7 años atrás
La nieve caía suave sobre el vecindario, cubriendo los tejados con una manta blanca que brillaba bajo las luces de colores. Teníamos diecisiete años y el mundo parecía caber en el espacio que había entre nuestras manos entrelazadas.
Esa noche, me escapé de casa después de una reunión familiar eterna. William me esperaba en nuestro lugar secreto: el viejo banco del parque que quedaba justo a mitad de camino entre nuestras casas. Llevaba su chaqueta de deporte y una bufanda roja que yo le había tejido (bastante mal, por cierto).
—Pensé que no vendrías, Natalie —dijo, y su aliento formó una pequeña nube de vapor en el aire gélido.
—Nada me detendría hoy —respondí, sentándome a su lado.
William sacó una pequeña caja del bolsillo de su abrigo. No era un contrato millonario, ni un reloj de lujo; era algo mucho más valioso.
—Sé que tu sueño es la Academia de Élite y que el mío es llegar a primera —murmuró, mirándome a los ojos con una ternura que hoy todavía me quita el aliento—. Pero quiero que, pase lo que pase, este sea nuestro año.
Abrió la caja. Dentro había una cinta de seda blanca para mis puntas de ballet y un pequeño llavero con un balón de fútbol. "Juntos al éxito", decía el grabado.
—Te amo, Natalie. No importa lo alto que volemos, siempre serás mi hogar —me susurró antes de besarme bajo la nieve.
Fue un beso que sabía a chocolate caliente y a promesas eternas. En ese momento, no éramos el "Capitán" y la "Manager"; éramos simplemente dos chicos con el corazón lleno de sueños, convencidos de que nuestro amor sería suficiente para conquistar el mundo.
Caminamos hacia la pista de hielo natural que se formaba en el lago del parque. No había nadie, solo el eco de nuestras risas y el crujido de la nieve bajo las botas. William me tomó de la cintura y empezó a intentar patinar, aunque él era mucho más hábil en el césped que en el hielo.
—¡Cuidado, William! Si te lesionas ahora, el seleccionador juvenil me va a matar a mí —le dije entre risas, sosteniéndolo de los brazos.
—Valdría la pena solo por verte bailar aquí —respondió él, recuperando el equilibrio y pegándome a su pecho—. Natalie, prométeme algo.
Me quedé quieta, mirando cómo los copos de nieve se enredaban en sus pestañas.
—Lo que quieras.
—Prométeme que, aunque el mundo se vuelva loco y lleguemos a donde queremos, nunca olvidaremos esta noche. Ni el frío, ni este banco, ni cómo nos sentimos ahora mismo. Prométeme que siempre seremos nosotros contra quien sea.
Yo apoyé la cabeza en su hombro, aspirando el olor de su perfume mezclado con el aire puro del invierno.
—Te lo prometo, William. Seremos imparables.
Nos quedamos allí abrazados un largo rato, viendo las luces de Navidad de las casas vecinas reflejarse en el hielo. En ese entonces, el éxito era solo una idea lejana, y nuestro amor era lo único sólido que teníamos. No sabíamos que siete años después estaríamos en una sala de prensa negando lo que esa noche juramos que sería eterno.
Pero ahí, a los diecisiete, el futuro no daba miedo. William sacó un termo con chocolate que había robado de su cocina y compartimos el calor, soñando despiertos con estadios llenos y escenarios de ópera, sin imaginar que terminaríamos conquistándolos juntos, pero de una forma tan distinta.
Después de estar en el lago, el frío empezó a calarnos los huesos, así que corrimos de regreso a su casa entre risas. Al llegar, el porche estaba cubierto por una capa de nieve virgen que parecía pedir a gritos que la pisáramos.
—¡Cuidado, Natalie! —exclamó William, pero antes de que pudiera reaccionar, me lanzó una bola de nieve pequeña que impactó justo en mi hombro.
—¿Ah, sí? ¿Guerra quieres, Capitán? —le solté, agachándome para recoger un puñado de nieve.
Nos olvidamos de la elegancia y de la disciplina por un momento. Empezamos a perseguirnos por todo el jardín, tropezando y cayendo sobre la nieve blanca. William me atrapó por la cintura y ambos terminamos rodando por el suelo, riendo a carcajadas hasta que nos quedamos sin aliento, mirando al cielo gris desde el césped congelado. Sus manos, rojas por el frío, buscaron las mías para calentarlas.
—Vale, me rindo —dijo él, dándome un beso rápido y helado en la punta de la nariz—. Entremos antes de que nos convirtamos en estatuas de hielo.
Ya dentro de la casa, el olor a pino y a canela nos envolvió. William se encargó de encender la chimenea mientras yo preparaba una cena improvisada pero deliciosa: pasta con mucho queso y un par de copas de vino que le habíamos "robado" a la reserva de su padre. Cenamos sentados en la alfombra, frente al fuego, compartiendo el mismo plato como si no necesitáramos nada más en el mundo.
La luz de las llamas bailaba en su rostro, y por un momento, el silencio fue lo más tierno que habíamos compartido. No había contratos, ni prensa, ni metas; solo éramos dos chicos cenando en el suelo, refugiados del invierno en nuestro propio refugio.
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Feliz navidad chicos cada vez estamos más cerca del anhelado por mi 12 de enero!
Quería darles este regalo y les voy a lanzar el capítulo dos por sorpresa!