Peli-pitufa
Jan Robert
Me sorprendo accediendo con un leve asentimiento cuando Lina dice que nos veremos más tarde para dejar todo claro, que no quiere complicaciones ni enredos en su vida aunque aceptó gustosa mis diez mil. La observo mientras habla, aún con esa mezcla de firmeza y nervios que la hace parecer un pequeño huracán contenido.
—Después de las cinco —advierte, cruzándose de brazos y puedo decir que su actitud me confunde—. Antes no puedo, estaré ocupada. ¡Ah!… solo puedo verte en mi restaurante móvil.
Restaurante móvil. Ese detalle me golpea como una ráfaga inesperada. Asiento despacio, intentando no mostrar cuánto me desconcierta ese contraste entre su apariencia tan… improvisada y su nivel de responsabilidad.
—Está bien —digo tratando de no mostrar expresión en mi rostro, como si no me interesara—. Mándame la ubicación cuando puedas.
Intercambiamos números. Sus dedos son pequeños, rápidos, seguros mientras teclea. Los míos, en cambio, parecen torpes por primera vez en años. Cuando termino, ella guarda el móvil en uno de sus infinitos bolsillos y se da media vuelta.
—Debo irme —dice—. Tengo gestiones que hacer.
—Un momento —la detengo—. Si sales sin despedirte de mi abuelo, sospechará. No puedo permitirme eso ahora.
Suspira… y es un suspiro largo, como si la vida la estuviera exprimiendo. Volvemos a la oficina. Ella entra primero y puedo ver cómo sus hombros se tensan justo antes de abrir la puerta. Mi abuelo levanta la vista de inmediato, con esa expresión cálida que pocas veces le veo dedicarle a alguien. Óscar también está allí, esperando como un perro guardián aburrido.
—Ha sido un gusto conocerlos, pero tengo que irme. Tengo una cita y… bueno, llego un poco tarde.
—Míralaaa… ya va a gastarse el dinerito. —Mi inconsciencia grita dentro de mí. La ignoro como si no existiera, aunque la idea me encienda una chispa incómoda en el estómago.
Entonces mi abuelo se pone de pie, toma las manos de la mujer entre las suyas ,mis manos se tensan automáticamente cuando le sonríe como si acabara de encontrar una joya perdida.
—Me ha encantado conocerte, muchacha. ¿Qué te parece si almorzamos el domingo? Me gustaría conversar contigo con más calma. —Lina abre mucho los ojos.
—Uy… lo siento, los fines de semana trabajo. No puedo, de verdad, son los días más ocupados.
—Trabajando el fin de semana…, ¡cómo no! —Mi conciencia se cruza de brazos y resopla, lo peor es que esta vez tengo que darle la razón.
—Entonces cualquier día de la semana. Yo me ajusto a tu horario, dime cuándo —pide mi abuelo que claro… Es un hombre acostumbrado a no aceptar un no.
Ella intenta evadirlo, como quien esquiva una lluvia de flechas, pero no lo consigue. Al final termina cediendo.
—El miércoles podría… si usted quiere.
—Perfecto —sonríe él.
Ella se inclina y le da un beso en la mejilla. Es un beso suave, filial y cálido. Puedo decir que íntimo sin proponérselo y sin poder explicármelo me hierve la sangre de pura envidia. ¿Por qué demonios me molesta?
Lina se despide de Óscar con una sonrisa ligera y desaparece por la puerta antes de que yo pueda decir algo más ignorándome olímpicamente.
—Y tú, Jan… Mañana te quiero aquí a las ocho. Ni un minuto tarde.— Justo antes de marcharse, mi abuelo lanza su sentencia—. ¿Ya leíste mis condiciones?
Cuando la puerta se cierra, siento el peso de la oficina caer sobre mí y caigo en cuenta de que solo leí la cifra de mi pensión y hago nota mental para leer todo el documento en mi departamento cuando llegue porque allá lo dejé. No sé por qué pienso que hay mucho más que no vi.
—Bueno… esto fue una locura. —Óscar se deja caer en una silla.
—Una absoluta locura —le respondo, pasándome una mano por la nuca sin olvidar la última interrogante de mi abuelo y su sonrisa maliciosa al soltarla—. ¿Cómo demonios una confusión termina con que yo le pida a una chica como esa que finja ser mi novia durante dos meses? ¿Por qué mi abuelo apareció justo en ese momento? —Mi amigo se ríe.
—Al menos está saliendo bien. Tu abuelo está encantado. Ella… bueno, parece manejable.
—Yo solo quiero distancia —gruño—. Por favor, que nadie de nuestro círculo me vea con esa peli-pitufa —agrego sin disimular mi tono de desagrado.
—No le queda mal. —Óscar se endereza con una ceja levantada.
—Le queda demasiado —mascullo—. Demasiado atrevido, demasiado… ella. No tiene nada que ver con las mujeres con las que salgo. Ni con las que me gustan. Es simple. Probablemente ni siquiera sepa comportarse en una cena formal.
—No exageres, amigo —Óscar suelta una carcajada suave—. Viste cómo habló con tu abuelo. No se derritió como las demás. —Eso me irrita aún más, porque es verdad.
—Esto es lo peor que me ha pasado —murmuro y aunque no lo digo en voz alta, una parte de mí… una parte pequeña, traicionera… siente que quizá no sea lo peor.
Lina
Salgo de la oficina con el corazón todavía acelerado y la sensación de que acabo de atravesar un tornado en tacones. El pasillo es amplio, lujoso hasta lo obsceno, y en la antesala mi prima me espera sentada, con las piernas cruzadas y los ojos brillando de ansiedad.
#326 en Novela romántica
#66 en Otros
#37 en Humor
hombre arrogante y encantador, romance caótico, desastrosa esposa
Editado: 14.02.2026