El pitido final retumbó en todo el estadio. William lo había logrado: un triplete que dejó a la grada afónica y al equipo rival hundido. Mientras el resto de los jugadores saltaban sobre él, yo me quedé en el borde del campo, con las manos en los bolsillos y el corazón latiendo a mil por hora. No soy rencorosa, no me sale del alma serlo, pero tampoco quería que pensara que todo estaba olvidado.
Caminé por el césped con paso firme, sintiendo mis botas hundirse un poco. Cuando él se zafó de sus compañeros y me vio, su mirada cambió por completo. Me acerqué, manteniendo una distancia prudente.
—Felicidades, william. Ha sido un buen partido —le dije con voz seca, casi profesional, intentando que no se me notara el orgullo que sentía por él.
Pero William no aceptó mi frialdad. Antes de que pudiera reaccionar, soltó una carcajada de pura adrenalina, me rodeó la cintura y me subió a su hombro como si no pesara nada, dándome vueltas en medio del campo.
—¡Bájame, idiota! ¡Que nos está viendo todo el mundo! —grité, pero la risa se me escapó entre los labios. Era imposible no contagiarse de su energía.
Él me bajó despacio, pero no me soltó. Tenía el sudor corriéndole por la frente y los ojos más brillantes que nunca. Me agarró la cara con ambas manos, ignorando mi gesto de "estamos distantes".
—Escúchame, Nat. Esto es más grande que el partido —me soltó, casi sin aliento—. Mi entrenador me lo acaba de decir ahora mismo, al salir. Los cazadores de la selección española... estaban en el palco. Me han fichado, nena.
Me quedé helada, con la boca entreabierta.
—¿Qué?
—Lo que oyes. Me quieren mañana mismo en la sede para la entrevista oficial. Quieren darme el pase ya —me sacudió un poco por los hombros, loco de contento—. ¡Mañana, Natalie! Después de todo lo que pasó... por fin ha llegado.
En ese momento, vi en sus ojos al chico de diecisiete años que creyó que lo había perdido todo, y la Natalie de hoy no pudo evitar abrazarlo con fuerza. El pasado dolió, pero verlo cumplir su sueño me devolvió una luz que creía apagada.
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Me miré al espejo una última vez, ajustándome la falda vaquera. Me puse la camiseta negra básica, bien ceñida, y me eché por encima la gabardina de cuero negro; me daba ese aire de "estoy aquí, pero no me importa tanto" que necesitaba proyectar. Rematé el look con las botas negras altas, sintiéndome poderosa con cada paso que daba por la habitación.
—No tengo por qué hacer esto —me dije en voz baja, recogiendo mis gafas de sol—. Al fin y al cabo, no somos nada. No soy su novia, ni su agente, ni su sombra.
Pero mientras me aplicaba un poco de brillo en los labios, la punzada de la culpa volvió a aparecer. Seis años... seis años cargando con el peso de aquel recital, pensando que william había perdido su tren a Alemania por mi culpa. Y ahora, el destino le ponía delante algo mucho mejor: la selección de su país. No podía dejarlo solo hoy. Moralmente, sentía que le debía este apoyo, y aunque me costara admitirlo, me moría de orgullo.
Salí al pasillo y llamé a su puerta. William abrió al instante, ya vestido y visiblemente nervioso. Cuando me vio de arriba abajo, se quedó mudo un segundo, recorriendo con la mirada mi outfit.
—Estás... joder, Nat. Estás increíble —soltó, pasando una mano por su nuca—. Gracias por venir. De verdad.
—No te acostumbres, William —respondí, intentando sonar cortante aunque me fallaba un poco la voz—. Es un día importante y alguien tiene que recordarte que no digas estupideces en la entrevista. Vamos, que llegamos tarde.
William sonrió, esa sonrisa que sabía que me desarmaba, y bajamos juntos las escaleras. El camino a la sede iba a ser largo, y el silencio en el coche estaba cargado de todo lo que no nos habíamos dicho en seis años.
Will tamborileaba los dedos contra el volante, alternando miradas entre la carretera y yo.
—Vas a romper el volante si sigues así —solté, sin quitarme las gafas de sol.
—Es que no me lo creo, Nat. Ayer estaba jugando un partido de liga y hoy voy a la sede de la Selección —suspiró, y luego me miró de reojo—. Gracias por el outfit, por cierto. Vas... vas muy elegante. Demasiado para ser solo "apoyo moral".
—Es mi ropa de siempre, William. No te creas tan especial —mentí, cruzándome de brazos—. Solo quiero que esta vez nada salga mal. No quiero volver a escuchar en diez años que por mi culpa no llegaste a la absoluta.
William frenó en un semáforo y se giró por completo hacia mí. Su expresión ya no era de broma.
—¿Sigues con eso? Te lo dije mil veces, lo de Alemania fue una rabieta de crío. Yo elegí ir a verte.
—Y me lo echaste en cara durante meses —le recordé, sintiendo que el nudo en el pecho apretaba—. Casi nos destruye. Así que hoy, entras ahí, firmas ese contrato y cierras ese capítulo de una vez. Te lo debes... y me lo debes.
Will estiró la mano, dudando si tocarme el brazo, pero al final la devolvió al volante cuando el semáforo cambió a verde.
—Lo voy a hacer. Pero quiero que sepas que, aunque gane el Mundial, nada de eso brilla tanto como tú hoy con esa gabardina.
—Cállate y conduce, William. Me vas a dar dolor de cabeza antes de llegar.
Al llegar el directivo me analizó de arriba abajo, deteniéndose en mi gabardina de cuero y mi expresión impasible.
—¿Tu representante? —repitió con una ceja levantada.
William me miró de reojo, me apretó suavemente el brazo contra su costado y sonrió con una seguridad que no le veía desde hacía años.
—Exacto. Ella es Natalie, mi representante —soltó William sin pestañear—. Y como comprenderán, no se firma ni un papel, ni se toma una sola decisión sin que ella esté presente y dé el visto bueno.
Me quedé de piedra por dentro, pero por fuera no moví ni un músculo. Me coloqué las gafas de sol sobre la cabeza y le sostuve la mirada al directivo con toda la frialdad de la que fui capaz.