El viernes por la mañana, el instituto Zenith se sentía extrañamente vacío. Pasé por el pasillo principal, miré hacia el casillero de Lucian y, por primera vez en meses, no estaba allí rodeado de gente. Tampoco apareció en Biología. Su asiento vacío se sentía como un agujero negro que absorbía toda mi concentración.
—¿Buscando a alguien? —preguntó Chloe, dándome un codazo.
—Solo me sorprende el silencio. Es agradable no tener a nadie llamándome Supernova cada cinco minutos —mentí, aunque el estómago se me apretaba de puro nerviosismo.
Sabía por qué no estaba. El agua sucia del charco, la ropa empapada y el viento frío de la noche anterior. Se había interpuesto entre el desastre y yo, y ahora estaba pagando el precio.
A las tres de la tarde, mi conciencia ganó la batalla. Después de conseguir su dirección gracias a una Chloe muy insistente (y un poco de soborno con dulces), me planté frente a la mansión Sterling. Era una casa imponente, de esas que parecen sacadas de una revista de arquitectura, pero se sentía fría.
La empleada me dejó pasar tras explicarle que era su compañera de proyecto. Subí las escaleras con el corazón en la garganta y toqué a su puerta.
—Dije que no quiero sopa, Margaret —gruñó una voz ronca desde el interior.
—No soy Margaret. Y espero que no me lances la sopa a la cabeza —dije, entreabriendo la puerta.
Lucian estaba hundido entre un mar de edredones azules. Tenía el cabello revuelto, la nariz roja y los ojos brillantes por la fiebre. Se veía... indefenso. Ver al "rey del instituto" así me hizo sentir una punzada de culpa que me oprimió el pecho.
—Nova... —tosió, intentando incorporarse—. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a burlarte de mi sistema inmunológico?
—He venido porque eres un idiota que no sabe usar un paraguas —dije, acercándome y dejando mi mochila en el suelo—. Y porque te mojaste por mi culpa. Así que voy a cuidarte, quieras o no.
—Eso sonó mal... y no necesito que me cuiden —protestó, aunque volvió a dejarse caer en la almohada con un suspiro de cansancio.
—Cállate, Sterling. En este momento yo mando.
Pasé las siguientes dos horas haciendo cosas que nunca imaginé hacer por él. Le puse paños frescos en la frente, le obligué a beber agua y busqué en su cocina algo que no fuera comida precocinada. Cuando regresé a su habitación con una taza de té, él me observaba en silencio. Su mirada ya no era burlona ni arrogante; era suave, casi vulnerable.
Me senté en el borde de la cama para cambiarle el paño de la frente. Estaba ardiendo.
—¿Por qué lo hiciste, Lucian? —pregunté en un susurro—. Podrías haberme dejado mojarme a mí. Estás acostumbrado a que todo el mundo te cuide, no al revés.
Él alargó la mano, buscando la mía sobre las mantas. Sus dedos estaban calientes, pero su agarre era firme.
—Ya te lo dije, Nova —su voz sonó profunda, rota por el resfriado—. No quería que tu brillo se apagara. Prefiero estar enfermo una semana a ver cómo te rendías ante otro desastre.
Me quedé helada, con el paño en la mano y el corazón latiendo desbocado. La preocupación en mi rostro debía de ser evidente, porque él empezó a recorrer mis facciones con la mirada, deteniéndose en mis ojos, que seguramente estaban cristalinos por la mezcla de culpa y algo más que no quería admitir.
—Estás muy preocupada —murmuró él, con una pequeña sonrisa—. Es tierno.
—Solo no quiero que te mueras y me dejen el proyecto de Biología a mí sola —respondí, intentando recuperar mi máscara de frialdad, pero no funcionó. Mi voz tembló.
Lucian tiró suavemente de mi mano, obligándome a inclinarme hacia él. El calor que desprendía era embriagador. Por un momento, el tiempo se detuvo en esa habitación silenciosa que olía a eucalipto y a algo que se sentía como un hogar.
—Ven aquí —susurró.
No puse resistencia. Me puse sobre su cuerpo y me acerqué hasta que nuestros rostros estuvieron a centímetros. Lucian me tomó de la mejilla, acariciando mi piel con el pulgar, y me besó.
No fue como el beso salvaje y desesperado del club. Fue un beso lento, tierno y cargado de una verdad que nos había costado semanas aceptar. Tenía sabor a té de menta. En ese beso, Lucian me dijo que me veía, que me quería y que ya no había necesidad de seguir peleando.
Cuando se separó, me apoyó la frente contra la suya, cerrando los ojos.
—Ahora puedes seguir regañándome —susurró con una risita ronca—, pero no te vayas. Quédate.
—Me quedo —respondí, acomodándole las mantas—. Pero solo porque todavía tienes fiebre, Sterling. No te acostumbres.
Él sonrió, cerrando los ojos finalmente para descansar, mientras yo me quedaba allí, velando su sueño y dándome cuenta de que, a veces, los mejores secretos son los que se descubren cuando bajas todas tus defensas.