Mi dulce obsesión

Capitulo 2

La gala de la Fundación St. Jude había alcanzado su máxima efervescencia. El gran salón de baile era una cámara de resonancia para el poder, envuelto en el tintineo de los cubiertos de plata y el eco hueco de las risas forzadas. La multitud se había triplicado.

Las joyas brillaban bajo los candelabros, y las conversaciones se desarrollaban en claves discretas: fusiones, adquisiciones, carteras de inversión.

Dorian Karras, fiel a su calendario mental, estaba junto a la chimenea de mármol, enfrascado en la tediosa conversación con el Senador Thompson. Su mente, entrenada para procesar información a velocidades vertiginosas, estaba a punto de colapsar por la monotonía. Thompson hablaba de impuestos y lagunas legales, pero Dorian sentía que todo era un zumbido monocromático sin ningún desafío intelectual.

—...y esa propuesta, Karras, le daría una ventaja significativa en el sector FinTech, —finalizó el Senador, esperando una respuesta astuta que validara su conocimiento.

Dorian asintió mecánicamente, sus ojos grises, rayados de blanco, buscando un punto fijo en la distancia para evitar el contacto visual excesivo. Estaba a punto de formular una réplica perfectamente calculada sobre el riesgo de depreciación de los activos tecnológicos, cuando su campo de visión se rompió.

A través del mar de cabezas pulcras y vestidos de diseñador, Dorian la vio. Isabella.

Acababa de salir de la cocina de servicio y se dirigía a la mesa de postres recién montada, ahora dispuesta para el asalto de la hora del café.

Estaba de pie, su silueta dibujada con una confianza que contrastaba brutalmente con la pose rígida de las demás invitadas. Su vestido negro, sencillo pero elegante, se ajustaba a un cuerpo que celebraba la vida. Isabella no era ni una, ni otra. Tenía esa plenitud que solo el buen apetito y la alegría de vivir confieren. Su figura era un estudio de armonía: los pechos generosos se elevaban sobre una cintura marcada, y la tela caía sobre unas piernas bien definidas y un trasero firme. No había artificio, solo una sensualidad cálida y accesible.

Lo que realmente detuvo el mundo de Dorian, sin embargo, fue la forma en que se inclinaba hacia un grupo de invitados que se acercaba. Su rostro estaba vivo, su expresión completamente despojada de la máscara social. Gesticulaba con sus manos, que Dorian imaginó llenas de harina y mantequilla, mientras explicaba con pasión el origen de sus creaciones.

No era una anfitriona; era una evangelista de los sabores.
Por primera vez desde que era un adolescente, la mente de Dorian Karras se quedó absolutamente en blanco. El complejo cálculo de su cerebro, el sistema de control que regía cada latido de su vida, se había fundido.

—...así que el proyecto de ley Q-24 entrará en vigor el próximo trimestre, Karras, —repitió el Senador Thompson, visiblemente impaciente por la falta de reacción de uno de los hombres más poderosos del país.

Dorian parpadeó. Tuvo que forzarse a volver a escuchar, pero la voz de Thompson sonaba a miles de kilómetros de distancia. Había perdido el hilo de la conversación. No tenía ni idea de qué proyecto hablaban. El control se había esfumado, reemplazado por una punzada aguda de curiosidad, casi de necesidad.

—Sí… por supuesto, Senador, —logró decir Dorian, su voz apenas un susurro. Una respuesta que era profesionalmente inaceptable. Tuvo que forzarse a recordar el tema—. El Q-24… un movimiento audaz. Muy audaz. Debe ser implementado con cautela.

Thompson pareció satisfecho con la ambigüedad, pero Dorian ya no estaba allí. Su mirada, ahora intensamente focalizada, regresó a la mesa de postres.

Isabella sostenía en su mano un pequeño volcán de mousse de chocolate amargo, el centro líquido goteando ligeramente, y su rostro se iluminaba mientras hablaba.

—La diferencia, señores, es la intención, —explicaba a un par de financieros de mediana edad—. Este chocolate no busca solo dulzor. Es un 75% cacao puro. Es amargo, profundo y luego te golpea con la calidez del ron añejo. Es un sabor que te exige atención. Es un vicio, no una obligación.

Ella sonrió, y Dorian sintió que esa sonrisa no era para los financieros; era una manifestación pura de su alegría. Sus manos se movían con una elocuencia que él encontró inexplicablemente cautivadora. Era real. Era cálida. Era, pensó Dorian con una repentina y punzante intensidad, todo lo que no estaba en su vida.

Una dulce obsesión que se estaba gestando.

Decidió que la distancia era intolerable. Necesitaba estar cerca de ese foco de energía.

—Disculpe, Senador, —dijo Dorian, interrumpiendo abruptamente a Thompson a mitad de una frase sobre la geopolítica. No le importó la descortesía—. He visto un socio comercial crucial que debo abordar inmediatamente. Un tema de capital urgente.

Sin esperar la aprobación, Dorian se movió. Su camino era directo y sin titubeos, su cuerpo alto cortando la multitud como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. Se movía con la determinación fría de un CEO persiguiendo un trato de miles de millones, pero su objetivo era la pequeña mesa adornada con flores y azúcar.

Robert, su asistente, observaba todo desde una esquina discreta, sorbiendo un vaso de agua. Estaba acostumbrado al patrón de Dorian: negocia, domina, se retira. Pero este comportamiento era anómalo.

Vio cómo Dorian ignoró a un importante Director de Tecnología, cómo pasó por alto un apretón de manos de un viejo rival y cómo se dirigió con una urgencia palpable hacia la mesa de postres.

¿Un tema de capital? Robert sabía que la única capital que le interesaba a su jefe en ese momento era la capital humana, y de una forma muy específica.

Se acercó discretamente a un camarero, su rostro tan impasible como siempre.

—Disculpe. ¿La chica que atiende los postres? ¿Quién es?

—Ah, la pastelera. Isabella Rossi. Dicen que es muy talentosa. La Sra. Vargas la invitó, —respondió el camarero, sin sospechar que acababa de entregar el nombre de la primera gran interrupción en el imperio Karras.




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