Mi enemigo está en mi oficina.

Capítulo 3: Horas extra

La lluvia golpeaba los cristales del piso 45 con una violencia ensordecedora. Eran las once de la noche y el edificio estaba desierto, a excepción de la luz fluorescente que parpadeaba sobre la mesa de Sebalta. Ella tenía la vista nublada de tanto revisar contratos, pero se negaba a irse mientras Lelekin siguiera sentado frente a ella.
Él no estaba trabajando. Estaba tirado en su silla, con una pierna cruzada sobre la otra, lanzando una pelota de goma contra la pared de cristal. *Pum. Pum. Pum.*
—¿Puedes parar de una maldita vez? —estalló Sebalta, lanzando su bolígrafo sobre la mesa.
—¿Te pongo nerviosa, rubia? —Lelekin atrapó la pelota y la miró con esos ojos negros que parecían no agotarse nunca—. Creía que eras una máquina. Las máquinas no tienen nervios.
—Lo que tengo es un límite. Llevo catorce horas intentando salvar este proyecto mientras tú solo haces ruido y estorbas. Vete a casa, Lelekin. Vete a dormir tu arrogancia a otra parte.
—No me voy a ninguna parte hasta que tú te vayas —él se puso en pie, caminando hacia su mesa con esa lentitud que ella tanto despreciaba—. No voy a dejarte sola aquí para que le envíes correos a Henderson lamiéndole las botas y echándome la culpa de tus errores de cálculo.
Sebalta se levantó de un salto, rodeando el escritorio para encararlo.
—¡Mis errores! —le gritó en la cara, dándole un empujón en el pecho que lo hizo retroceder un centímetro—. He tenido que corregir cada una de tus "genialidades" de esta tarde. Si por ti fuera, Helios ya nos habría demandado por fraude.
Lelekin le atrapó las manos antes de que volviera a empujarlo. El contacto fue brusco, sus dedos negros rodeando sus muñecas como grilletes. Sebalta forcejeó, pero él la atrajo hacia sí, obligándola a quedar a milímetros de su rostro.
—Suéltame ahora mismo —siseó ella, aunque su corazón golpeaba su pecho con una fuerza que la asfixiaba.
—¿O qué? —le devolvió él, con la voz cargada de un veneno oscuro—. ¿Vas a llamar a seguridad? No hay nadie, Sebalta. Solo estamos tú, yo y el asco que nos tenemos.
—Me das náuseas, Lelekin. Tu pelo, tu olor, tu maldita forma de creer que el mundo te debe algo. Todo en ti es falso.
—Y tú eres un desierto —replicó él, apretando más el agarre—. Estás tan vacía que necesitas este puesto para sentir que existes. Mírame a los ojos y dime que no me odias porque soy el único que te recuerda que no eres más que una empleada del mes con un traje caro.
Sebalta le escupió las palabras a la cara:
—Te odio tanto que desearía que este edificio se hundiera contigo dentro.
Lelekin soltó una carcajada ronca, pero no la soltó. Al contrario, la empujó contra la mesa, acorralándola entre su cuerpo y la madera fría. Sebalta sintió el pánico y la rabia mezclarse en su garganta. Él bajó la cabeza, su nariz rozando la de ella, sus ojos negros fijos en los marrones de Sebalta, que ardían de furia.
—Entonces deja de mirarme así —susurró él—. Deja de buscarme en cada pasillo para decirme cuánto me desprecias. Porque parece que tu odio es lo único que te mantiene despierta.
—¡Te odio porque eres un estorbo! —gritó ella, tratando de darle un rodillazo, pero él bloqueó su pierna con la suya, inmovilizándola por completo.
La respiración de ambos era errática, un compás de ira que llenaba el despacho silencioso. Por un segundo, el odio se transformó en algo pesado, una tensión eléctrica que hacía que el aire quemara. Sebalta no retrocedió. No sabía si quería matarlo o arrancarle la piel a tiras, pero no iba a ser la primera en bajar la mirada.
—Eres lo peor que me ha pasado en esta empresa —dijo ella en un susurro quebrado por el esfuerzo.
—Y tú eres la peor pesadilla que he tenido la mala suerte de conocer —respondió él, soltándole las muñecas de golpe, como si su piel le causara una alergia insoportable.
Lelekin dio un paso atrás, pasándose una mano por su cabello negro, desordenándolo aún más. Sebalta se apoyó en la mesa, temblando, intentando recuperar el aliento y la dignidad.
—Lárgate —ordenó ella, con la voz más firme que pudo reunir.
Lelekin la miró una última vez, con un desprecio que le caló hasta los huesos, cogió su chaqueta y salió del despacho sin decir una palabra. El portazo resonó en toda la planta 45, dejando a Sebalta sola con el sonido de la lluvia y el eco de un encuentro que acababa de cambiar las reglas del juego.
Ya no era solo competencia profesional. Ahora era algo personal. Algo destructivo que no iba a terminar bien para ninguno de los dos.




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