La semilla del caos
Facultad de Derecho. Diez años antes.
El auditorio olía a café barato y a la ansiedad de cien estudiantes, pero para Julian Vane, el aire solo tenía un nombre: Elena Russo.
Él estaba de pie tras el podio de madera, con su camisa perfectamente planchada y sus notas alineadas con precisión milimétrica. Era la final del concurso de debate. El premio era una pasantía en el bufete más prestigioso de la ciudad. Julian lo necesitaba. Lo merecía. Había seguido todas las reglas, había estudiado cada coma del código civil.
— El orden es la base de la justicia —concluyó Julian, mirando directamente al jurado con esa seguridad gélida que ya empezaba a ser su marca personal—. Sin estructura, solo tenemos el capricho de los hombres.
Se sentó, esperando el aplauso educado. Pero entonces, ella se levantó.
Elena no llevaba un traje sastre impecable. Tenía el cabello desordenado, una mancha de tinta en el puño de la camisa y una sonrisa que era un desafío directo a la existencia de Julian. No miró sus notas. Se acercó al jurado, apoyándose en la mesa con una familiaridad que a Julian le revolvió el estómago.
— El orden es muy bonito en los libros, señores —dijo ella, y su voz llenó la sala con una energía eléctrica—. Pero la justicia no vive en los libros. Vive en las calles, en el caos, en la gente que el señor Vane prefiere ignorar para no arrugar su traje.
Julian apretó los dientes. No te dejes provocar, se dijo.
Pero Elena no había terminado. Mientras exponía su argumento, se acercó a la mesa de Julian. Sin dejar de hablar, con un movimiento elegante y aparentemente accidental, volcó el vaso de agua sobre las notas de Julian.
La tinta se corrió. Sus argumentos perfectos se convirtieron en manchas azules ilegibles.
Julian se puso de pie, con los puños apretados, la cara encendida de una furia que nunca antes había sentido. Ella se giró hacia él, a escasos centímetros, y por un segundo el mundo desapareció. En sus ojos oscuros no había arrepentimiento, solo una chispa de victoria.
— Ups —susurró ella, solo para él, antes de volver al jurado—. La justicia es impredecible, señores. Al igual que la vida.
Esa tarde, Elena Russo ganó la pasantía. Julian Vane ganó una obsesión.
Mientras la veía celebrar, Julian juró que dedicaría cada día de su carrera a demostrar que ella era un error en el sistema. Y Elena, al cruzar su mirada con la de él por encima de su copa de champán, supo que acababa de encontrar al único hombre que valía la pena destruir.
No fue amor a primera vista. Fue algo mucho más duradero: fue una promesa de guerra.