Mi enemigo es el Vecino

Capítulo 11

​El silencio tras el podcast me pesaba más que las palabras de William. Me quedé sola en el estudio, tratando de recuperar la compostura mientras el eco de ese "tienes miedo de volver a quererme" me martilleaba las sienes. Recogí mis cosas y me dirigí a casa con el corazón en un puño.

​A la mañana siguiente, el mundo real me golpeó con su oscuridad. Mientras William brillaba en su entrenamiento, yo me hundía en el mío. La academia de ballet era un refugio hostil; ya no practicábamos El lago de los cisnes, sino una pieza nueva que exigía una perfección inhumana. Entre las sesiones de William, las entrevistas y mis propios ensayos sin descanso, mis pies finalmente cobraron la factura.

​El dolor era un incendio constante.

​—Natalie, detente. Te sale perfecto —dijo mi entrenadora, observándome desde el centro de la sala.

​—Nada es perfecto —respondí con la respiración entrecortada, dispuesta a repetir la secuencia.

​—No —me frenó ella, acercándose con la mirada fija en mis pies—. Natalie, te están sangrando las puntillas.

​Miré hacia abajo. El rosa satinado se estaba tiñendo de un rojo vivo y oscuro. El sudor me bajaba por la nuca.

​—Es normal —mentí, restándole importancia—. Ya ha pasado dos veces esta semana. Estaré bien.

​Mi entrenadora me agarró del brazo, obligándome a parar. Su rostro no admitía réplicas.

​—No está bien. Quítate eso ahora mismo y ve al médico. Tómate el día de mañana también.

​—No necesito un día libre, puedo seguir...

​—No es una petición, Natalie. Es una orden. Fuera de aquí.

​Salí de la academia arrastrando los pies dentro de mis botas, cada paso era una punzada directa al cerebro. Ya en la clínica, le escribí a William para saber cómo iba su entrenamiento.

"Ya acabé" —respondió él de inmediato.

"No podré ir a la entrevista. Estoy en el médico".

​El teléfono ardió en mis manos. William se alteró al instante: "¿Qué te pasó? ¿Por qué estás ahí?". No le respondí a sus preguntas, solo le puse: "Ve a casa a descansar".

"¿En qué hospital estás?" —insistió él, pero yo ya estaba al límite de mi paciencia.

"Ni se te ocurra llegar allá" —sentencié antes de colgarle.

​Me quedé en la sala de espera, con la cabeza apoyada en la pared. No pasaron ni treinta minutos cuando la puerta principal se abrió de golpe. Allí estaba él, ignorando mis advertencias, con la mirada buscándome desesperadamente entre la gente. Me encontró. Y por su cara, supe que no se iba a ir sin respuestas.

William se plantó frente a mí en la sala de espera, con la respiración agitada y esa mirada cargada de reproche.

​—¿Qué haces aquí, Natalie? —me soltó en un susurro tenso, sentándose a mi lado—. Te he dicho que me dijeras dónde estabas, joder. Qué manía tienes de ocultarme las cosas.

​—Te dije que no vinieras, William. No es asunto tuyo —respondí entre dientes, manteniendo mi tono aunque por dentro me estuviera muriendo del dolor.

​—¡Natalie Jannet Sánchez Díaz! —llamó el enfermero desde la puerta.

​Me levanté como pude, apretando los dientes para no flaquear. William se pegó a mi costado como una sombra y entramos al despacho. El doctor nos miró por encima de sus gafas.

​—¿Su acompañante? —preguntó.

​—Soy su pareja —soltó William con una seguridad que me dejó helada.

​—A ver, Natalie, cuéntame. ¿Qué te trae por aquí? —preguntó el médico mientras se preparaba para revisarme.

​—Soy bailarina —empecé a decir, tratando de que no me temblara la voz—. Hace unas semanas mis pies empezaron a sangrar dentro de las puntillas. Al principio era poco, pero hoy en el entrenamiento ha sido... demasiado. Me han obligado a venir.

​El doctor suspiró y me pidió que me quitara las botas. Cuando las gasas ensangrentadas quedaron a la vista, el silencio en la sala se volvió sepulcral. Vi de reojo cómo la mandíbula de William se tensaba tanto que pareció que iba a romperse; sus ojos pasaban de mis pies a mi cara con una mezcla de rabia y dolor.

​—Tienes laceraciones profundas en los lechos ungueales y una inflamación severa por estrés mecánico —sentenció el médico tras examinarme—. Tus pies han dicho basta. Si sigues así, la infección podría llegar al hueso. Es un diagnóstico serio, Natalie.

​—¿Podré bailar? —fue lo único que me importó preguntar.

​—Podrás, no es el fin de tu carrera. Pero necesitas reposo absoluto. Nada de puntillas, nada de academia. Te vas a tomar, al menos, cinco días de descanso total. Si en cinco días las heridas han cerrado bien, podrás volver. Si no, ni hablar.

​—¿Cinco días? —exclamé horrorizada—. ¡No puedo perder cinco días de ensayo!

​—Se los va a tomar, doctor. Vamos que si se los toma —sentenció William, poniéndose de pie con esa autoridad suya tan española—. Yo mismo me encargo de que no apoye un pie en el suelo si es necesario. Descuide usted.

​Salimos del consultorio y William no me soltaba el brazo, guiándome con firmeza hacia la salida.

​—Cinco días, mánager. Ni un minuto menos —me soltó al oído mientras salíamos al aire fresco de la calle—. Y como te vea intentar un solo paso de baile en casa, te ato a la cama. Te lo digo en serio, Natalie.

El trayecto a casa fue una guerra de silencios interrumpida por la furia de William. Él conducía con las manos apretadas al volante, como si quisiera triturarlo.

​—¿Por qué me lo ocultas, Natalie? —soltó de repente, sin quitar la vista de la carretera—. ¿Por qué no me habías dicho nada? Joder, que te he visto sufrir hoy y me he quedado de piedra.

​—¡Porque no quería que me fastidiaras con esto! —le espeté, cruzándome de brazos—. Estoy bien, William. No es para tanto.

​—¡No estás bien! —gritó él, golpeando el volante—. ¡Tus pies estaban sangrando literalmente, tía! ¡Sangrando! No te exijas tanto, que no eres una máquina.

​—¡Lo haré porque tú haces lo mismo! —le devolví el grito, girándome hacia él—. Te dejas la piel en cada entrenamiento, pues yo también lo voy a hacer. ¿O qué te crees?




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