Mi desastrosa esposa

8. La propuesta

Lina

Observo a su abuelo que aplaude feliz, su nieto me mira con una intensidad que me sobrecoge y cuando escucho que tenemos mucho que aclarar todas mis alertas se disparan. acaso no es lo que he intentado desde que crucé esa puerta, decirles que me confundieron.

—Espera un momento, abuelo —oigo la voz grave de Jan decir con una cortesía que no esperaba—. Necesito hablar con mi novia un instante, a solas.

Mi mundo se encoge un poco. «¿Novia?», pregunto mi cuerpo antes de que mi cabeza tenga tiempo de ordenar la petición. Jan me mira con esos ojos negros que me parecen espejos peligrosos y ahora, en primer plano, me dejan sin nada que decir.

El anciano chasquea la lengua, divertido, como si esto fuera el entretenimiento del día.

—Muy bien —responde—. No tarden demasiado. Y tú, Óscar —señala con el bastón—, quédate aquí no los molestes. —El castaño pone una sonrisa torcida y que no logro descifrar.

Jan me toma del codo con una suavidad que me sorprende y me guía fuera del despacho. Camino junto a él, sin pensar demasiado, como si mis pies supieran ya el camino. Estoy aturdida, y mi conciencia, muy descarada, no pierde ocasión.

¡Aprovecha! Vístete de novia mentalmente y sonríe. Hazle un favor a la humanidad.

—Cállate —le respondo, porque mi interior es mi único espacio donde puedo ser grosera sin consecuencias.

Él abre una puerta y entramos en un salón de reuniones elegante, con una mesa larga de madera oscura, sillas tapizadas y una pared cubierta por una fotografía aérea de la costa que me hace pensar en mi restaurante con nostalgia punzante. Hay cristales que reflejan la ciudad y una vista que me obliga a tragar saliva. Jan se vuelve hacia mí con una expresión que mezcla decisión y fatiga.

—Siéntate —me dice—. No quiero que esto sea incómodo, pero necesito tu ayuda.

Me siento. «No pertenezco aquí», pienso. «No es mi lugar». Pero él tiene los ojos tan fijos en mí que enchina la piel.

—Te llamé mi novia —empezó, con voz baja, como si una palabra más alta fuera una traición—. Porque ante mi abuelo tienes que ser… algo que lo tranquilice.

Mi primera reacción es una carcajada nerviosa que intento convertir en negación.

—No soy tu novia —digo—. Ni tu prometida. No sé ni cómo vine a estar en su oficina. Es un error., todo esto fue una equivocación.

Él frunce el ceño, pero no como enojado; como quien calcula opciones a gran velocidad.

—Lo sé —responde—. Me di cuenta, pero mi abuelo se ha encaprichado. Te vio y le gustaste de inmediato. Lo siento, pero no veo cómo otra persona pueda sustituirte. Te mira como si te conociera hace años.

¡Virgen santa! Esto es mejor que mi serie favorita. —Mi conciencia se pone a aplaudir emocionada como una espectadora en primera fila.

—No es teatro —insiste Jan, con una seriedad que me paraliza—. Él ha decidido que voy a casarme. Que tengo dos meses. Si no lo hago, dona todo y me deja solo con una pensión miserable. No puedo permitirlo, necesito ganar tiempo.

Las palabras se me clavan en el pecho presintiendo por donde va. Dos meses para casarse. Pensión miserable que seguro es más de lo que gano en un mes.

—¿Y qué quieres que haga? —pregunto, porque mi voz tiembla y tengo miedo.

—Diez mil euros —dice—. Por dos meses. ¡Diez mil ahora mismo para lo que necesites! Solo que finjas ser mi prometida delante del abuelo. Nada más.

Diez mil euritos. —Mi conciencia hace un silbido exagerado—. ¡Vaya, mi corazón late por las arcas! ¡Compra tranquilidad y revive el restaurante de tu abuela!

«Cierra esa boca», pienso. Pero las cifras resuenan en mis oídos con una claridad práctica que nunca admitiré.

—No puedo —digo, al principio con un impulso que suena honesto—. No puedo fingir ser lo que no soy. No puedo… atarme a nada. Esto es un error, yo no estoy en venta

—Solo finge ser mi novia —repone él con paciencia—. Vivirás como siempre, seguiremos siendo extraños, si quieres. No habrá acercamiento, solo finge delante de mi abuelo. Diez mil ahora, diez miel luego del segundo mes y mi agradecimiento eterno si me salvas de esta.

Mi honestidad choca contra la imagen de mi cocina: tablas viejas, un horno que gime, el dinero que falta para poner estanterías, la humedad que devora la madera. El restaurante es un eco de los abrazos de mi abuela y de sus delicias que no puedo dejar morir. Mi abuela merece que su salsa siga oliendo en la playa. Mi conciencia, la indeseable, me empuja con un codazo privado.

Hazlo. Hazlo. Piensa en los hornos, en la pintura. Y además, podrías verte genial con cena incluida.

«¿Qué tengo que hacer para que te calles?», gruño en silencio. Aun así, acaricio la posibilidad de respirar otra vez.

—Dos meses —repito, para sentirlo—. ¿Solo dos meses?

—Solo dos meses —afirma—. No habrá acercamiento físico innecesario, solo fingiremos para que el abuelo lo crea, luego podemos hacerle creer que tenemos problemas y terminar.

Me levanto de la silla sin pensarlo demasiado. Siento la madera fría bajo mis yemas y el brillo de la ventana como un espejo que no me devuelve respuestas. Estoy en la cuerda floja entre la integridad y la necesidad. Mi orgullo me grita que no puedo venderme, pero mi conciencia me susurra que no hay orgullo que ponga ladrillos.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.