El Caballo de Troya
ELENA
El sol de la mañana se filtraba por las rendijas de las persianas de madera, dibujando líneas doradas sobre el suelo de la cabaña. No he dormido nada. Cada vez que cerraba los ojos, sentía los dedos de Julian en mi nuca.
Salí de la habitación en silencio. Julian estaba en la pequeña mesa de la cocina, con un mapa desplegado y su computadora portátil abierta. Tenía ojeras, pero seguía pareciendo insultantemente guapo con la camisa arrugada y el cabello desordenado.
— Café —dijo, empujando una taza humeante hacia mí sin levantar la vista.
— Gracias —respondí, sentándome frente a él—. Julian, sobre lo de anoche...
— No hay "sobre lo de anoche", Russo. Estamos analizando los archivos. Mira esto.
Me obligó a centrarme. Había logrado rescatar una copia digital de los registros de la fiscalía antes de que explotara el servidor. Mis ojos de abogada defensora, entrenados para encontrar la aguja en el pajar, empezaron a escanear las columnas de datos mientras bebía el café amargo.
— Espera —dije, dejando la taza de golpe—. Vuelve a la página anterior.
— ¿Qué pasa? Son solo autorizaciones de vigilancia de la policía.
— No, no lo son. Mira el código de autorización en la esquina superior. 22-B-4. Ese es un código de protocolo interno de la oficina del Gran Jurado. Solo tres personas pueden emitir esa orden.
Julian frunció el ceño, inclinándose hacia la pantalla. Su hombro rozó el mío y sentí una descarga eléctrica, pero la ignoré. La adrenalina de la caza estaba empezando a superar a la tensión romántica.
— El juez Miller, el fiscal jefe... y tú —murmuró Julian, con la voz volviéndose gélida.
— Exacto. Y yo no lo hice. Tú tampoco, porque me habrías arrestado hace semanas. Eso deja al fiscal jefe... o al juez Miller.
JULIAN
Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Miller era mi mentor. El hombre que me enseñó que la ley era sagrada.
— Miller no puede ser —dije, más para convencerme a mí mismo que a ella—. Él firmó la orden de detención contra el cartel ayer mismo.
— ¿Y qué mejor manera de encubrirse que fingir que los persigues? —Elena se puso de pie, empezando a caminar de un lado a otro, gesticulando con las manos como si estuviera ante un jurado—. Piénsalo, Julian. La explosión no fue para matarnos a nosotros. Fue para destruir el archivo físico que Miller sabía que yo tenía. Él nos mandó a esa oficina segura porque era el lugar más fácil de volar por los aires.
Me quedé mirando la pantalla. Elena tenía razón. La lógica era impecable, cruel y devastadora. Estábamos huyendo de los hombres que se suponía debían protegernos.
— Estamos solos —dije en un susurro.
Elena se detuvo frente a mí. Por primera vez en diez años, no vi a mi rival. Vi a la única persona en el mundo en la que podía confiar. Su mirada era feroz, decidida.
— No estamos solos, Vane —dijo ella, apoyando las manos sobre la mesa y mirándome fijamente—. Nos tenemos el uno al otro. Y si Miller cree que puede destruir a los dos mejores abogados de esta ciudad, es que no tiene ni idea del lío en el que se ha metido.
Sentí una chispa de fuego en el pecho. No era solo deseo; era admiración pura.
— Russo —dije, poniéndome de pie y cerrando la distancia entre nosotros—, si salimos de esta... te voy a odiar más que nunca por tener razón otra vez.
— Lo sé —sonrió ella, y esta vez, no hubo sarcasmo—. Pero primero, vamos a hundir a ese hijo de perra.