La charla con Cemil fue incómoda para mí, porque para mi esposo fue normal y divertida. Suspiré comiendo un poco de carne; la mirada de Sara sobre mí era atenta.
—¿Y cómo conociste a Cemil? —pregunté tomando un poco de vino. Ella suspiró y tomó su copa… pero su esposo se la quitó y la dejó en la mesa.
—Recuerda que nada de vino.
Ella suspiró y se levantó.
—Voy a ir a ver a los invitados con Scarlett. Sigue hablando de tus negocios.
Me levanté, y Alex solo me observó en silencio. Caminé al lado de la mujer y suspiré. Ni siquiera me respondió lo que pregunté.
—Sara…
—Todo está bien. Mi esposo es un hombre soberbio y mezquino, nada que lo deje mal. En casos como el que viste no me queda de otra que alejarme y que él hable sus porquerías de negocios.
Habló mirando a Cemil a la distancia; prendía un cigarro y mi hombre seguía con su copa.
—Alex es un poco mezquino. No quiso que viniera aquí por asuntos no tan buenos. ¿Estás bien?
Sara asintió y luego negó. Sujetó su vientre y se alejó adentro. La madre de Cemil se adelantó y fue a ayudarla, ya que a mí no me dejaron entrar a tal mansión.
Me acerqué de nuevo a mi esposo y miré al sujeto…
—Tu esposa se sentía mal. Tu madre fue con ella.
Cemil se levantó y, sin decir nada, se apuró a entrar a la mansión. Alex corrió una silla y me senté a su lado. Entrelacé nuestros dedos y observé todo alrededor.
—¿Te sientes bien? —preguntó. Lo miré, sus ojos me observaron con ternura, y acaricié su mejilla.
—Lo estoy, cariño. La fiesta está muy bien organizada, solo que Sara se sentía mal.
—Seguro debe estar embarazada.
—¿Y tú cuándo me darás un bebé? —pregunté divertida. Sonrió con ganas y besó mi boca.
—Cuando todo esté calmado. Un bebé es muy hermoso y glorioso, pero no quiero que te tomen para dañarte. No me lo permitiría, nena.
Asentí y tomé la copa.
—Te prometí que te daría un bebé, pero por ahora cuidemos a Yaro.
—Está bien, cielo.
Asentí. Sara salió con Cemil otra vez, se pusieron en la pista y bailaron. Era hermosa la manera en que el sujeto la tenía contra su cuerpo y acariciaba su espalda con lentitud. Varias parejas se sumaron. Me levanté cuando mi esposo me tendió la mano.
Nos acomodamos y él me abrazó, besó mi frente, y suspiré llena de amor.
—Me gusta que seas romántico.
—Solo soy un cincuenta y cincuenta… Nada fuera de lo normal.
Reí, acariciando sus brazos cubiertos por un saco carísimo. No entendía la obsesión de estos mafiosos por usar trajes a medida y costosos. Tal vez lo hacían para verse inalcanzables o bien mostrar que tenían demasiado dinero para hacer lo que quisieran.
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Cuando la noche cayó, terminé mi cuarta copa. No estaba ebria, tenía control en el alcohol y en mi cuerpo. Me moví con elegancia y sensualidad en la pista. Sentí unas manos recorrer mis brazos, mi cintura y luego mi cadera; me pegó a su anatomía y eché mi cabeza contra su hombro.
Sonreí cuando pasó la nariz por mi cuello. Creo que hice mal.
Demasiado, diría.
Porque alguien lo alejó bruscamente de mi cuerpo y lo próximo que vi fue a Alex propinarle golpes al tipo como si su vida se basara en eso.
Miré a Cemil. Tenía a su esposa en sus piernas y me sonreía con burla.
—Alex, para —pedí. Todos los invitados lo miraban, pero claro, nadie se iba a meter cuando un jefe le daba unos buenos puñetazos a un simple guardia por tocar a su mujer.— ¡Alex!
Se levantó. Sus manos estaban sangrando, y no sabía si eran sus nudillos o la sangre del rostro del tipo que seguía en el piso, seguro inconsciente.
—¿Por qué mierda dejas que otro hijo de puta te toque?
Estaba furioso, tomado y algo drogado. Lo veía en sus ojos. Pasé las manos por mi rostro, sintiendo el leve sudor en mi frente.
—Stella.
—Creí que eras tú el que me sostenía. No voy a andar mirando, Alex.
—O sea, que todos te van a tocar y tú pensarás que solo soy yo, ¿verdad?
Suspiré. No podía tratar con este Alex insoportable y malentendido.
—Alex…
Me sujetó el rostro, me acercó al suyo y su aliento a vino chocó en mis labios.
—Agradece que no lo maté. Agradece que… no, voy a matarlo y joderlo de miles de formas, las que sean posibles.
—Estás actuando muy a la ligera, amor… por favor.
Se rió, desordenó su cabello y me apuntó con su dedo. Hizo una mueca y gruñó.
—Odio esto, ¿okey? Odio que te toquen, porque eres mi mujer. Esperé tanto para casarme contigo y que otro hijo de puta te toque me enferma. Tienes la culpa de que yo sea así. Hazte cargo, Stella.
—No me digas Stella, soy tu mujer. Y dejemos de hacer una escena. Vamos a casa a descansar. Dejemos solo a Bastian, y sabes cómo es cuando está solo.
Rodó los ojos y me dejó sola, parada en medio de la pista. Me alejé a una mesa y me senté para suspirar. La fiesta estaba demasiado buena. Sara bailaba con su esposo y la presencia de Sebastián a mi lado me hizo frotarme la sien.
—¿Y ahora qué, Sebastián? —pregunté mirándolo. Él solo hizo una mueca, cansado también.
—Me dijo que la llevara a casa, a que descanse como corresponde.
Asentí, levantándome. Apreté mis labios cuando lo vi reír y beber con otro sujeto que no conocía. Una mujer también estaba involucrada ahí. Me alejé de ellos sin nada que decir. Alex se podía joder esta noche, porque no pensaba abrirle la puerta de nuestra habitación.
Todos podían tenerle miedo, pero yo no. Alex no me daba miedo y el cumpleaños que tenía organizado sería sorpresa, pero como iban las cosas ahora, dudaba que se hiciera.
El camino a casa fue tranquilo, hasta que un disparo hizo alertar a Sebastián.
—Abajo, señora.
Me acosté casi en el asiento y tanteé debajo, sintiendo el bolso. Lo abrí sacando un arma…
—¿Quiénes son?
La pregunta fluyó. Recordé la llamada, diciendo que quería verme, y el frío recorrió mi cuerpo. No debía ser él. Él que llamó y amenazó.