El Muro
ELENA
Sus palabras fueron como un impacto directo al pecho, más fuerte que cualquier explosión en el tribunal. Por un segundo, el mundo se redujo a la calidez de su mano en mi nuca y al brillo oscuro de sus ojos. Estaba ahí, a un centímetro de descubrir si Julian Vane besaba con la misma precisión con la que hablaba.
Pero el pánico me golpeó de repente. Si lo besaba, perdía. Si cedía, la guerra que nos mantenía vivos se terminaba, y no estaba lista para ver qué quedaba entre las cenizas.
Me aparté bruscamente, casi tropezando con el borde del sofá.
— No —solté, con la voz quebrada—. No hagas eso, Julian. No uses la adrenalina para... para esto.
Él se quedó inmóvil, con la mano aún en el aire, antes de cerrarla en un puño y bajarla lentamente. Su máscara de hielo volvió a encajarse en su lugar tan rápido que casi me hizo dudar de lo que acababa de ver.
— Tienes razón —dijo él, poniéndose en pie con una rigidez militar—. Ha sido el shock. Mañana volveremos a detestarnos de forma civilizada.
— Mañana —repetí, aunque el aire se sentía pesado, como si acabáramos de cruzar una línea de la que no hay retorno.
Él señaló hacia el final del pasillo, evitando mirarme a los ojos.
— Toma el dormitorio principal. La puerta tiene cerrojo. Yo me quedaré en el sofá con el arma. No creo que nos hayan seguido, pero no voy a correr riesgos.
JULIAN
La vi desaparecer tras la puerta del dormitorio y escuché el clic del cerrojo. Ese sonido me dolió más que cualquier derrota judicial.
Me senté en el suelo, apoyado contra la puerta de entrada, con el arma reglamentaria sobre las rodillas. El silencio de la cabaña era absoluto, excepto por el latido desbocado de mi propio corazón. "Mañana volveremos a detestarnos", le había dicho. Pero era mentira.
Había pasado diez años intentando ganar un caso contra ella, sin darme cuenta de que lo que realmente quería era que ella me ganara a mí.
Me pasé una mano por la cara, agotado. Sabía que Elena estaba despierta al otro lado de la pared, probablemente procesando que el hombre que intentó hundirla en el examen de derecho era el mismo que le había salvado la carrera en secreto.
La noche iba a ser larga. Y el peligro afuera no era nada comparado con el que acabábamos de crear dentro de estas cuatro paredes.