Mi desastre favorito

Capitulo 12

La biblioteca del Zenith era el único lugar donde el caos de Nova parecía encontrar un orden, al menos hasta que Lucian Sterling decidió que su mesa de estudio favorita era ahora propiedad compartida.

Llegué a las cuatro en punto, con la intención de ser tan eficiente y profesional que no le diera ni un segundo de espacio para sus juegos. Saqué mis libros, mis apuntes de Biología Marina y tres bolígrafos perfectamente alineados.

—Llegas tarde —dijo Lucian sin levantar la vista de su portátil. Estaba sentado frente a mi silla habitual, con la camisa impecable y una expresión de concentración que me resultó molesta de lo atractiva que era.

—Son las cuatro y un minuto, Sterling. No seas dramático —respondí, sentándome con un golpe seco.

—El tiempo es dinero, Supernova. Y mi tiempo es especialmente caro.

—Pues qué suerte que el mío es gratis, así no tengo que cobrarte por aguantarte —le espeté, abriendo el libro por la página 154—. Vamos a terminar el esquema de la clasificación de los celentéreos. Tú haces los gráficos en el ordenador y yo redacto las descripciones.

Él levantó la vista finalmente. Sus ojos azules me recorrieron con una lentitud que me hizo lamentar haber elegido una camiseta de tirantes.

—¿Órdenes? Me gusta que tomes la iniciativa, pero en este proyecto somos iguales.

—En este proyecto somos dos personas que quieren aprobar para no volver a verse las caras en verano —corregí, empujando una de las fichas hacia él—. Empieza a teclear.

Durante la siguiente hora, el único sonido entre nosotros fue el tecleo rítmico de su portátil y el rasgueo de mi bolígrafo sobre el papel. Era un silencio tenso, pero extrañamente productivo. Lucian trabajaba con una precisión que no esperaba de alguien que parecía tomarse la vida como una broma constante. Sus dedos se movían con agilidad y, de vez en cuando, fruncía el ceño mientras leía algún dato técnico.

—Nova —dijo de repente, rompiendo el silencio.

—¿Qué?

—Estás apretando tanto el bolígrafo que vas a perforar la mesa. Relájate. No voy a saltar sobre ti... al menos no aquí. La bibliotecaria tiene muy mal genio.

—Estoy perfectamente relajada —mentí, aunque mis nudillos estaban blancos—. Solo quiero terminar esto.

—Mientes. Estás pensando en lo que pasó el lunes. O en lo que casi pasó en la cafetería —se inclinó sobre la mesa, reduciendo la distancia—. ¿Por qué te cuesta tanto admitir que, cuando dejamos de pelear, en realidad funcionamos bastante bien?

—Funcionamos porque hay libros de por medio, Lucian. No confundas la disciplina académica con... otra cosa.

Él cerró el portátil a medias, atrapando mi mirada.

—No es disciplina, Nova. Es química. Y no de la que entra en el examen. Es esa forma en la que te muerdes el labio cuando no encuentras una palabra, o cómo intentas no mirarme aunque te mueras por hacerlo.

—Sigue trabajando, Sterling —dije, sintiendo que el calor subía por mi cuello—. El esquema no se va a terminar solo.

—Tienes razón —murmuró él, volviendo a su pantalla con una sonrisa de suficiencia—. Pero recuerda que los mejores descubrimientos científicos se hicieron por accidente, buscando algo totalmente distinto.

Me obligué a fijar la vista en mis notas, pero las letras empezaban a borrarse. El "estudio real" se estaba convirtiendo en una prueba de resistencia. Él no necesitaba tocarme para hacerme sentir que estaba perdiendo la cabeza; le bastaba con estar ahí, existiendo, y recordándome con cada silencio que el muro que yo había construido era mucho más delgado de lo que quería admitir.

Trás unas horas de silencio total, la sesión en la biblioteca terminó cuando las luces empezaron a parpadear, indicando que el instituto cerraría en diez minutos. Recogí mis cosas con rapidez, evitando mirar a Lucian, que seguía guardando su portátil con una calma exasperante.

—Te llevo a casa —dijo él. No era una pregunta, era una de esas sentencias de "chico Sterling" que tanto me molestaban.

—Tengo piernas, Lucian. Y hay un autobús que me deja en la esquina.

—Mira por la ventana, Supernova. Está cayendo el diluvio universal. A menos que planees llegar a casa pareciendo un gato mojado, vas a subirte a mi coche.

Miré hacia afuera y, efectivamente, el cielo se había desplomado. A regañadientes, lo seguí hasta el aparcamiento. Su auto era exactamente como él: elegante, caro y con un interior que olía tan bien que me daban ganas de quedarme a vivir en el asiento del copiloto.

El trayecto fue silencioso hasta que pasamos por una tienda de materiales de arte que estaba a punto de cerrar.

—¡Para! —exclamé—. Necesito cartulinas para el herbario del proyecto y se me olvidó por completo con todo el lío del puré de papas.

Lucian frenó bruscamente y suspiró, pero aparcó.

—Bajamos los dos. No voy a dejar que te pierdas entre los pasillos de manualidades —bromeó, aunque su tono era más suave de lo habitual.

Entramos en la tienda justo cinco minutos antes del cierre. Yo corría de un lado a otro buscando el gramaje exacto de la cartulina, mientras Lucian me seguía con las manos en los bolsillos, observando los estantes con una mezcla de curiosidad y extrañeza.

—¿Qué pasa? ¿Nunca habías estado en una tienda que no fuera una boutique de lujo? —le pinché mientras comparaba dos tonos de verde.

—Mi madre suele encargar todo lo que necesitamos —respondió con una honestidad que me detuvo en seco—. Nunca he tenido que elegir... nada, en realidad. Todo está decidido antes de que yo llegue.

Me giré para mirarlo. Por primera vez, no vi al chico arrogante que se burlaba de mí en los pasillos. Vi a alguien que parecía un poco perdido entre botes de pintura y pinceles baratos. Había una grieta en su fachada de perfección.

—Bueno, pues hoy vas a elegir tú —le dije, extendiéndole dos paquetes de etiquetas adhesivas—. ¿Las blancas aburridas o las que tienen forma de estrella?

Él las miró como si fueran artefactos alienígenas. Finalmente, señaló las estrellas con una media sonrisa.

—Las estrellas. Combinan con tu apodo.

Fuimos a pagar, pero cuando llegamos a la caja, me di cuenta de un pequeño detalle: mi cartera no estaba. Busqué desesperadamente en mi mochila, sintiendo cómo el pánico subía por mi garganta.

—No puede ser... la dejé en la mesa de la biblioteca —susurré, sintiéndome la persona más estúpida del planeta.
​Lucian no dijo nada. Simplemente sacó su tarjeta y la pasó por el lector antes de que yo pudiera protestar.

—No, Lucian, te lo devolveré mañana, de verdad, yo...

—Olvídalo, Nova —dijo, agarrando la bolsa con mis materiales—. Considéralo un pago por el daño moral de haberme convertido en un postre humano el otro día.

Salimos de la tienda y, justo cuando íbamos a cruzar hacia el auto, un auto pasó a toda velocidad por un charco enorme justo al lado de la acera. Lucian, en un movimiento puramente instintivo, se puso delante de mí, recibiendo todo el impacto del agua sucia en su espalda para protegerme.




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