Al llegar al edificio, el cuerpo ya me pedía a gritos un sofá y un poco de paz, pero el destino tenía otros planes. Justo cuando William me ayudaba a salir del coche —manteniendo esa vigilancia extrema sobre cada uno de mis pasos—, una niñita que vive en el tercer piso se quedó petrificada en la entrada.
Sus ojos se abrieron como platos al verme.
—¿Eres tú? ¿Eres Natalie Jannet Sánchez, la bailarina? —preguntó con una vocecita llena de asombro.
Me detuve, tratando de disimular la mueca de dolor, y le dediqué una sonrisa suave.
—La misma —respondí, intentando quitarle importancia al asunto.
—¡Es que eres la bailarina más bonita y fuerte de toda España! Mi mamá dice que eres increíble en el escenario —soltó la pequeña, emocionada, sin dejar de mirarme de arriba abajo.
—Bueno, bueno, no exageres tanto, pequeña —le dije con mi acento colombiano, soltando una risita—. Solo hago lo que me gusta, nada más.
—¿Podemos hacernos una foto? Por favor, ¡nadie me va a creer!
Miré a William, que estaba cargado con mi mochila, las bolsas de la tienda y su propio equipo. Él soltó un suspiro dramático pero divertido, dejó las cosas en el suelo y sacó mi teléfono nuevo.
—Venga, Natalie, que la tienes encandilada —dijo él con ese tono madrileño tan suyo—. Ponte ahí, que yo os tomo la foto.
Me incliné un poco hacia la niña, que posó con una sonrisa de oreja a oreja mientras William capturaba el momento. En cuanto él le devolvió el gesto de "listo", la niña agarró la mano de su madre, que venía llegando, y salió corriendo escaleras arriba.
—¡Mamá, mamá! ¡Tengo una foto con Natalie Sánchez! ¡Es de verdad! —gritaba mientras desaparecía por el pasillo.
William recogió las bolsas de nuevo y me miró con una ceja levantada, burlón.
—Vaya, vaya... "La bailarina más bonita de España", ¿eh? —me pinchó, empezando a caminar hacia el ascensor—. Menudo ego vas a tener para cenar esta noche, mánager.
—Cállate, William. Que los niños siempre dicen la verdad —le respondí, aunque no podía ocultar que aquel encuentro me había subido un poco el ánimo después del desastre con mi padre.
Entramos al ascensor y el silencio se sintió distinto, menos tenso. William me miraba de reojo mientras las puertas se cerraban, reflejándonos en el metal pulido: él, cargado hasta los topes, y yo, tratando de mantener la compostura a pesar del cansancio.
—¿Sabes qué es lo peor? —soltó él, rompiendo el silencio con esa sonrisita de lado—. Que la niña tiene razón. Tienes una fila de fans esperando y tú aquí, aguantándome a mí como mánager.
—No te equivoques, William —le respondí, apoyándome en la pared del ascensor—. Aguantarte a ti es el verdadero entrenamiento de alto rendimiento. El ballet era un paseo por el parque comparado con tus berrinches de estrella.
Él soltó una carcajada que retumbó en el pequeño espacio.
—Ya, ya. Admite que te encanta tener el control de mi agenda.
Llegamos al piso y, al salir, el peso de todo lo ocurrido hoy volvió a caer sobre mis hombros. La adrenalina de la pequeña fan se estaba esfumando, dejando solo el eco de la discusión con mi padre. William lo notó al instante; su faceta burlona desapareció para dar paso a esa protección silenciosa que tanto me confundía.
—Oye, Nat —dijo, deteniéndose frente a mi puerta mientras dejaba las bolsas en el suelo—. Olvida lo que dijo el viejo. Mañana volvemos a la carga. Eres la mánager, tú mandas, ¿recuerdas?
Lo miré a los ojos, agradeciendo internamente que no intentara ser demasiado sentimental, porque si lo hacía, me iba a desmoronar.
—Lo sé. Solo... prepárate, porque mañana a las siete te quiero listo para el entrenamiento. Si yo sufro, tú sufres —sentencié, sacando las llaves.
—Qué mandona eres, Sánchez —murmuró él, pero se quedó ahí parado hasta que escuchó el "clic" de mi cerradura, asegurándose de que estaba a salvo.
Sentada en esa silla a pie de campo, el olor a césped recién cortado me llenaba los pulmones. Era un mundo tan distinto al de las tablas del escenario y el olor a resina, pero estar aquí, viendo a William correr, me hacía sentir que todavía formaba parte de algo grande.
William estaba en mitad de un ejercicio de velocidad. Su acento madrileño se escuchaba de vez en cuando dando instrucciones a sus compañeros, pero, tal como prometió, cada vez que pasaba cerca de mi posición, su mirada buscaba la mía.
—¡Céntrate en el balón, William! —le grité desde mi "trono", levantando la tablet—. ¡Que te veo distraído!
Él frenó en seco, se secó el sudor de la frente con la camiseta —dejando a la vista sus abdominales, algo que ignoré deliberadamente— y me lanzó una sonrisa desafiante.
—¡Es que mi mánager me mete mucha presión! —respondió a gritos, riendo.
De repente, vi que el entrenador se acercaba a él para hablar de la estrategia del próximo partido. Yo aproveché para revisar los correos en la tablet; había marcas de ropa deportiva interesadas en él, pero también un mensaje de mi fisioterapeuta que me puso un poco nerviosa. Mañana era el día 5, el último de reposo total, y la prueba de fuego para mis pies.
Sentí una sombra proyectarse sobre mí. Era William, que había aprovechado un descanso para venir a hidratarse.
—¿Qué cara es esa, Natalie? —preguntó, sentándose en el suelo, justo al lado de mis pies vendados, para no obligarme a bajar la mirada—. Estás en modo "jefa seria".
—Es el fisio, William. Mañana sabremos si podré volver a ensayar pronto o si esto va para largo —admití en voz baja, dejando que mi acento colombiano saliera más marcado por la preocupación.
Él dejó la botella de agua a un lado y, con una delicadeza que nadie esperaría de un tipo de su tamaño, puso una mano sobre mi rodilla.
—Vas a volver, Natalie. Y mientras tanto, este estadio es tu oficina. No dejes que la cabeza te juegue una mala pasada ahora que estamos ganando la liga de la convivencia, ¿vale?