Mi enemigo es el Vecino

Capítulo 6

​El sol entraba con fuerza por los ventanales de la cocina. Me moví con rapidez, preparando el batido de proteínas exacto que su nutricionista había pautado. William apareció con el pelo revuelto, todavía con cara de sueño, pero con esa sonrisa de lado que siempre intentaba usar para ablandarme.

​—Tómate esto de una vez —le dije, tendiéndole el vaso de metal—. Tu entrenamiento en la sede empieza a las diez en punto, ni un minuto más.

​Él bebió de un trago, haciendo una mueca.

—Está horrible, jefa. ¿No le puedes poner un poco de azúcar?

​—Menos quejas y más disciplina —respondí, agarrando mi bolso—. Tenemos tiempo antes de ir al estadio. Mis zapatillas de ballet ya no aguantan más y necesito el cambio hoy mismo. Así que muévete, me acompañas a la tienda.

​Fuimos a una tienda especializada en el centro. Era un lugar pequeño, con olor a resina y cuero. Mientras yo me probaba varios pares de puntas, analizando el arco y la dureza del alma de la zapatilla, William se sentó en un taburete bajo, observándome en silencio.

​Por un momento, el ruido del fútbol desapareció. Solo éramos nosotros en ese rincón lleno de cintas de seda rosa.

​—A veces olvido que tus pies sufren tanto como mis piernas —soltó él, mirando cómo me vendaba los dedos con maestría.

​—El arte exige más que el deporte, William. Aquí no hay cambios ni tiempo fuera —le contesté, pagando el par nuevo—. Vámonos, son las nueve y media.

​El trayecto al estadio fue rápido. Yo iba revisando su agenda en el móvil mientras él conducía. Al llegar a la sede oficial, el ambiente era eléctrico. William estacionó en su sitio reservado y se quedó mirándome antes de bajar.

​—¿Te quedas hoy a ver el entreno desde la banda? —preguntó, casi como un ruego.

​—Solo un rato. Tengo contratos de publicidad que revisar en el salón VIP —mentí a medias. En realidad, quería vigilar que Javi y los demás no lo distrajeran—. Anda, ve. Tienes veinte minutos para cambiarte y estar en el césped. ¡Corre!

​Él bajó del coche riendo, y yo me quedé un segundo en el asiento, ajustando mi moño. La imagen pública de William estaba impecable, pero ahora me tocaba a mí asegurarme de que su rendimiento estuviera a la altura de su ego.

Me instalé en la zona VIP, con una vista privilegiada del campo. Mientras los chicos corrían abajo, yo abrí mi laptop y empecé a despedazar el contrato de la marca de ropa deportiva. No iba a permitir que usaran la imagen de William por una miseria. Taché párrafos enteros, ajusté las comisiones y me aseguré de que tuviera días libres para su recuperación física.

​Cuando terminé de enviar los correos, me puse los auriculares. No podía quedarme solo con lo que sabía; si iba a ser su manager, tenía que ser la más brillante. Busqué tutoriales avanzados sobre gestión de talento y marketing deportivo. Mientras el video corría, mi mano no paraba de escribir en la agenda, organizando mi estrategia:

​_ Controlar las declaraciones de William después de los partidos; el chico es un impulsivo.

_ Diversificar sus patrocinios, quiero marcas de tecnología y salud, nada de comida basura.

_ Blindar su vida privada; si la prensa rosa se acerca, los hundo.

​El silbato del entrenador retumbó en todo el estadio anunciando el medio tiempo. Bajé a la banda con paso firme. William se acercó a mí, goteando sudor y buscando aire. Le puse la botella de agua en la mano y le tendí la toalla sin que tuviera que pedirla.

​—Estás perdiendo intensidad en el repliegue por la banda izquierda, William. Concéntrate o el técnico te va a sentar en el próximo partidillo —le solté, repasando mis notas.

​Él se echó a reír mientras recuperaba el aliento.

—¿Ahora también eres mi entrenadora, Natalie?

​—Soy la que cuida que no te conviertas en un jugador del montón. Bebe y vuelve ahí dentro, te queda una hora de táctica y quiero verte al cien por cien. ¡Moviéndote!

​Le di un pequeño empujón para que regresara al campo. Mientras él volvía al juego, yo me senté de nuevo, pero esta vez no busqué videos de gestión. Empecé a navegar por foros de fútbol, artículos sobre reglamentos de traspasos y toda la terminología técnica que podía encontrar. Quería entender cada "chéchere" y cada detalle de este deporte. Si alguien intentaba engañarme con un tecnicismo en una reunión, se iba a encontrar con una pared.

El silbato final marcó el cierre de la jornada. Los jugadores empezaron a caminar hacia los vestuarios, agotados, pero el seleccionador se desvió del grupo y caminó directamente hacia donde yo estaba guardando mis cosas.

​—Señorita Natalie —me llamó, extendiéndome la mano con un gesto de respeto que no le había visto el día anterior—. Tengo que reconocerlo. No sé qué le ha dicho a William, pero es la primera vez en meses que lo veo con este nivel de disciplina. No ha protestado ni una vez y su enfoque en el campo ha sido impecable.

​—Es mi trabajo, seleccionador —respondí con una sonrisa profesional mientras le estrechaba la mano—. William solo necesitaba recordar que su talento no sirve de nada sin el orden que yo le impongo.

​—Pues siga así. Si lo mantiene en este carril, nos va a dar grandes alegrías.

​William se acercó a nosotros, todavía secándose la cara con la toalla, y me miró con una mezcla de cansancio y orgullo al ver que el jefe me estaba felicitando.

​—Bueno, jefa, ¿ya podemos irnos? —preguntó él, ansioso por salir de allí.

​—Sí, pero no a casa. Ahora me toca a mí. Tenemos que pasar por la tienda especializada de danza; necesito renovar mis mallas, el tutú de ensayo y la resina para el suelo de la academia. Y ya que tienes tanta energía, tú llevarás las bolsas.

​Llegamos a la boutique de ballet. Era un mundo completamente opuesto al césped del estadio. Mientras yo seleccionaba mallas de microfibra y probaba la textura de un tutú de plato para mis ensayos más técnicos, William caminaba detrás de mí, cargando con todo lo que yo iba descartando.




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