Línea de fuego
JULIAN
El aire en el pasillo es una mezcla asfixiante de yeso pulverizado y pólvora. Mi mano aprieta la de Elena con una fuerza que, en cualquier otra circunstancia, ella usaría para presentar una demanda por agresión, pero ahora mismo es lo único que nos mantiene anclados.
— ¡Por aquí! —le grito sobre el estruendo de una segunda explosión más lejana.
Doblamos una esquina hacia las escaleras de servicio. Los hombres armados están cerca; escucho el eco metálico de sus botas sobre el mármol. Mi mente, esa que siempre funciona como un reloj suizo, está calculando rutas de escape a mil por hora. No puedo llevarla al estacionamiento principal; es una ratonera.
— Julian, espera —jadea ella, frenándome en seco justo antes de la puerta de incendios.
— ¡No podemos parar, Elena!
— Mi bolso... los archivos del caso están ahí —dice, señalando hacia atrás, hacia la nube de polvo.
— ¡Olvida los malditos papeles! —le rudo, agarrándola por los hombros. Sus ojos oscuros están muy abiertos, llenos de una mezcla de terror y esa terquedad infinita que tanto me saca de quicio—. Si nos matan, esos archivos no le servirán de nada a nadie. Prioridades, Russo. Por una vez en tu vida, sigue mis órdenes.
Ella me dedica una mirada que podría derretir el acero, pero asiente. Bajamos las escaleras de dos en dos. El sonido de un disparo impactando en la barandilla de metal justo encima de nuestras cabezas me hiela la sangre.
ELENA
El corazón me golpea las costillas como un animal enjaulado. Correr en tacones de siete centímetros mientras intentan asesinarte debería ser un deporte olímpico. Julian me lleva casi a rastras por el callejón trasero del tribunal. El frío del exterior me golpea la cara, pero no me detengo.
— ¡Al coche! —ordena él, señalando su sedán negro aparcado en la zona restringida.
— ¿En serio vamos a huir en tu coche de fiscal aburrido? ¡Es el primer lugar donde mirarán! —le grito mientras él desbloquea las puertas.
Me zambullo en el asiento del copiloto justo cuando una bala impacta en la ventanilla trasera. El cristal se astilla en una red de grietas, pero no se rompe. Julian arranca el motor con un rugido y salimos del callejón derrapando.
Me pego al asiento, sintiendo la adrenalina quemarme las venas. Julian conduce como un loco, esquivando el tráfico con una precisión quirúrgica que no sabía que poseía. Sus nudillos están blancos sobre el volante y su mandíbula está tan apretada que temo que sus dientes se rompan.
— ¿Quiénes eran esos, Julian? —pregunto, tratando de normalizar mi respiración.
Él no me mira. Sus ojos están fijos en el retrovisor, vigilando el SUV negro que acaba de aparecer detrás de nosotros.
— La gente a la que estabas a punto de meter en la cárcel, Russo. O la gente que yo estaba a punto de procesar. Da igual ahora. Estamos en el mismo bando de la lista de ejecución.
— Odio que tengas razón —susurro, apoyando la cabeza en el respaldo.
— Acostúmbrate —responde él, y por un segundo, su mano abandona la palanca de cambios para apretar la mía, que sigue temblando sobre mi rodilla. Es un gesto rápido, casi imperceptible, pero el calor de su palma me quema más que el miedo.
— No me toques, Vane —digo por puro hábito, pero no retiro la mano.
— No te sueltes, Russo —responde él con voz ronca—. Porque no pienso parar hasta que estemos a salvo.