El despertador cortó el silencio a las 5:45 a.m. No me permití ni un segundo de duda; me puse el conjunto deportivo de compresión, me ajusté el moño con fuerza y salí a la cocina. William ya estaba allí, apoyado en la encimera, mirándome con una mezcla de sueño y asombro mientras terminaba de amarrarse las zapatillas.
—Puntual. Me gusta —dije, pasándole una botella de agua—. Vámonos, el asfalto no espera.
Salimos a la calle justo cuando el cielo empezaba a teñirse de un azul violáceo. El aire de la mañana estaba gélido, de ese que te quema los pulmones si no sabes respirar, pero para nosotros era combustible. Empezamos con un trote ligero, pero en cuanto entramos al parque, subí el ritmo.
William corría con esa zancada potente de futbolista, pero yo mantenía una cadencia técnica, ligera y constante, como si mis pies apenas tocaran el suelo. Durante los primeros kilómetros no hablamos; solo se escuchaba el ritmo de nuestras respiraciones sincronizadas.
—Nada mal, Natalie... —jadeó él, intentando emparejarse conmigo—. Tienes pulmones de acero.
—Te lo dije. El ballet es resistencia pura disfrazada de elegancia —le respondí sin perder el aliento—. Ahora, acelera. Quiero trabajar explosividad en esa subida.
Lo obligué a subir la cuesta a máxima potencia. Al llegar a la cima, el sol terminó de romper el horizonte, bañándonos en una luz dorada. Nos detuvimos un momento, jadeando, con el sudor evaporándose de nuestra piel en el aire frío. Verlo ahí, esforzándose a mi lado fuera de los focos del estadio, me recordó por qué siempre fuimos el mejor equipo.
Regresamos a casa a las 7:15. Fuimos directos a la cocina y, tal como acordamos, preparamos los dos batidos de proteínas en silencio. Yo me tomé el mío de un trago, sintiendo cómo mis músculos se recuperaban.
—Mañana de academia terminada —dije, dejando el vaso en el fregadero—. Ahora, dúchate. En una hora sale tu coche oficial y yo tengo práctica de ballet. El día acaba de empezar.
El estudio de ballet era un horno de disciplina. Madame Olga me observaba con su habitual mirada de acero, mientras yo intentaba mantener la cuarta posición con las piernas temblando por la carrera de la mañana.
—¡Natalie! ¡El torso! —gritó Olga, golpeando el suelo—. Pareces una tabla, no el Cisne Blanco. ¿Dónde está la fluidez?
—Mis cuádriceps están cargados, Madame —respondí, jadeando mientras intentaba corregir la postura—. He estado trabajando en la potencia esta mañana. Necesito un segundo para que el músculo estire.
—¡En el escenario no hay segundos, hay espectáculo! —replicó ella, acercándose—. Si quieres ser la prima en el Lago de los Cisnes, tienes que olvidar que tienes cuerpo. Natalie, estás rígida. ¿Es el fútbol lo que te tiene así? Porque si tu cabeza está en los estadios, tus pies nunca volarán aquí.
Apreté los dientes, sintiendo la punzada de orgullo.
—No es el fútbol, es la presión. Pero no se equivoque, Madame: nadie en esta sala desea este papel más que yo. Ponga la música de nuevo.
Repetimos la secuencia del Acto II. Al principio, mis movimientos eran mecánicos, me costaba encontrar el equilibrio en las puntas y estuve a punto de fallar en un arabesque. Sentía el sudor corriéndome por la nuca. Pero entonces, cerré los ojos un segundo, visualicé la disciplina que le exigía a William y la apliqué en mí. El siguiente giro fue perfecto. El siguiente salto, silencioso.
Al terminar, me quedé en una pose final impecable, con los brazos fluyendo como alas. El silencio en el estudio era absoluto. Olga se acercó despacio, me miró de arriba abajo y, por primera vez, bajó su bastón.
—Eso es, Natalie. Eso es ser una profesional de élite —dijo en un susurro que valía más que mil aplausos—. Me has sacado de quicio los primeros treinta minutos, pero lo que acabas de hacer... tienes un potencial que asusta. Eres, sin duda, lo mejor que ha pisado estas tablas en años. Pero no te lo creas, mañana te exigiré el doble. Ahora, lárgate a descansar.
—Gracias, Madame. Mañana estaré aquí a las seis —respondí con una media sonrisa de triunfo.
Llegué a casa con los pies destrozados pero el ego por las nubes. Apenas crucé el umbral, el teléfono vibró con insistencia. Era William.
—Dime, William. Espero que tengas una buena excusa para interrumpir mi momento de gloria —dije, tirando las llaves y dejándome caer en el sofá mientras me desataba las cintas de las zapatillas.
—Nat, deja de celebrar tus saltos un segundo —su voz sonaba eléctrica—. Tienes que abrir el correo de la Federación ahora mismo. El seleccionador acaba de soltar una bomba en el vestuario que va a poner a prueba todo lo que hemos planeado.
—¿De qué hablas? ¿Es sobre la capitanía? —pregunté, sintiendo cómo el cansancio del ballet desaparecía para dar paso a la adrenalina del negocio.
—Es más que eso. Natalie, muévete. Si esto sale bien, cerramos el año en la cima. Pero necesito que tú des el primer paso legal antes de que mi agente anterior intente meter las narices.
—Quédate quieto y no hables con nadie —ordené, abriendo la laptop con rapidez—. Voy a entrar ahora mismo. Como hayas metido la pata, te juro que te mando a entrenar con Madame Olga.
Entré en el portal de la Federación con las manos todavía temblando un poco por el esfuerzo del ensayo. Al abrir el PDF oficial, el encabezado en letras doradas lo decía todo. Me quedé sin aliento.
—William… —susurré, pegando el teléfono a mi oreja—, lo han hecho oficial. Te han nombrado capitán de la Selección para el Mundial.
—¿Lo ves? Te lo dije, Nat —su voz sonaba cargada de una emoción que pocas veces le había escuchado—. ¡Capitán! Después de todo lo que pasamos, de casi quedarme fuera…
—Escúchame bien —le corté, recuperando mi tono de manager implacable—, esto es una victoria, pero también es una diana en tu espalda. Ahora cada movimiento tuyo va a ser analizado por todo el planeta. La prensa va a hurgar en tu pasado más que nunca para ver si eres "digno" del brazalete.