Nuestra relación acababa de cruzar la frontera del primer año. En aquel entonces, yo sentía que caminar de la mano de William por el instituto era como llevar una corona; éramos la pareja que todos envidiaban, el futbolista estrella y la bailarina que parecía sacada de un sueño. Pero justo cuando nos acercábamos a nuestro segundo aniversario, las cosas empezaron a cambiar. La presión por los ojeadores de los clubes grandes tenía a William con los nervios de punta, y un viernes, tras un entrenamiento nefasto, estalló por una tontería.
—¡Es que no lo entiendes, Natalie! —me gritó frente a la puerta de mi casa, con la mandíbula tan apretada que le temblaba el rostro—. Tú vives en tu mundo de música clásica y zapatillas de punta, no tienes ni puta idea de lo que se siente tener el futuro de tu familia en tus botas cada vez que pisas el césped.
Me quedé helada. Nunca me había hablado así. Me dolió tanto que sentí un nudo físico en la garganta, pero en lugar de gritarle o mandarlo a paseo, me acerqué a él. Vi el miedo en sus ojos, ese pánico de los diecisiete años a fracasar, y decidí que mi orgullo no era más importante que su angustia. Lo rodeé con mis brazos, dejando que soltara toda esa rabia contra mi hombro hasta que su respiración se calmó.
—Lo entiendo, Will. Y si no lo entiendo, aprenderé a hacerlo contigo —susurré, acariciándole la nuca hasta que sentí que sus músculos se relajaban—. No estás solo en esto.
Él se deshizo en mis brazos, pidiéndome perdón mil veces entre besos desesperados. Esa fue la primera vez que yo arreglé algo que él había roto. En ese momento me pareció un gesto de amor noble, pero no sabía que estaba sentando un precedente peligroso: Natalie siempre estaría ahí para recoger los trozos, sin importar quién los hubiera tirado al suelo.
A pesar de nuestras pequeñas fricciones, William seguía siendo mi escudo ante el resto del mundo. Un par de semanas después, estábamos en la cafetería del instituto cuando un grupo de chicas de último curso decidió que era un buen día para meterse con mis raíces. No era la primera vez que escuchaba comentarios sobre mi acento o sobre por qué no era "tan española" como ellas, pero ese día fueron especialmente crueles, riéndose de la forma en que pronunciaba ciertas palabras mientras ensayaba mis diálogos de teatro.
—¿Pero tú de dónde has salido, nena? —soltó una de ellas, con una sonrisa cargada de veneno—. Que por mucho que te pegues a William, sigues pareciendo que acabas de bajar de un avión. ¿Por qué no te vuelves a tu país a bailar rumbas?
Sentí que la sangre se me subía a la cara y el nudo de siempre me apretó la garganta. Pero antes de que pudiera responder, sentí una mano firme sobre mi hombro. William se levantó de la mesa con una lentitud que daba miedo. Su mirada, que conmigo siempre era dulce, se había vuelto fría como el acero.
—¿Tenéis algún problema con mi chica o es que os habéis olvidado de cómo se guarda la lengua en la boca? —soltó William, dando un paso hacia ellas. Su acento madrileño sonaba más rudo que nunca—. Porque Natalie es mil veces más artista y tiene más clase que todas vosotras juntas. Si vuelvo a escuchar un solo comentario sobre su origen o su forma de hablar, os juro por lo que más quiero que os vais a arrepentir de haber nacido en este barrio. ¿Me habéis oído?
El silencio que siguió fue absoluto. Las chicas palidecieron y se alejaron sin decir una palabra más. William se giró hacia mí y, delante de todo el instituto, me tomó la cara con ambas manos y me besó la frente con una devoción que me hizo olvidar todo el daño.
—No las escuches, pequeña —me susurró al oído mientras me abrazaba con fuerza—. Eres mi mundo entero, y el que se meta contigo, se mete conmigo.
Después de aquel incidente en el instituto, William se desvivía por hacerme sentir que ese era mi lugar. Pasamos meses de una felicidad que parecía sacada de una película de tarde. Recuerdo los sábados por la mañana, cuando él me acompañaba a la academia solo para verme calentar; se sentaba en el suelo, apoyado contra el espejo, y me miraba con una sonrisa boba mientras yo hacía mis estiramientos. A veces, cuando la profesora no estaba, me obligaba a enseñarle pasos básicos de ballet. Ver a aquel chico de diecisiete años, con sus hombros anchos y sus piernas de futbolista, intentando hacer un plié sin caerse, era mi medicina favorita. Nos reíamos hasta que nos dolía el estómago, y terminábamos besándonos entre las barras de madera, prometiéndonos que nada cambiaría nunca.
Él tenía detalles que me derretían. Una vez, sabiendo que echaba de menos los dulces que solía comer mi abuela, se recorrió medio Madrid buscando una tienda de productos importados solo para traerme una caja de mis galletas favoritas. Me las dio una noche, sentado en el capó de un coche viejo cerca de mi casa, mientras me contaba que había empezado a ahorrar para llevarnos de viaje en verano. "A donde tú quieras, nena. Como si quieres que crucemos el charco, yo te sigo", me decía, y en sus ojos no había ni rastro de duda. Éramos jóvenes, estábamos locos el uno por el otro y cada rincón del barrio era testigo de nuestras manos entrelazadas y de sus promesas de amor eterno susurradas al oído.
Sin embargo, esa misma intensidad tenía un filo peligroso. Con el paso de los meses, William se volvió más temperamental. La presión del fútbol lo estaba asfixiando y, a veces, cualquier comentario mío que no fuera un halago absoluto terminaba en una discusión absurda. Recuerdo una tarde en la que peleamos porque llegué tarde a uno de sus partidos por un ensayo extra. Se puso furioso, diciendo que no le daba prioridad a su carrera, y se marchó dejándome con las palabras en la boca. Pero, como ya se estaba volviendo costumbre, fui yo quien lo buscó esa noche. Aparecí bajo su ventana, bajo una lluvia suave, y esperé hasta que salió. Lo perdoné antes de que me pidiera disculpas, convencida de que su mal genio era solo el precio de su pasión, y volvimos a reconciliarnos entre lágrimas y promesas vacías. Yo seguía arreglando sus rotos, sin darme cuenta de que me estaba quedando sin hilos para los míos.