Mi dulce obsesión

Capitulo 1

El Bentley se detuvo con suavidad. El chófer abrió la puerta, pero antes de que Dorian Karras, pusiera un pie en la alfombra roja, su asistente personal, Robert, se inclinó ligeramente desde el asiento del copiloto.

—Señor Karras, —dijo Robert, con su habitual tono medido—. Le he bloqueado treinta minutos para el Senador Thompson. Después, su encuentro con el Director Chen para discutir la expansión asiática. La señora Perkins de la fundación insistirá en darle las gracias por la donación.

Dorian ajustó los puños de su camisa. Su traje color grafito se movía con precisión, revelando la estructura marcada por años de disciplina en el gimnasio. Su barba oscura y cuidadosamente recortada enmarcaba una mandíbula fuerte, y sus ojos grises, con pequeños destellos de blanco que parecían rallarlos, escanearon la entrada llena de paparazzi y figuras de la élite.

—Perkins puede agradecerme a través de un correo electrónico, —replicó Dorian, su voz grave y sin emoción—. Robert, recuérdame por qué acepto estas torturas sociales.

Robert, acostumbrado a la acidez de su jefe, respondió sin inmutarse: —El consenso, señor. Y el 15% del capital del Director Chen es crucial para el proyecto Zénith.

—El consenso es la excusa de la mediocridad, —musitó Dorian, enderezándose.

Su desinterés era una coraza, un escudo contra la superficialidad que lo rodeaba. Sabía que cada mujer que se le acercara esa noche, con su sonrisa perfecta y su perfume caro, solo vería el balance de su banco. Cada hombre, el poder de su apellido. No existía la sorpresa, no existía el desafío. Era todo predecible y agotador.

—La lista de invitados sugiere que las hijas de los magnates inmobiliarios estarán presentes, señor. Varias de ellas lo considerarán un ‘socio’ potencial, —comentó Robert con una sutil ironía.

Dorian hizo un gesto de desdén.

—Solo buscan expandir su patrimonio genético con un buen colchón financiero, Robert. Es el mismo negocio, solo que envuelto en seda. Avísame cuando Thompson esté libre.

Con esa última orden, el hombre alto y poderoso entró en la sala, proyectando una sombra de control absoluto sobre el alegre bullicio de la gala.

Mientras Dorian se sumergía en el hielo social, Isabella Rossi, estaba en la cocina de servicio, supervisando la colocación de sus postres. Su amiga, Lucía , estaba allí para ayudar a montar la mesa.

Isabella llevaba el sencillo vestido negro, un lienzo perfecto para su figura. No era esbelta; su cuerpo era curvy, lleno de las curvas naturales de una mujer que amaba la comida tanto como amaba crearla, pero con una gracia que emanaba de su absoluta comodidad consigo misma.

—¡Cuidado, Lucía, con los macarons de lavanda! Son sensibles, —susurró Isabella, más preocupada por el merengue que por el entorno.

Lucía, mucho más nerviosa que ella, colocaba las pequeñas copas de mousse de chocolate.

—Isa, mira dónde estamos. ¿Te das cuenta? Esto parece un set de cine. ¿Estás segura de que estos… estos multimillonarios apreciarán la miel silvestre?

Isabella se rió, su risa era cálida y auténtica. Se limpió un poco de chocolate que accidentalmente había tocado en la barbilla y miró con ojos brillantes el opulento salón a través de la puerta entreabierta.

—Lucía, la gente rica también come, ¿verdad? Y te aseguro que están hartos de la tarta de tres leches genérica, —argumentó, tomando un minúsculo tart de limón para verificar la colocación—. Mis postres no son solo azúcar, son una experiencia. Son un momento de pausa en esta locura.

—Tú y tus momentos de pausa, —suspiró Lucía, pero una sonrisa se dibujó en su rostro—. Pero tienes razón. Estos son espectaculares. Estoy segura de que la señora Vargas te ha hecho un favor enorme. Espero que te den otros contactos. O que alguien te ofrezca invertir.

Isabella negó con la cabeza, su entusiasmo no se basaba en el dinero, aunque lo necesitaba.

—No, Lucía. Solo quiero que prueben esto y que digan: ‘¡Vaya! Nunca había sentido tanto placer con un bocado’. Quiero que sientan la pasión que puse. Eso es suficiente por ahora.

Mientras terminaban de colocar la última fuente, Isabella miró hacia el salón. Podía ver siluetas elegantes moviéndose, pero una en particular captó su atención: un hombre alto, distinguido, con una presencia que parecía absorber la luz a su alrededor. Estaba de espaldas, hablando brevemente con otro hombre, pero su porte era inconfundible. Severo, poderoso, y extrañamente, completamente solo en espíritu.

Isabella se enderezó. Sus postres ya estaban listos para ser presentados. Su misión había comenzado.




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