El sábado por la mañana, mi único objetivo era ser una hija ejemplar y ayudar a mi padre con la compra semanal. El mercado local estaba a reventar; el aire olía a café recién molido, pan horneado y a la algarabía de la gente regateando precios. Era el escenario menos romántico del mundo, y precisamente por eso, me sentía a salvo.
—Nova, quédate aquí un momento vigilando el carrito. Voy al mostrador a ver si ya sacaron el queso fresco —dijo mi padre, desapareciendo entre la multitud antes de que pudiera responder.
Me quedé sola en el pasillo cuatro, rodeada de torres de latas de tomate y paquetes de pasta. Suspiré, apoyándome en el carrito, todavía procesando lo que había pasado en la habitación de Lucian el día anterior. Mi mente no paraba de repetir ese beso, el calor de su mano en mi mejilla y la vulnerabilidad en sus ojos azules.
Lo que no sabía era que, justo en la entrada del mercado, el destino estaba moviendo sus fichas.
Lucian caminaba por la acera con un grupo de sus amigos del equipo de fútbol. Reían y bromeaban, ocupando casi todo el espacio con esa seguridad que solo tienen los que se sienten dueños de la ciudad. Pero, al pasar frente a las puertas acristaladas del mercado, Lucian se detuvo en seco. Sus ojos captaron una silueta familiar entre la gente: una chica con el pelo algo revuelto y una camiseta de algodón que intentaba pasar desapercibida.
—Esperen un segundo —les dijo a sus amigos, interrumpiendo una anécdota de uno de ellos—. Se me olvidó comprar algo. Espérenme en la esquina, no tardo.
—¿Tú comprando en el mercado, Sterling? —se burló uno, pero Lucian ya se había dado la vuelta y entraba en el local con paso decidido.
Caminó por los pasillos, ignorando el ruido y el caos, hasta que me encontró. Estaba de espaldas a él, comparando dos marcas de salsa con una seriedad ridícula.
—¿Sabes? El de la etiqueta roja sabe mejor —su voz, ahora clara y sin el rastro del resfriado, sonó justo detrás de mi oreja.
Di un salto del susto, soltando casi la lata de salsa.
—¡Sterling! —exclamé, girándome con el corazón a mil—. ¿Qué haces aquí? Se supone que deberías estar en cama recuperándote.
Él sonrió, esa sonrisa ladeada que hacía que mis defensas se desmoronaran como un castillo de naipes. Llevaba una chaqueta de cuero y el pelo perfectamente peinado de nuevo.
—El descanso está sobrevalorado cuando sé que mi Supernova está suelta por el mercado —dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal entre el carrito y la estantería de los paquetes de pasta—. Te vi desde afuera y no pude evitarlo.
—Lucian, mi padre está a diez metros. Si nos ve... —empecé a decir, mirando nerviosa hacia el mostrador.
—Entonces tendré que ser rápido —me cortó él.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, Lucian acortó la distancia final. Me tomó del rostro con ambas manos y me besó. Fue un beso intenso, seguro, que me dejó sin aliento y con el sabor de su perfume a menta inundando mis sentidos.
Cuando se separó, me miró a los ojos con una chispa de travesura y triunfo. Yo estaba allí, con la boca ligeramente abierta, incapaz de articular una sola palabra.
—Nos vemos el lunes, Nova —susurró.
Sin darme tiempo a reaccionar, se dio la vuelta y salió corriendo del pasillo hacia la salida, desapareciendo entre la gente antes de que mi madre regresara. Lo vi salir a la calle y reunirse con sus amigos, quienes lo recibieron con golpes en el hombro mientras él simplemente se encogía de hombros y seguía caminando como si no acabara de poner mi mundo del revés por décima vez esa semana.
—Ya tengo el queso, Nova. ¿Por qué tienes esa cara? Parece que has visto un fantasma —dijo mi padre, dejando el paquete en el carrito.
Me quedé atónita, mirando el espacio vacío donde hacía un segundo estaba él.
—No es nada, papá —logré decir, aunque mis dedos todavía hormigueaban por el contacto de su piel—. Solo... el aire acondicionado de este lugar es un poco fuerte.
Seguí empujando el carrito mecánicamente, dándome cuenta de que Lucian Sterling no solo era un desastre, sino que era el desastre más adictivo que me había pasado en la vida.
El resto de la tarde del sábado fue una completa neblina. Hice todo el recorrido por el mercado como un autómata, asintiendo a lo que decía mi padre y metiendo cosas al azar en el carrito de la compra. Cuando llegamos a casa, mi mente seguía reproduciendo en bucle ese beso rápido pero demoledor en aquel pasillo.
Pasé el domingo encerrada en mi habitación, fingiendo que adelantaba bocetos para mis clases de arte, pero la verdad es que cada trazo terminaba pareciéndose peligrosamente a la mandíbula afilada de Lucian Sterling o al azul de sus ojos.
El lunes llegué temprano al instituto con el corazón latiéndome en la garganta. Crucé las puertas dobles con las gafas de sol puestas, a pesar de que el día estaba nublado, y caminé directo hacia mi casillero.
—¡Vaya, miren quién es! —la voz de Chloe me hizo dar un brinco. Estaba apoyada en el casillero de al lado, mirándome con una sonrisa de oreja a oreja—. La fugitiva del mercado.
—No sé de qué hablas —dije, abriendo mi casillero con demasiada fuerza. Un par de libretas cayeron al suelo.
—Por favor, Nova. No intentes jugar al despiste conmigo. Esta mañana todo el instituto estaba hablando de lo mismo. Uno de los chicos del equipo de fútbol le contó a medio mundo que Sterling los dejó plantados en la entrada del mercado para entrar corriendo porque te vio a través del cristal.
Me agaché a recoger mis libretas para ocultar el color rojo que seguramente estaba inundando mis mejillas.
—Solo entró a... burlarse de mí. Ya sabes cómo es.
—Claro, entró a burlarse de ti y salió con una sonrisa de idiota que le duró todo el fin de semana, según dicen —Chloe se inclinó hacia mí—. ¿Qué pasó ahí dentro, Nova?
—Nada —mentí, aunque la palabra sonó ahogada.