Aparecieron en mi puerta temprano. Los tres nos pusimos la ropa de deporte y salimos a correr por el parque, sintiendo el aire fresco de Madrid en la cara. Al volver, William y yo preparamos nuestros batidos de proteínas en silencio, compartiendo una complicidad que me asustaba.
Pero el día no daba tregua. Era el gran día: el recital de El Lago de los Cisnes.
William tuvo que irse a su entrenamiento con el equipo, pero me prometió que llegaría a tiempo. Yo me fui directa al teatro. El ambiente detrás de bambalinas era eléctrico; el olor a laca, el roce de los tutús y los nervios a flor de piel. Ethan estaba allí conmigo, correteando entre las cortinas y mirándome fascinada mientras me terminaban de ajustar el tocado de plumas negras.
—Estás increíble, Nat. Vas a ser la mejor —me susurró dándome un beso en la mejilla.
Cuando las luces de la sala empezaron a atenuarse y el murmullo del público se apagó, Ethan salió de los camerinos guiado por un asistente para sentarse en las primeras filas. Desde el lateral del escenario, respiré hondo. Sabía que él estaba allí, y esperaba, con el corazón en un puño, que William también hubiera logrado ocupar su asiento.
El telón se elevó y el silencio del teatro se volvió sagrado. Empecé mi función con una seguridad que no sabía que tenía; mis pies encontraban su lugar en el escenario con una precisión matemática. Al sonar los primeros acordes de Tchaikovsky, dejé de ser Natalie para convertirme en Odile, el Cisne Negro.
Cada port de bras era una mezcla de seducción y veneno. Mis brazos fluían como alas oscuras, elegantes pero cargadas de una intención fría. Realicé la serie de fouettés con una fuerza arrolladora, girando sobre mi eje mientras el mundo exterior desaparecía. Pero, justo a la mitad de la pieza, mientras ejecutaba un développé lento y controlado, mis ojos recorrieron la platea.
Allí estaba él.
William entró por el lateral, moviéndose con sigilo para no interrumpir, y se sentó justo al lado de Ethan. Vi cómo mi hermano le daba un toquecito en el brazo, emocionado, y cómo Will fijaba su mirada en mí con una mezcla de orgullo y fascinación que me dio un impulso eléctrico. Con ellos dos allí, mi danza se elevó. Mis saltos eran más altos, mis puntas más firmes; cada movimiento contaba la historia de una lucha interna que yo conocía demasiado bien. El acto final fue una explosión de técnica y dramatismo, terminando en una pose final que dejó el teatro en un suspenso absoluto antes de que estallaran los aplausos.
La primera en ponerse en pie, para sorpresa de todos, fue Madame Olga. Sus manos, habitualmente cruzadas sobre su bastón, golpeaban con fuerza, y por primera vez vi una chispa de emoción genuina en sus ojos de hielo.
Cuando bajé del escenario, con el corazón todavía galopando y el sudor enfriándose en mi piel, Ethan y William entraron al camerino como un torbellino.
—¡Nat! ¡Ha sido flipante! ¡Has volado, te lo juro! —gritó Ethan saltando a mi alrededor con su acento madrileño a tope.
—Has estado increíble, Natalie. De verdad, no tengo palabras —añadió William, acercándose lo suficiente para que sintiera el calor de su presencia, con esa voz ronca que me ponía los pelos de punta.
En ese momento, Madame Olga entró y se hizo el silencio. Me miró fijamente, me tomó de los hombros con sus manos firmes y, por primera vez, dejó caer su máscara de hierro.
—Natalie, mija... tanto esfuerzo ha valido la pena —me dijo con una voz suave pero potente—. Ese Cisne Negro ha sido perfecto. Ha sido, sin duda, una de las mejores interpretaciones que he visto en toda mi carrera. Has dejado el alma en ese tablado.
Me quedé sin aliento. Escuchar eso de Olga, con William y Ethan a mi lado, era el mayor triunfo de mi vida.
Salí del teatro todavía con el tutú negro, el maquillaje dramático marcando mis facciones y el tocado de plumas, pero me había calzado mis botas chocolates para poder caminar. Apenas pusimos un pie en la calle, el resplandor de los flashes nos cegó. Era un muro de periodistas.
William, reaccionando por puro instinto, cargó a Ethan en sus brazos para protegerlo del gentío. Pero esta vez, el tono de la prensa había cambiado.
—¡Natalie! ¡Por favor, un segundo! —gritó una reportera con admiración—. ¡Hemos visto los clips de la función! ¡Ha sido una absoluta locura, increíble!
—¡Natalie, de verdad que te subestimamos! —gritó otro desde el fondo—. Pensábamos que solo eras la manager del Capitán, pero eres una artista de pies a cabeza. ¡Ese Cisne Negro ha sido lo mejor que ha visto Madrid en años!
Me quedé helada. Por primera vez, no me preguntaban por los contratos de William, sino por mi talento. Pero la tregua duró poco antes de que volvieran a lo de siempre.
—¡Hacen una pareja de ensueño! ¡Mírenlos con el niño! —exclamó una periodista, enfocando a William que sostenía a Ethan con una sonrisa de orgullo—. ¡Esperamos que esa relación llegue pronto al matrimonio! ¡Tienen que casarse, son la familia perfecta de España!
—¡Eso, que suene la boda! —corearon otros.
William me miró por encima de la cabeza de mi hermano, con esos ojos oscuros brillando bajo las luces de las cámaras, y no desmintió nada. Solo me rodeó con el brazo libre, pegándome a él mientras caminábamos hacia el coche.
—Dejad que la estrella descanse, que hoy ha conquistado el escenario —soltó Will con su acento madrileño, dándome un apretón posesivo en la cintura.
Subimos al auto con el corazón a mil. El eco de la palabra "matrimonio" resonaba en mis oídos mientras me quitaba las plumas del pelo, preguntándome en qué momento mi vida profesional se había convertido en el cuento de hadas que todo el país quería ver.
El coche estaba inmerso en un silencio denso mientras nos alejábamos del bullicio del teatro. William conducía con una mano, mientras con la otra buscaba la mía sobre el asiento. Ethan se había quedado profundamente dormido en la parte de atrás, agotado por las emociones del día.