Mi desastrosa esposa

5. Entrevistas

5. Entrevistas

Jan Robert

No sé en qué momento de mi existencia adulta, pensé que buscar esposa por un algoritmo sería una idea razonable. Quizá fue justo después de la última conversación con mi abuelo, cuando, en medio de su mirada cansada, pero astuta y de mucho chantaje, me obligó hacerlo.

Ahora aquí estoy, en oficina del piso treinta y dos, esperando a la tercera candidata mientras mi conciencia me perfora el cráneo con la sutileza de un martillo neumático.

Te lo dije —gruñe mi conciencia—. Esto no es buena idea. No lo fue ayer, no lo es hoy, y no lo será mañana.

—No empieces —le respondo mentalmente, masajeándome el puente de la nariz.

¿No empiece? Llevas dos entrevistas, dos y en ambas estabas tan incómodo que parecía que te habían puesto a leer poesía romántica en público.

—No exageres.

¿Exagerar yo? Por favor. A la primera casi le preguntas si su título en protocolo incluía saber cómo reanimar conversaciones muertas y a la segunda… bueno, la segunda…

Suspiro. Sí, la segunda había sido peor. Mariette, consultora de imagen, experta en estilo, en «vibraciones personales» y con una obsesión preocupante por los filtros. Se había pasado media entrevista hablándome de colores que «armonizaban» con mi aura empresarial. No sabía que las auras tuvieran vida corporativa, pero ella parecía convencida.

—No va a funcionar —murmuro en voz baja.

Lo sabía —dice mi conciencia, orgullosa, dando vueltas alrededor de mi cabeza como si celebrara una victoria—. Deberías hacerme caso más seguido.

—¿Sabes qué? —le respondo—. Necesito cinco minutos sin tus discursos existenciales.

No. Porque en cinco minutos toca la tercera candidata y alguien debe recordarte que estás cometiendo un error monumental.

Resoplo tan fuerte que hasta yo mismo me sorprendo. Me inclino hacia atrás en el sillón, mis manos enlazadas tras la cabeza, los pies tocando el borde de la mesa. Necesito aire, café y una vida diferente.

La puerta se abre y Óscar mete la cabeza con su habitual energía contenida, esa que me gustaría tener hoy.

—¿Y bien? —pregunta, entrando por completo y cerrando detrás de sí—. ¿Qué tal Mariette?

—No va a funcionar —respondo de inmediato.

¡Lo sabía! —salta mi conciencia—. ¡Punto para mí!

—¿Cómo que no va a funcionar? —Óscar me mira con los ojos entrecerrados. Se adelanta, tirando su tableta sobre la mesa—. Mariette era la segunda candidata más compatible según nuestro algoritmo. Imagen impecable, trayectoria profesional, buenos modales, estilo perfecto…

—Demasiado perfecta —interrumpo.

—¿Demasiado perfecta? —Óscar parpadea—. ¿Eso es malo?

—Cuando la perfección se siente fabricada, sí —respondo, frotándome la sien—. No decía nada real. Todo parecía ensayado como si estuviera actuando para una cámara.

Lo estaba —resopla mi conciencia—. ¿No viste cómo inclinaba la cabeza cada vez que tú terminabas una frase? Eso era entrenamiento, no interés genuino.

—Empezó a analizar el tono de mis corbatas —continúo—. Dijo que si me casaba con ella «podría actualizar mi marca personal». Marca personal, Óscar.

Él se sienta frente a mí, trata de mantener una expresión profesional… pero su ojo tiembla, y sé que intenta no reírse.

—Bueno… sí, quizá fue un poco intensa —admite.

Un poco intensa —repite mi conciencia—. Sí, como un huracán que solo destruye armarios y departamentos de maquillaje.

—No voy a casarme con alguien que hable de mí como si fuera un logo —añado y me cubro los ojos con una mano. Óscar inclina la cabeza, pensativo, pero mantiene la compostura.

—Bien —dice al fin—. Dos descartadas, aunque aún queda una más hoy. No podemos juzgar a la tercera antes de verla.

—Justo lo que necesito: otra entrevista con otra desconocida evaluando si cumple los requisitos.

Estoy disfrutando esto, ¿eh? Me sorprende que no hayas fingido un desmayo aún. —Mi conciencia suelta una carcajada.

—¿Estás hablando solo? —pregunta Óscar, cruzándose de brazos y alza una ceja.

—No —miento con la rapidez de un niño atrapado robando galletas—. Estaba… repasando mentalmente lo que salió mal.

—Ajá —dice él, nada convencido—. Bueno, la tercera llega en media hora. Recuerda: si no funciona, todavía quedan siete más.

Oh, por supuesto —dice mi conciencia con ironía venenosa—. Siete más para sufrir. Perfecto.

—No estoy seguro de querer seguir con esto —le digo a Óscar con sinceridad. Él suspira, toma asiento a mi lado y deja caer la tableta frente a nosotros.

—Jan, escúchame —dice, con tono razonable—. Él quiere que te cases. Sabes que no lo dice en broma y tú prometiste que al menos lo intentarías.

—Esto no es intentarlo. Esto es una audición de casting para una película romántica que nunca vería.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.