Mi enemigo es el Vecino

Capítulo 5

La práctica de las seis de la mañana fue purificadora. El estudio estaba en silencio, solo roto por el sonido de mis zapatillas contra el suelo y mi respiración acompasada. Me sentía ligera, técnica y en control; el ballet era el único lugar donde William no podía entrar sin permiso. Al salir a mediodía, con los músculos todavía vibrando por el esfuerzo, mi teléfono cobró vida.

​—Dime, William. Espero que sea importante, estoy saliendo de la barra —respondí, secándome el sudor con una toalla.

​—Nat, tienes que venir. Ya hemos terminado la sesión técnica y el seleccionador quiere hablar con "el equipo de representación" antes de la rueda de prensa. Por favor, nena, es el último empujón de hoy.

​Suspiré. Trabajo es trabajo.

​Llegué al estadio nacional todavía con el pelo recogido en un moño tirante y mi ropa de calle, pero caminando con la elegancia innata de una bailarina. En cuanto pisé la banda del campo, las miradas de los jugadores que estiraban en el césped se clavaron en mí. William, que estaba hablando con el técnico, se iluminó al verme y caminó hacia mí con paso firme.

​—Señores, ella es mi manager, Natalie —dijo William en voz alta, presentándome con un orgullo que rozaba la posesión.

​—Un placer —dije, estrechando manos con cortesía profesional.

​De repente, un chico rubio, con una sonrisa de anuncio y los ojos clavados en mis piernas, se acercó rompiendo el círculo. Era Javi, el extremo estrella del equipo y un conocido rompecorazones en la prensa rosa.

​—¿Manager? —soltó Javi, silbando bajito—. William, te has buscado a la representante más guapa de Europa. Si necesitas un cliente nuevo, Natalie, solo tienes que decirme dónde firmo.

​Se acercó demasiado, invadiendo mi espacio personal con ese descaro típico de quien se cree el centro del mundo.

​—Podría hacerte ganar mucho dinero... y lo pasaríamos muy bien en las negociaciones —me soltó al oído con un tono que pretendía ser seductor.

​Sentí a William tensarse a mi lado. Antes de que yo pudiera responder, él dio un paso al frente, poniéndome la mano en el hombro de forma protectora, marcando territorio.

​—Corta el rollo, Javi —le soltó William con voz peligrosa—. Es mi manager. Y es mía. No mezcles las cosas.

​Yo me zafé de su mano con un movimiento seco, recordando el contrato. Miré a Javi con una frialdad que lo dejó helado.

​—Escúchame bien —le dije, mirándolo por encima del hombro—. No tengo el más mínimo interés en representar a otro futbolista, y mucho menos en tus "negociaciones". William es mi trabajo y... algo más que no te incumbe, pero los tipos como tú no entran en mi agenda. Céntrate en el balón, que para eso te pagan.

​Javi se quedó mudo, y el resto del equipo soltó una carcajada. William intentó disimular una sonrisa de triunfo, pero yo le clavé una mirada de advertencia.

​—Y tú, William —le susurré para que solo él me oyera—, la cláusula de "no posesión" te la has saltado olímpicamente. Vamos al despacho, tenemos papeles que revisar.

Subimos a las oficinas del estadio, donde el ambiente era mucho más profesional y frío que en el césped. William y yo nos sentamos frente a los abogados de la federación. Me quité la gabardina, dejándola en el respaldo de la silla, y me puse las gafas de ver para analizar cada cláusula. Corregimos los porcentajes de beneficios por publicidad y aseguramos que él tuviera control total sobre sus redes sociales. William solo asentía, confiando plenamente en mi criterio; se notaba que, aunque seguía siendo el mismo chico impulsivo, respetaba profundamente mi inteligencia.

​Una vez firmado todo, bajamos a la sala de prensa. El lugar estaba abarrotado de cámaras y periodistas ansiosos por conocer al nuevo fichaje estrella. Me quedé a un costado, de pie, con los brazos cruzados y esa expresión impasible que había perfeccionado en el ballet.

​—¡William! —gritó un periodista desde la primera fila—. Se rumorea que esa joven que te acompaña es tu nueva representante. ¿Es cierto?

William se acercó al micrófono con una sonrisa tranquila.

—Sí, es cierto. Ella es Natalie, mi manager oficial.

​Un murmullo recorrió la sala. Un periodista más veterano soltó una risita burlona que me revolvió el estómago.

—¿Una manager? ¿Tan joven y... sin experiencia previa en el fútbol? —preguntó con tono condescendiente—. ¿No crees que un mundo tan rudo como este le queda un poco grande? ¿Qué sabe una chica como ella de negociar contratos millonarios?

​Vi cómo la mandíbula de William se tensaba al instante. Se inclinó hacia el micrófono, perdiendo toda la amabilidad.

​—Sabe más que cualquiera de los que estáis en esta sala —soltó él, con una voz que impuso un silencio absoluto—. Me ha conseguido en una tarde lo que otros no habrían logrado en meses. Es más capaz, más inteligente y tiene más agallas que la mayoría de los hombres que he conocido en este negocio. Así que, si tenéis preguntas sobre mi fútbol, adelante. Pero si vais a juzgar a mi equipo por prejuicios absurdos, podéis iros apagando las luces ahora mismo.

​Me quedé mirándolo desde la sombra, sorprendida por su vehemencia. Por un momento, no fue el futbolista estrella el que habló, sino el chico que siempre había estado dispuesto a pelearse con el mundo por mí.

Al terminar la rueda de prensa, el ambiente seguía cargado. Los periodistas intentaban lanzar preguntas a gritos, pero yo no iba a permitir que el circo continuara. Caminé con paso firme hacia la mesa, con la elegancia que solo años de ballet te dan, y puse mi mano con firmeza sobre su espalda, justo entre los omóplatos, guiándolo hacia la salida como en esas escenas de cine donde la manager toma el control absoluto de la situación.

​—Lo siento, señores, pero el tiempo de entrevista ha terminado. Tenemos una agenda que cumplir —sentencié con una voz clara que no aceptaba réplicas.




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