Mi enemigo es el Vecino

Capítulo 2

Hace 7 años.

El frío de la sala de ensayo se colaba por mis mallas, pero no me importaba. Había repetido la misma secuencia de giros cincuenta veces y mis pies gritaban por un descanso. Justo cuando iba a tirar la toalla, escuché tres toques suaves en la ventana de la planta baja.

​Era él. Siempre era él.

​William estaba al otro lado del cristal, con su sudadera gris favorita y esa mirada que solo me dedicaba a mí; una mirada cargada de una ternura que me hacía sentir la chica más afortunada del mundo. Abrí la ventana y, antes de que pudiera decir nada, me rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en mi cuello.

​—Estás esforzándote demasiado, Nat —susurró, y su aliento cálido fue como un bálsamo contra mi piel—. Tómate un respiro. Eres la mejor, ¿no te lo he dicho hoy?

​Me separé un poco para mirarlo. A sus diecisiete años, William no tenía esa máscara de arrogancia que lleva ahora. Sus ojos brillaban con una honestidad que me desarmaba. Me tomó las manos, ignorando que estaban sudadas, y besó mis nudillos uno por uno con una delicadeza infinita.

​—He traído chocolate —dijo con una sonrisa pequeña y dulce, sacando una tableta de su bolsillo—. Para que mi bailarina favorita recupere fuerzas.

​En aquel entonces, William no buscaba llamar la atención de todo un estadio. Solo buscaba la mía. Era mi refugio, el chico que me prometió que nunca me dejaría caer.

Pasamos el resto de la tarde sentados en el suelo de madera. William siempre tenía esa forma de mirarme, como si yo fuera la única persona en todo Madrid que importara. Él era todo lo que un chico de diecisiete años no solía ser: atento, protector y jodidamente tierno.

​—Venga, Nat, deja de mirarte los pies —me dijo con ese acento madrileño tan marcado que siempre me hacía sonreír—. Eres una artista, joder. Y las artistas no se rinden porque les duelan los dedos.

​Se acercó a mi mochila y sacó una pequeña lata de crema. Me tomó el pie derecho con una delicadeza que me cortaba la respiración y empezó a masajear mis músculos tensos.

​—¿Sabes qué es lo que más me gusta de verte bailar? —preguntó sin levantar la vista, concentrado en aliviar mi dolor.

​—¿Qué? —susurré.

​—Que te olvidas del mundo. Te pones seria, arqueas la espalda y parece que flotas. Me haces sentir que yo también puedo flotar contigo.

​Me quedé sin palabras. Mi madre siempre me decía que yo era demasiado intensa, que mi mezcla de raíces me hacía ser "demasiado emocional", pero con William, mi intensidad encajaba perfectamente. Él me entendía sin necesidad de explicaciones.

​—A veces siento que no pertenezco aquí, Will —confesé, refiriéndome a la exigencia de la academia y a mi propia crisis de identidad—. Como si fuera un rompecabezas al que le faltan piezas.

​Él dejó la lata de crema, se deslizó hasta quedar frente a frente conmigo y me tomó la cara entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una suavidad desesperante.

​—Pues para mí eres el rompecabezas más bonito que he visto en mi puta vida —soltó con una risita corta, antes de ponerse serio de nuevo—. Escúchame bien: da igual de dónde vengas o cuántas piezas creas que te faltan. Yo te quiero entera, Nat. Con tus dudas, con tus raíces y con ese genio que me llevas.

​Me besó con una parsimonia que me hizo cerrar los ojos con fuerza. No era el beso descarado de ahora en el campo de fútbol; era un beso que sabía a promesa, a domingos de lluvia y a planes de futuro que dábamos por sentados.

​Esa tarde, William me llevó a su "rincón secreto": una azotea desde la que se veía todo el skyline de la ciudad. Hacía frío, pero él me envolvió en su sudadera, esa que olía a él y que se convirtió en mi uniforme favorito. Nos quedamos allí horas, hablando de cómo él llegaría a ser un gran futbolista y yo la prima ballerina de alguna compañía internacional.

​—Nos iremos de aquí, Nat —me prometió, abrazándome por la espalda mientras mirábamos las luces de la ciudad—. Tú y yo. Te llevaré a ver mundo y me aseguraré de que nadie vuelva a decirte que no eres suficiente.

​Yo le creía. Creía que su palabra era ley y que nuestro amor era a prueba de balas. No tenía ni idea de que la persona que más me protegía acabaría siendo la que más daño me haría.

𓂃 ོ𓂃𓂃 ོ𓂃𓂃 ོ𓂃

Recuerdo perfectamente aquella noche, después de uno de sus partidos con las categorías inferiores. William no fue a celebrarlo con el equipo; vino directo a mi casa. Apareció en mi ventana, empapado por la lluvia madrileña, con una sonrisa que derretía hasta el hielo más duro.

​—¡Estás loco! —le dije mientras lo ayudaba a entrar, intentando no hacer ruido para que mi madre no nos pillara—. Te vas a pillar un resfriado, Will.

​Él no dijo nada. Solo me agarró por la cintura y me levantó en el aire, dándome vueltas mientras reía por lo bajo. Cuando me bajó, pegó su frente a la mía. Sus ojos, siempre tan intensos, brillaban de una forma que hoy me cuesta reconocer.

​—He marcado por ti, Nat —me soltó con ese acento que arrastraba las palabras, tan de Madrid—. Cada vez que tocaba el balón, pensaba en que me estabas viendo. No podía fallar, nena. Por ti, ganaría hasta el mundial.

​Me llevó hasta mi cama y nos sentamos en el borde. Sacó de su bolsillo una cadena pequeña con una medalla de la Virgen de la Almudena.

​—Sé que no eres de aquí al cien por cien, pero quiero que tengas algo que te proteja cuando yo no esté —me explicó, poniéndomela en el cuello con una torpeza encantadora. Sus dedos grandes rozaron mi piel con un cuidado extremo, como si yo fuera de cristal—. Es mi amuleto de la suerte. Te lo doy porque tú eres mi suerte, Natalie.

​Se quedó mirándome un buen rato, acariciando mi mejilla con el pulgar. En ese entonces, no había rastro de ese chico rudo que ahora me lanza comentarios picantes en el coche. Me besó con una ternura que dolía, un beso que sabía a "siempre" y a promesas que creíamos indestructibles.




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