Mi enemigo es el Vecino

Capítulo 8

El coche era un refugio de cristal en medio de la tormenta mediática. Mientras William conducía en silencio, el teléfono en mi regazo empezó a vibrar sin tregua. Notificaciones de Instagram, menciones en X y correos de agencias de publicidad llovían sobre la pantalla.

​—"Propuesta de campaña: 'El reencuentro del Capitán y su Musa'" —leí en voz alta, con la voz empezando a quebrarse—. "Exclusiva: La historia detrás del beso en la playa que paraliza a España".

​Pero entonces, apareció el artículo que me rompió. Un portal de noticias de élite había rescatado la destacada del corazón y la había desgranado foto a foto. El título era devastador: "El amor más fuerte de Natalie: Por qué la mujer de hierro nunca pudo borrar al Capitán". Al ver nuestra foto de adolescentes, abrazados después de mi primer gran recital, con esa mirada de amor puro que ya no volví a tener por nadie más, me desmoroné.

​Las lágrimas empezaron a caer, calientes y pesadas, manchando mi falda de cuadros. Todo el cansancio del ballet, la presión de la capitanía y los años de fingir que no me importaba se me vinieron encima.

​—Natalie... —William susurró mi nombre con una angustia que nunca le había oído.

​Sin decir una palabra más, dio un volantazo suave y aparcó el auto en una calle apartada, bajo la sombra de unos árboles. Apagó el motor y el silencio nos envolvió. Me tapé la cara con las manos, sollozando sin control.

​Él no dudó. Se desabrochó el cinturón, se inclinó hacia mí y me rodeó con sus brazos, pegándome a su pecho. Me aferré a su chaqueta, llorando sobre su hombro como aquella chica de diecisiete años que solo lo quería a él.

​—Ya pasó, Nat. Aquí estoy —murmuró, acariciando mi pelo mientras el mundo afuera seguía gritando nuestros nombres.

​En ese rincón del coche, por unos minutos, no hubo ni manager, ni capitán, ni prensa. Solo estábamos nosotros, intentando recoger los pedazos de la historia que nunca supimos cómo terminar.

William me apretó más fuerte contra él, hundiendo su rostro en mi cuello. Sentí su respiración entrecortada, como si él también estuviera luchando por no romperse.

​—Natalie... —susurró con una voz que vibraba de honestidad—. Tienes razón en que esa destacada es nuestra historia, pero hay algo que nunca te dije. No la borré porque, en todos estos años, no hubo un solo día en que no me arrepintiera de cómo terminamos. Fuiste lo único real que tuve antes de que todo esto me devorara, y me aterra pensar que ahora que estás de vuelta, solo seas mi manager.

​Esa confesión me atravesó más que cualquier artículo de prensa. Estaba a punto de responderle, de decirle que yo también sentía ese vacío, cuando una melodía interrumpió la burbuja. Era una videollamada. En la pantalla aparecía "Mami " y de fondo se veía la silueta iluminada de la Torre Eiffel.

​—¡Natalie! ¡William! —exclamó mi madre en cuanto acepté, con los ojos muy abiertos y un periódico digital en la mano—. ¿Es verdad lo que dicen? ¡Estamos aquí en París y toda la prensa francesa está hablando de la "pareja de oro"! ¿Han vuelto? ¡Díganme que sí!

​Me tapé la boca, tratando de contener un nuevo sollozo, pero el llanto me ganó. No podía articular palabra. William, al verme así, me quitó suavemente el teléfono de las manos y miró a la cámara con una calma forzada pero protectora.

​—Hola, suegra... digo, María. Escuche —dijo con firmeza—, no haga caso a lo que ve. No hemos vuelto, de verdad. Solo es la prensa inventando historias porque me han nombrado capitán y Natalie es mi representante. Todo el ruido que ven es solo eso, ruido. Natalie está bien, solo está un poco cansada por el estrés de hoy. Por favor, disfruten de su viaje a París, no se preocupen por nosotros. Estamos bajo control.

​—Pero William, esas fotos... —insistió ella, mirando con duda.

​—Son del pasado, ya lo sabe. Disfruten de Francia, les enviamos un beso enorme —cortó él con carisma, despidiéndose antes de colgar.

​Dejó el teléfono a un lado y volvió a mirarme. El silencio en el coche volvió a ser absoluto, pero la confesión de William seguía flotando en el aire, pesando más que cualquier llamada desde París.

William me miró a los ojos, todavía con las manos en mis mejillas, y supe que ambos necesitábamos lo mismo: escapar.

​—Olvídate de la prensa, del brazalete y de los cisnes por un momento, Natalie —me dijo con voz suave—. Vamos a un sitio donde solo estemos nosotros. Sin teléfonos, sin pasado, solo el presente.

​Él condujo hacia las afueras, lejos de los flashes, hasta llegar a una pequeña cabaña escondida cerca de un lago que solíamos visitar cuando no éramos nadie. Allí, el aire olía a pino y el único sonido era el de la brisa. Sacamos unas copas y abrimos una botella de vino que William guardaba en el maletero "para emergencias".

​Bebimos y reímos, recordando anécdotas tontas que no tenían nada que ver con el éxito, sino con lo que somos detrás de las cámaras. Por unas horas, el peso del mundo desapareció. No había manager ni capitán; solo éramos dos personas refugiándose el uno en el otro.

​Cuando el sol empezó a caer y la botella se vació, regresamos a casa en un silencio cómodo, con el corazón más ligero. Al entrar al apartamento, la paz nos envolvía, listos para enfrentar lo que viniera mañana, pero sabiendo que nuestro refugio seguía intacto.

El silencio en el apartamento era ensordecedor, pero gritaba todo lo que nos habíamos callado en la cabaña. Nos quedamos de pie en medio del salón, con las luces a media potencia. William me miraba con una intensidad que me quemaba la piel, una mezcla de esa devoción antigua y un deseo salvaje que ya no podíamos reprimir.

​—Natalie... —susurró, pero su voz se rompió.

​No hubo necesidad de palabras. Di un paso hacia él y, en un segundo, sus manos estaban en mi cintura, atrayéndome con una fuerza que me dejó sin aliento. Nos besamos con la desesperación de quien ha estado sediento por años. Fue un beso profundo, cargado de la lujuria que habíamos intentado disfrazar de "profesionalismo". Sus manos, grandes y firmes, subieron por mi espalda mientras mis dedos se enredaban en su pelo, tirando de él para pegarlo más a mí.




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