Mi desastrosa esposa

4. Opciones

4. Opciones

Lina Power

Hoy siento que el mundo se me vino encima, o quizá, solo se me cayó encima la puerta del restaurante… otra vez. No lo sé. Todo está patas arriba desde que el inspector vino a decirme, con esa voz tan plana que dan ganas de lanzarle un pastel a la cara, que tengo treinta días para arreglar el local junto a la playa o lo perderé definitivamente. El restaurante de mi abuela. Su sueño y mi sueño.

Estoy tan mareada que apenas puedo respirar.

—Lina, respira —me dice Sofía mientras me abanica con un menú de mi caravana.

—Estoy respirando, intentándolo o fingiendo —respondo, frotándome la frente.

Qué dramática eres —dice mi conciencia sin perder tiempo—. Podrías empezar a gritar y caer desmayada en la arena, eso siempre atrae ayuda masculina. Preferiblemente ayuda musculosa.

—No. —Le respondo en voz baja y Sofía me mira raro.

—¿No qué?

—Nada. Cosas mías.

En realidad, cosas de ella, mi conciencia, esa voz alocada que vive instalada en alguna parte de mi cerebro, como un duendecito hiperactivo que no descansa jamás.

Me siento en uno de los escalones de la caravana mientras mi amiga sigue hablándome como si estuviera al borde del colapso emocional.

—Mira, no estás sola —dice, arrodillándose frente a mí—. Todo tiene solución.

—¿Sí? ¿Me vas a dar diez mil euros? —pregunto con sarcasmo.

—No —admite—. Pero tengo una idea.

Oh no… pienso y mi conciencia aplaude emocionada.

¡Sí! Ideas! Me encantan las ideas. Las complicadas, sobre todo.

—No —susurro.

—¿No qué? —pregunta Sofía otra vez.

—Nada —respondo mientras cierro los ojos.

Sofía respira hondo, como quien se prepara para decir algo que sabe que no será bien recibido.

—Hazte un perfil en Lazos y Corazones.

—¿Qué? —Abro los ojos de golpe.

—No me mires así —dice alzando las manos—. Es una opción.

—¿Una opción para qué? ¿Para morirme de la risa?

—Para conseguir un marido rico. —suelta y me atraganto con mi propia saliva.

—¿Un marido? ¿Rico?

—Sí. —Sofía sonríe como si me estuviera hablando de adoptar un perrito, no de casarme con un desconocido—. Una cita, una conexión, un flechazo… y adiós problemas económicos. Primero lo conoces y luego decides.

Oye… oye… oye… casarse con un millonario. —Mi conciencia se acomoda con entusiasmo—. Eso suena divertido. Imagínate los viajes, la casa grande, una cocina con diez hornos…

—¡No voy a casarme con nadie! —le grito a mi conciencia, Sofía abre los ojos.

—¿Con… nadie?

—No a ti —explico rápido—. A mí… bueno… a mis pensamientos.

—¿Otra vez hablando contigo misma? —pregunta suspirando—. Lina, deberías dejar de hacer eso.

—Créeme, si pudiera, lo haría.

—Lina… escúchame. —Ella se sienta a mi lado—. Tres días, solo han pasado tres días desde que hice mi perfil y ya tengo una cita mañana.

—¿Con quién?

—Con un tal… —intenta recordar—, no recuerdo su nombre, pero tiene pinta de empresario o de modelo. Se ve que tiene dinero, todo lo que tiene en su foto, ropa, reloj es caro.

—Las prioridades de siempre, Sofía. Puede ser un asesino serial, no lo conoces. O un enfermo mental. No sabes nada de él. Por qué no busca pareja normal como todo el mundo. Es raro.

Asesino o no, mientras pague las facturas… —murmura mi conciencia.

—¡No! —la regaño mentalmente.

—¿Qué? —pregunta Sofía, confundida.

—Nada. Otra vez con mis… diálogos internos.

—Lina, sé que eres orgullosa. —Sofía me toma las manos—. Sé que eres independiente. Sé que tu abuela te enseñó a ganarte todo con esfuerzo. Pero también sé que no puedes permitirte perder este lugar.

Miro hacia el edificio desvencijado que fue el restaurante de mi abuela. Las ventanas están rotas, las tablas húmedas por años de salitre, la cocina… un desastre. Recuerdo a mi abuela sonriendo allí, moviéndose entre las ollas como si hubiera nacido para eso. Ese restaurante es mío. Su herencia para mí. Su corazón sigue latiendo en cada receta.

—No quiero depender de ningún hombre —digo con firmeza y suspiro—. No quiero deberle nada a nadie. Mucho menos quiero casarme con un desconocido que mañana puede aburrirse de mí y dejarme en la calle. ¿Qué clase de solución es esa?

—No te juzgo. —Sofía me mira con ternura—. Te admiro. Si vendes la caravana… Lina, te quedas sin tu restaurante ambulante. Sin un hogar. ¿Dónde dormirías?

Cierro los ojos. Me duele solo imaginarlo. La caravana no es solo mi medio de trabajo. Es mi refugio. Es el lugar que adapté con toda la herencia que me dejaron mis padres. Todo mi amor, mi esfuerzo, mi vida entera está ahí.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.