Mi enemigo es el Vecino

Capítulo 10

William se desplomó. El gran capitán, el hombre que parecía inquebrantable ante estadios llenos, cayó de rodillas sobre el pavimento frío del parque. Se cubrió la cara con las manos un segundo, y cuando me miró, sus ojos estaban inyectados en sangre, desbordando una desesperación que me cortó el aliento.

​—¡Tienes razón, Natalie! ¡Tienes toda la maldita razón y me odio cada segundo por eso! —exclamó, con su acento madrileño roto por el llanto—. No hubo accidentes, no hubo excusas... fui un imbécil, un egoísta que solo pensaba en su propia gloria.

​Sentí un vacío en el estómago. Verlo así, humillado por su propio remordimiento, era algo que nunca imaginé.

​—Pero te juro por mi vida que no puedo vivir sin ti, Nat. No puedo —continuó, aferrándose a mis manos como si fueran su único salvavidas—. Cada vez que te miro, cada vez que te siento cerca y sé que te hice tanto daño, es una tortura que no me deja respirar. Te amo. No he dejado de amarte ni un solo día de estos cinco años y no voy a dejar de hacerlo nunca.

​El corazón me latía con tanta fuerza que me dolían los oídos. La rabia que me había consumido minutos antes empezó a mezclarse con una compasión traicionera. Yo todavía lo amaba, ese era mi mayor pecado.

​—William, por favor, levántate —le rogué, tirando de sus hombros con desesperación—. No hagas esto aquí, te lo pido, levántate.

​—No me voy a levantar hasta que sepas que estoy dispuesto a todo por recuperarte —insistió, apretando mis manos con fuerza.

​Me quedé mirándolo, sintiendo cómo el frío de la noche nos envolvía. Suspiré, soltando parte de ese peso que me había impedido bailar durante tanto tiempo. No era un perdón total, las heridas no cierran con una confesión en un parque, pero era la primera vez que sentía que él realmente veía mi dolor.

​—Está bien, Will... está bien —susurré finalmente, ayudándole a ponerse en pie con las piernas temblorosas—. Te voy a perdonar, pero escúchame bien: esto no significa que las cosas vuelvan a ser como antes.

​Él me miró con una chispa de esperanza, pero yo le sostuve la mirada con firmeza.

​—Me has hecho mucho daño y todavía me duele cada recuerdo. Necesito tiempo, William. Mucho tiempo. Necesito sanar por mi cuenta y aprender a confiar en ti otra vez, y eso no va a pasar hoy ni mañana. Dame tiempo.

​Él asintió frenéticamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, como un niño que acaba de encontrar el camino a casa.

​—El que necesites, Nat. El que necesites —respondió con voz ronca.

Caminamos de regreso al edificio en un silencio mucho más ligero, aunque mis piernas todavía se sentían como gelatina. Al entrar al apartamento de mi madre, el reloj marcaba las doce de la noche. María y Chloe seguían allí, sentadas en el sofá con el televisor encendido en volumen bajo, pero saltaron como resortes en cuanto nos vieron cruzar el umbral.

​—¡Por fin! —exclamó mi mamá, escaneándonos de arriba abajo—. ¡Nos tenían con el corazón en la mano! ¿Y bien? ¿Ya se arreglaron?

​Miré a William. Él me sostuvo la mirada y asintió levemente, dándome el espacio para que yo fuera la que pusiera las cartas sobre la mesa.

​—Mamá, Chloe... —empecé, aclarándome la garganta—. Hemos hablado. Hemos sacado todo lo que teníamos guardado, pero quiero que quede claro: por ahora, vamos a quedar como solo amigos.

​—¿Solo amigos? —repitió Chloe, con un deje de decepción en su acento francés.

​—Sí —intervino William, con firmeza en su voz madrileña—. Ambos necesitamos sanar. Natalie necesita su espacio y yo necesito demostrarle que puedo ser el hombre que ella merece. Cuando ella esté lista, y solo cuando ella lo esté, afrontaremos el siguiente paso. No hay prisas.

​Mi madre suspiró, pero esta vez con alivio. Se acercó y me dio un beso en la frente.

—Bueno, mija, si eso es lo que necesitan para estar en paz, yo lo respeto. Al menos ya no se están matando con la mirada.

​—Eso sí —añadí, recuperando mi tono de manager—, ahora todos a dormir. Porque con la suerte que tenemos, mañana a primera hora habrá un titular con fotos nuestras hablando en el parque, y tenemos que estar listos para lidiar con la prensa. William, vete a tu casa a descansar. Mañana será un día largo.

​William me dedicó una última mirada cargada de ternura antes de salir por la puerta hacia el apartamento de al lado. Por fin, después de cinco años, sentía que podía cerrar los ojos y descansar de verdad.

𓂃 ོ𓂃𓂃 ོ𓂃

Apenas el sol empezó a entrar por la ventana de mi habitación, el móvil vibró como si fuera a estallar. Eran las siete de la mañana. Al desbloquearlo, el corazón se me cayó a los pies. Ya no era TikTok; ahora eran los portales de noticias más importantes de España.

​—¡Joder, Natalie! ¡Mira esto! —gritó William desde el pasillo, entrando a mi apartamento sin llamar (típico de él).

​En la pantalla de su teléfono, una foto en alta resolución nos mostraba en el parque. Él estaba de rodillas, con el rostro desencajado, y yo lo sostenía por los hombros. El titular de un medio de cotilleo muy cizañoso decía:

"¿El fin del cuento de hadas? El Capitán de rodillas: captamos la dramática súplica de William ante Natalie. ¿Perdón o despedida?"

​Otro portal, más sensacionalista, iba más allá:

"¡Escándalo en el parque! El perdón más amargo de la pareja perfecta. ¿Qué pecado oculta William para humillarse de tal forma ante su mánager?"

​—¡Ave María! —exclamó mi madre, apareciendo en la cocina con el pelo revuelto—. ¡Pero si parece que los estaban grabando con un satélite! ¡Miren lo que dicen aquí: que si tú le estás cobrando una infidelidad del pasado!

​Me pasé las manos por la cara, sintiendo el agobio de nuevo. Los comentarios en redes no ayudaban: "Ella se ve muy dura con él", "Pobre Will, ¿qué le habrá hecho esa mujer para tenerlo así?", o el peor: "Seguro es marketing para tapar algo más gordo".




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