—¿Compartir despacho? —La voz de Sebalta cortó el aire de la sala de juntas como una cuchilla—. Señor Henderson, con todo respeto, eso es un suicidio operativo.
—No es una negociación, Sebalta —replicó el jefe, cerrando su carpeta con un estruendo que hizo que ella diera un respingo—. La planta 45 tiene un despacho doble vacío junto al mío. Quiero que vuestras mesas estén lo bastante cerca como para que os escuchéis respirar. Si no sois capaces de sacar adelante el proyecto Helios sin mataros, es que ninguno de los dos sirve para el puesto de director.
Lelekin, que hasta ese momento había estado balanceándose en su silla con una calma exasperante, se detuvo en seco. Sus ojos negros se clavaron en el jefe y luego se desviaron hacia Sebalta con un desprecio que ella sintió como una bofetada física.
—Ella no aguantará ni tres días —soltó Lelekin, levantándose de golpe—. Se pondrá a llorar en cuanto vea que no puede controlar cada maldito clip de la oficina.
—Pruébame, imbécil —siseó Sebalta, poniéndose en pie a su vez, con los puños apretados sobre la mesa—. Te aseguro que antes de que yo derrame una lágrima, tú estarás recogiendo tus cosas en una caja de cartón.
Henderson salió de la sala sin mediar palabra. Sebalta y Lelekin se quedaron solos, separados solo por la mesa de caoba. La tensión era tan densa que el aire parecía vibrar.
—Diez minutos, Sebalta —dijo él, rodeando la mesa con pasos lentos y felinos—. Intenta no traer tus estúpidas plantas. Me quitan el oxígeno.
Él salió de la sala dándole un golpe a la puerta. Sebalta se quedó sola, respirando de forma entrecortada, sintiendo cómo la rabia le quemaba el pecho. No iba a permitirlo. Aquel era su momento, su ascenso, y no iba a dejar que un tipo que se creía el dueño del mundo por tener un poco de carisma le arrebatara tres años de esfuerzo.
Recogió sus cosas con movimientos mecánicos y subió a la planta 45. El despacho era amplio, rodeado de cristaleras que mostraban los rascacielos de la ciudad, pero para ella se sentía como una celda de castigo. Lelekin ya estaba allí. Había tirado su chaqueta sobre una de las sillas y estaba desparramando papeles por la mesa de la izquierda sin ningún orden.
—Esa es mi mesa —dijo Sebalta, señalando el escritorio que él estaba invadiendo.
—Aquí no hay etiquetas, rubia. He llegado primero.
Sebalta caminó hacia él, le arrebató el montón de papeles de las manos y los lanzó al suelo de un movimiento brusco. El sonido de las hojas desparramándose fue seguido de un silencio sepulcral.
—Esa. Es. Mi. Mesa —repitió ella, con los ojos marrones inyectados en furia.
Lelekin se irguió lentamente. Le sacaba una cabeza de altura y se aprovechó de eso para inclinarse sobre ella, invadiendo su espacio personal hasta que Sebalta pudo oler el aroma amargo del café negro en su aliento.
—Vuelve a tocar mis cosas y te juro que tiro tu ordenador por esa ventana —amenazó él con una voz baja y peligrosa—. No me importa quién seas ni cuánto tiempo lleves aquí. No me vas a dar órdenes.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer, Lelekin? ¿Vas a gritar? —Ella le dio un empujón en el pecho, apartándolo—. Si quieres guerra, la vas a tener. Pero te advierto una cosa: yo no juego limpio cuando alguien intenta quitarme lo que es mío.
Lelekin soltó una carcajada seca, sin un ápice de alegría. Se sentó en la otra mesa y estiró las piernas, ocupando todo el hueco inferior de manera que sus pies rozaban los de ella.
—Me parece perfecto. Porque yo nunca he jugado limpio en mi vida.
Durante las siguientes horas, el despacho fue un campo de batalla silencioso. Sebalta tecleaba con tanta fuerza que parecía querer romper el teclado. Cada vez que ella imprimía un informe, Lelekin suspiraba con un fastidio teatral. Cada vez que él recibía una llamada y hablaba con esa voz profunda y autoritaria, ella subía el volumen de su monitor.
De repente, Lelekin se levantó y caminó hacia la ventana, tapando la luz que caía sobre el escritorio de Sebalta. Se quedó allí, de espaldas, con las manos en los bolsillos.
—Quítate —dijo ella sin levantar la vista—. Me tapas la luz.
—Es un espacio público, Sebalta. Y estoy pensando. Algo que a ti te vendría bien para dejar de hacer informes que nadie lee.
Sebalta se levantó de un salto, se acercó a él y lo agarró del brazo para apartarlo. Fue un error. En cuanto su piel rozó la tela de su camisa, Lelekin se giró con una rapidez asombrosa, atrapándole la muñeca con una fuerza que no llegó a doler, pero que la inmovilizó por completo.
Sus ojos negros chocaron con los marrones de ella. Estaban tan cerca que Sebalta podía ver el brillo de odio en sus pupilas. La electricidad entre ambos no era romance; era una combustión de desprecio puro.
—Suéltame —siseó ella, tratando de zafarse.
—No me vuelvas a poner una mano encima —respondió él, apretando un poco más antes de soltarla como si su contacto le quemara—. Me das asco, Sebalta. Me das asco tú, tu traje y tu estúpida ambición de oficina.
—El sentimiento es mutuo, Lelekin —ella dio un paso atrás, alisándose la chaqueta con manos temblorosas—. Pero prepárate. Mañana tenemos la reunión con Helios y te voy a hundir delante de todos.
—Inténtalo. Pero asegúrate de no caerte tú primero.
Él cogió sus cosas y salió del despacho dando un portazo que hizo que los marcos de las fotos vibraran. Sebalta se quedó sola, con el corazón martilleándole en las costillas. Lo odiaba. Lo odiaba con una intensidad que la asustaba. Pero sobre todo, odiaba que Henderson tuviera razón: ese mes iba a ser un infierno. Y ella estaba dispuesta a arder con tal de ver a Lelekin consumido por las llamas.
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Editado: 08.04.2026