Mi enemigo está en mi oficina.

Capítulo 1: El color de la guerra

Sebalta se miró en el espejo de cuerpo entero del vestíbulo antes de entrar al ascensor. El traje verde esmeralda se ajustaba a su cuerpo con una precisión quirúrgica; la tela era de una calidad que gritaba éxito. Para ella, la moda corporativa no era una vanidad, era una declaración de intenciones. Aquel color no era casual: era el color de la envidia de los demás y de su propia esperanza de ascenso. Se ajustó la coleta alta, asegurándose de que ni un solo cabello rubio quedara fuera de su sitio. Sus ojos marrones, intensos y analíticos, brillaron con una determinación casi peligrosa.
Amaba Aurora Global. Amaba el sonido de los teclados a primera hora, el brillo del cristal de las salas de juntas y la sensación de control que le daba cerrar un trato multimillonario. Había sacrificado fines de semana, relaciones y horas de sueño por esa empresa. El puesto de Directora Regional no era un objetivo; era su derecho por conquista.
—Piso 42 —murmuró, como si le diera una orden al destino.
Cuando las puertas se abrieron, el silencio de la mañana fue interrumpido por el eco de sus tacones sobre el mármol. Pero el silencio no duró mucho. Al llegar a la zona de descanso, lo vio.
Lelekin estaba allí, apoyado contra la encimera con una indolencia que a Sebalta le resultaba insultante. Su cabello negro, denso y ligeramente rebelde, caía sobre sus cejas, dándole un aire de poeta maldito que no encajaba con el entorno financiero. Pero eran sus ojos los que más odiaba: negros, profundos, como si estuvieran perpetuamente burlándose de algo que solo él comprendía.
—Vaya, el Grinch ha llegado temprano —soltó Lelekin sin siquiera mirarla, concentrado en el vapor que salía de su taza.
Sebalta se detuvo a dos metros de él, dejando que su aura de superioridad llenara el hueco.
—Es verde esmeralda, Lelekin. Un color que simboliza el crecimiento y la estabilidad. Conceptos que tu cerebro, centrado en el caos y las apuestas de riesgo, claramente no puede procesar —replicó ella, su voz era como un hilo de seda que ocultaba un alambre de espino.
Él se giró lentamente. La recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la caída de la chaqueta verde sobre sus caderas y luego subiendo hasta encontrarse con sus ojos marrones. No era una mirada de admiración, era una inspección de combate.
—Te has puesto el uniforme de gala para la ejecución, ¿verdad? —Lelekin dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad—. He leído tu memorándum sobre la reestructuración de la deuda. Es aburrido, Sebalta. Es el trabajo de una contable asustada, no de una líder. Si el consejo sigue tus pasos, nos convertiremos en una pieza de museo en dos años.
—Y si siguen tus "visiones", estaremos en bancarrota antes de Navidad —ella dio un paso al frente, quedando tan cerca que podía ver el reflejo de las luces en el negro absoluto de sus pupilas—. Eres un parásito en esta oficina. Te aprovechas del trabajo duro de los demás para colgarte medallas con ideas que no tienen base real. Yo construyo, tú solo decoras.
Lelekin soltó una carcajada ronca que pareció vibrar en el pecho de Sebalta. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal de forma agresiva. Sebalta podía olerlo: sándalo, café amargo y ese rastro de tabaco que indicaba que había estado despierto toda la noche, probablemente arruinando algún otro proyecto.
—¿Sabes qué es lo que más te jode, rubia? —susurró él, su aliento rozando su mejilla—. Que sabes que tengo razón. Sabes que la empresa está estancada y que yo soy el único que tiene el valor de prenderle fuego para que renazca. Tú solo quieres el ascenso para sentir que tu vida cuadra como una de tus estúpidas hojas de Excel. Pero las personas no son números, y este puesto... este puesto requiere alma. Algo que tú vendiste por un traje de diseño.
Sebalta sintió una punzada de rabia tan aguda que tuvo que apretar los puños para no cruzarle la cara. Amaba su trabajo, amaba esa oficina con una devoción que él nunca entendería. Escucharle decir que ella no tenía alma era como recibir una bofetada de alguien que no merecía ni dirigirle la palabra.
—Mi "alma", como tú la llamas, está en los resultados. En los beneficios que permiten que tipos como tú sigan teniendo un sueldo —dijo ella, con los dientes apretados—. No vas a quitarme esto, Lelekin. He trabajado diez veces más que tú. He sangrado por esta empresa mientras tú te paseabas por los bares buscando "inspiración". Ese despacho va a tener mi nombre en la puerta, aunque tenga que usar tu cadáver profesional como alfombra.
Lelekin no se inmutó. Al contrario, una sonrisa torcida, casi depredadora, apareció en su rostro. Alargó la mano y, con una lentitud exasperante, cogió la taza de café que Sebalta acababa de preparar para ella misma.
—Gracias por el café, Directora —dijo con ironía, enfatizando el título como si fuera un insulto—. Por cierto, el traje es espectacular. Una pena que sea lo más interesante que vas a mostrar hoy en la reunión.
Lelekin pasó por su lado, rozando deliberadamente su hombro con el suyo. El contacto fue eléctrico, una descarga de odio y algo más oscuro que Sebalta se negó a identificar. Se quedó sola en la cocina, con la respiración agitada y los ojos fijos en la puerta por la que él acababa de salir.
Miró su reflejo en el acero de la cafetera. Su traje verde seguía impecable, su coleta rubia perfectamente en su sitio. Pero por dentro, la calma se había roto. La guerra no era solo por un puesto; era una lucha por demostrar quién tenía el derecho de existir en ese templo de cristal y acero.
—Vas a caer, Lelekin —susurró para sí misma, con la voz cargada de una promesa negra—. Y te juro que no habrá nadie para recogerte.
Caminó hacia la sala de juntas, con el corazón latiendo al ritmo de una marcha de guerra. El día acababa de empezar, y el aire de Aurora Global ya olía a pólvora.
**




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.