Sebalta entró en el despacho antes de que saliera el sol. No había dormido. Se sentó, encendió el monitor y empezó a borrar las carpetas compartidas que Lelekin había creado.
—Ni te molestes —la voz de Lelekin llegó desde la esquina oscura del despacho. Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y una lata de bebida energética en la mano—. He hecho tres copias de seguridad.
—Sal de mi vista —escupió Sebalta sin mirarlo—. Lo que hiciste anoche de ponerme las manos encima no se va a quedar así.
—¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer? —Lelekin se puso en pie de un salto, con una agilidad que la puso nerviosa—. ¿Vas a llorar? ¿Vas a ir con el cuento a recursos humanos? Hazlo. Pero en cuanto abras la boca, yo abriré la mía sobre el contrato de los coreanos.
Sebalta se quedó helada. Sus dedos se detuvieron sobre el teclado. Lentamente, giró la silla para encararlo.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que sé que falsificaste las firmas de cumplimiento para cerrar el trato antes de fin de año —Lelekin se acercó a su mesa, apoyando las manos sobre la madera y rodeándola—. Te observé hacerlo, Sebalta. Vi cómo escaneabas y pegabas. Tres años de carrera impecable y la "perfecta" rubia resultó ser una tramposa.
—Tú no tienes pruebas de eso —siseó ella, aunque su voz tembló un poco.
—Tengo los archivos originales en mi nube personal. Así que ahora, te vas a sentar, te vas a callar y vamos a presentar ese informe de Helios como si fuéramos los mejores amigos del mundo. Porque si yo caigo, tú te vienes conmigo al fango.
Sebalta se levantó de un golpe, tirando la silla hacia atrás. Le dio una bofetada tan fuerte que el sonido resonó en todo el despacho. A Lelekin se le ladeó la cara, pero no se inmutó. Lentamente, volvió a mirarla con una sonrisa sangrienta y los ojos negros inyectados en odio.
—Eso es —susurró él—. Saca la basura que llevas dentro.
—Eres un parásito —dijo ella con los dientes apretados—. Te odio más que a nada en este mundo. Me das asco cada vez que respiras cerca de mí.
—El sentimiento es mutuo. Pero ahora somos socios en el crimen. Así que arréglate esa coleta, que los de Helios llegan en diez minutos y tienes cara de haber estado en una pelea de bar.
La reunión con el cliente fue una farsa perfecta. Sebalta hablaba de ética y proyecciones mientras Lelekin vendía humo creativo. Por debajo de la mesa, él le pisaba el tacón cada vez que ella intentaba llevarle la contraria. Sebalta le clavaba la punta del bolígrafo en el muslo por debajo del mantel de la sala de juntas. Sonreían, estrechaban manos y por dentro se estaban despedazando.
—¡Increíble trabajo de equipo! —exclamó Henderson cuando se fueron los clientes—. Nunca había visto una sinergia igual.
En cuanto el jefe cerró la puerta, Sebalta recogió sus cosas con tal furia que tiró un vaso de agua al suelo.
—¡No vuelvas a pisarme, animal! —le gritó a Lelekin en cuanto estuvieron solos.
—¡Pues deja de intentar corregirme delante de los clientes! —le devolvió él, dándole un puñetazo a la pared de cristal—. Si no fuera por mis "humos", como tú los llamas, nos habrían mandado a la mierda hace media hora. Tu plan es un ladrillo, Sebalta.
—¡Mi plan es seguro! ¡Tú vas a acabar en la cárcel!
—¡Si acabo en la cárcel, tú estarás en la celda de al lado! —él la agarró de los hombros y la sacudió una vez—. ¡Entérate de una vez! Estamos atados. O ganamos este ascenso juntos y luego nos matamos, o nos hundimos ahora mismo. ¿Qué prefieres?
Sebalta se soltó de un tirón, jadeando. Lo miró con un desprecio absoluto, pero no respondió. Sabía que tenía razón. Estaba atrapada con el hombre que más odiaba.
—Mañana hay que entregar la fase dos —dijo ella, recuperando su tono gélido—. No quiero volver a verte hasta entonces.
—Mañana a las ocho, socia —se mofó él—. Trae café. Del bueno.
Lelekin salió del despacho dándole una patada a la papelera. Sebalta se dejó caer en su silla, escondiendo la cara entre las manos. Estaba ocurriendo. Estaba perdiendo el control de su vida, de su carrera y de su cordura.
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Editado: 08.04.2026