Santuario y Secretos
JULIAN
Conduje durante tres horas por carreteras secundarias que no aparecían en los mapas principales, asegurándome de que nadie nos seguía. El SUV negro había quedado atrás en un polígono industrial tras una maniobra que me costará una multa de tráfico que yo mismo tendría que procesar, pero el peligro seguía vibrando en el aire.
Finalmente, las luces del coche iluminaron la vieja fachada de madera de una cabaña perdida en los límites del bosque. Mi refugio personal. Nadie sabía que este lugar existía; ni mis padres, ni el departamento.
— ¿Dónde estamos, Vane? ¿Me has traído aquí para asesinarme y ocultar el cuerpo? —La voz de Elena era débil, pero aún conservaba ese filo sarcástico que usaba como armadura.
— Si quisiera matarte, Russo, lo habría hecho en el primer semestre de derecho cuando "accidentalmente" tiraste mi café sobre mi examen final —respondí, apagando el motor. El silencio que siguió fue casi doloroso.
Entramos en la cabaña. El aire estaba frío y olía a pino y a encierro. Solo encendí una pequeña lámpara de mesa, dejando el resto en penumbra. Elena se abrazó a sí misma, tiritando. Su chaqueta estaba rota y tenía una mancha de sangre seca en la mejilla.
ELENA
Me senté en el sofá de cuero desgastado mientras Julian cerraba todas las cortinas con una paranoia profesional. Verlo fuera de su hábitat natural —el mármol y la luz fluorescente del juzgado— era desconcertante. Se quitó la chaqueta y se desabrochó los dos primeros botones de la camisa. Sus manos, siempre tan estables, temblaban ligeramente mientras buscaba un botiquín.
— Deja de mirarme así —dijo él, sin volverse.
— ¿Cómo?
— Como si estuvieras analizando mi defensa. No hay juicio hoy, Elena. Casi morimos.
Se acercó y se arrodilló frente a mí con un algodón empapado en antiséptico. El contacto del líquido frío en mi mejilla me hizo dar un respingo, y instintivamente, agarré su muñeca para detenerlo. Sus ojos grises se clavaron en los míos. Estábamos tan cerca que podía contar sus pestañas.
— ¿Por qué me salvaste, Julian? —La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera filtrarla. Él era el fiscal; lo lógico era que se salvara él para asegurar el caso—. Podrías haber corrido hacia la otra salida. Habrías llegado al coche más rápido sin mí.
Julian bajó la mano, pero no se alejó. Su expresión, siempre una máscara de hielo, se agrietó por un segundo.
— Porque hace tres años, cuando el Colegio de Abogados intentó investigarte por aquel caso de los estibadores... yo fui quien detuvo la investigación —soltó de golpe.
Me quedé helada. Esa investigación se había esfumado de la noche a la mañana y yo siempre pensé que había sido un error administrativo.
— ¿Tú qué? ¿Por qué harías eso? Me odias. Has intentado ganarme cada batalla.
— Te odio porque eres insoportable, Elena. Te odio porque cuestionas cada una de mis certezas —dijo, y su voz bajó un octavo, volviéndose peligrosamente íntima—. Pero no quiero un mundo donde no estés al otro lado del pasillo para llevarme la contraria. Si te vas... no me queda nadie que valga la pena combatir.
Me quedé sin palabras. Mi enemigo favorito no solo me había estado vigilando; me había estado protegiendo desde las sombras mientras yo le lanzaba dardos envenenados en cada oportunidad.
La tensión en la cabaña cambió. Ya no era el miedo a los hombres armados lo que hacía que mi corazón latiera con fuerza. Era el hombre frente a mí, confesando que su obsesión por mí era mucho más profunda de lo que ambos nos atrevíamos a nombrar.
— Julian... —susurré, acortando la distancia involuntariamente.
Él no se movió. No retrocedió. Su mano subió de mi mejilla hasta mi nuca, enterrando sus dedos en mi moño deshecho.
— Si me vas a insultar, Russo, hazlo ahora —murmuró contra mis labios—. Porque si no lo haces, voy a hacer algo de lo que ambos nos arrepentiremos mañana en el tribunal.