanca, que ahora era un mapa de manchas naranjas y restos secos. El tejido se le pegaba a los hombros, marcando la tensión en sus músculos.

—¡Que insoportable! —mascullé, hundiéndome en el cubo para escurrir la fregona—. Ya te dije que fue un accidente. Podrías haberte quitado de en medio.

—¿Quitarme? Estabas decidida a estamparme la bandeja, Supernova. Lo vi en tus ojos antes de que ese chico te empujara.

Me quedé callada porque, técnicamente, tenía razón. Empecé a fregar el suelo con una energía excesiva, evitando mirarlo. Lucian se agachó para recoger los restos de comida cerca de mi mesa, y el silencio se volvió denso, cargado de todo lo que no habíamos dicho desde la noche del bar.

—¿Por qué no lo admites de una vez? —preguntó de repente. Su voz rebotó en las paredes de la cafetería vacía, sonando mucho más cerca de lo que esperaba.

—¿Admitir qué? —dije, deteniéndome.

Él se puso de pie, dejando la bayeta a un lado. Se acercó con pasos lentos, obligándome a retroceder hasta que mis talones chocaron con el mostrador de servicio.

—Que me odias tanto porque te aterra lo mucho que te gustó que te tocara esa noche —dio un paso más, invadiendo mi espacio—. Que cada vez que me lanzas un dicho o intentas humillarme, solo estás intentando levantar un muro que ya se cayó en aquel callejón.

—Eres un egocéntrico, Sterling. Te crees que el mundo gira a tu alrededor —respondí, aunque mi respiración empezaba a traicionarme.

—Gira a tu alrededor, Nova. Al menos mi mundo, desde el sábado, no ha hecho otra cosa.

Estiró la mano y, con una suavidad que me desarmó, me apartó un mechón de pelo de la cara. Sus dedos todavía olían un poco a naranja, pero su tacto era puro fuego. Me sostuvo la mirada, y el tiempo se detuvo por un segundo.

—Limpia tu parte, Lucian —susurré, intentando sonar firme.

—La estoy limpiando —respondió él, bajando la vista a mis labios—. Estoy eliminando todo el ruido que hay entre nosotros.

Se inclinó, y por un momento pensé que me besaría allí mismo, entre el olor a cloro y el suelo mojado. Pero justo cuando sus labios rozaron la comisura de los míos, el sonido de unas llaves tintineando en la puerta nos hizo saltar.

—Cinco minutos y quiero esto brillante —gritó el conserje desde el pasillo.

Lucian se separó con una sonrisa lenta, esa que prometía que esto no había terminado ni de lejos. Recogió su cubo y volvió al otro extremo de la sala, dejándome allí, con el corazón martilleando contra mis costillas y la sensación de que, la próxima vez que estuviéramos solos, no habría puré de papas ni conserjes que me salvaran del desastre.

Los siguientes tres días me convertí en una experta en el arte de la desaparición. Desarrollé un radar interno para detectar el perfume de Lucian Sterling a cincuenta metros de distancia. Si él estaba en el pasillo A, yo usaba la salida de emergencia del pasillo C. Si él entraba a la cafetería, yo recordaba que de repente me encantaba comer manzanas sentada en las escaleras de la biblioteca.

​—Nova, esto es patético. Ayer saltaste detrás de un arbusto porque viste un coche plateado que se parecía al suyo —dijo Chloe, observándome mientras yo espiaba por el hueco de la puerta del salón de arte.

—No fue un salto, fue un movimiento táctico —susurré, sin apartar la vista del pasillo—. Y no era su coche, pero mejor prevenir que tener que explicarle por qué todavía tengo pesadillas con el olor a cloro.

—Te tiene acorralada y ni siquiera está en la misma habitación.

—No me interesa lo que pienses —respondí, aunque me sentía ridícula—. Solo necesito que se le olvide que existo. Si no hay contacto visual, no hay tensión. Si no hay tensión, no hay desastre. Es ciencia básica.

Pero la ciencia no contaba con que Lucian Sterling no era un elemento pasivo, sino una fuerza de la naturaleza con una paciencia infinita.

El jueves, durante el cambio de clase, cometí el error de relajarme. Iba distraída buscando mis auriculares en la mochila cuando sentí que el ambiente cambiaba. El aire se volvió más pesado, más eléctrico. No tuve que levantar la vista para saber que había fallado en mi misión de evasión.

Intenté girar sobre mis talones, pero una mano se apoyó en la pared, justo al lado de mi cabeza, bloqueándome el paso.

—Hola, Supernova. Te he echado de menos en los pasillos principales —su voz era tranquila, pero tenía ese filo de diversión que me ponía los nervios de punta.

—Sterling. Qué coincidencia —dije, mirando fijamente el tercer botón de su camisa porque mirar sus ojos era una sentencia de muerte—. Tengo clase. Quítate.

—Qué borde. Y yo que venía a decirte que el profesor de Biología ha vuelto y quiere ver los avances del proyecto mañana.

—Lo sé. He estado trabajando en ello. Sola.

—No se puede hacer un proyecto en pareja si una de las partes se dedica a jugar al escondite —se inclinó un poco, rompiendo mi burbuja de seguridad—. ¿Cuánto tiempo pensabas evitarme, Nova? ¿Hasta la graduación?

—No te estoy evitando, simplemente estoy aprovechando mi tiempo con gente que no me hace limpiar suelos —mentí, logrando finalmente encontrar mis auriculares y apretarlos en mi puño como si fueran un arma.

Lucian soltó una risa baja que me vibró en el pecho. No se movió. Se quedó allí, observándome con una intensidad que hacía que el ruido del pasillo desapareciera. Era la guerra en su máxima expresión: él invadiendo mi espacio y yo fingiendo que su cercanía no hacía que mis pulmones olvidaran cómo funcionar.

—Mañana en la biblioteca, a las cuatro. No llegues tarde —sentenció él, alejándose finalmente.

Me quedé apoyada contra la pared, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Lo había evitado tres días, pero el marcador seguía a su favor.

—¿Te vas a quedar ahí todo el día o vas a ir a clase? —preguntó Chloe, apareciendo de la nada.

—Me cago en diez —mascullé, guardando mis cosas—. Mañana se acaba la tregua.




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