El peso de las verdades no dichas
JULIAN
La lluvia golpea el techo de zinc de la cabaña con una insistencia rítmica, como si el cielo mismo estuviera tratando de entrar. He revisado el perímetro tres veces, pero la verdadera amenaza no está afuera. Está en la cocina, metiendo archivos en una mochila con movimientos bruscos y erráticos.
— Tenemos que movernos ya, Russo —digo, aunque mi voz suena más áspera de lo que pretendía.
Ella se detiene en seco. No se gira. Sus hombros, siempre tan rectos frente a un juez, están caídos.
— ¿Y qué pasa si Miller tiene razón? —pregunta ella en un susurro—. ¿Y si volvemos y nadie nos cree? ¿Y si lo único que logramos es que nos maten en una celda antes de que el juicio empiece?
Me acerco a ella. La distancia de seguridad que impusimos anoche parece haberse evaporado con el café de la mañana.
— No dejaré que eso pase.
— ¡No puedes prometer eso! —estalla ella, girándose por fin. Tiene los ojos empañados por una rabia que conozco bien, pero debajo hay algo que me rompe: miedo puro—. Siempre quieres tener el control, Julian. Pero ahí fuera somos dos cadáveres andantes. Y yo... yo no puedo volver a esa sala de tribunales y fingir que no tengo miedo de perderte a ti también.
ELENA
Se lo he dicho. La verdad ha salido de mi boca como un veneno que llevaba años reteniendo. Mis manos tiemblan y odio que él lo vea. Julian me mira con una intensidad que me quema los pulmones.
— ¿Perderme? —repite él, dando un paso que elimina el último espacio que nos quedaba—. Russo, me has odiado durante diez años.
— ¡Te odio porque me obligas a ser mejor! —le grito, golpeando su pecho con el dedo índice—. ¡Te odio porque eres el único que me ve de verdad! Y me aterra que, ahora que finalmente estamos en el mismo bando, el mundo decida que es momento de borrarnos.
Julian me agarra la mano, deteniendo mi ataque, pero no la suelta. Sus dedos se entrelazan con los míos, firmes, calientes, reales.
— Elena —su voz es ahora un murmullo bajo que me eriza la piel—. Mírame.
Lo hago. Su fachada de fiscal de hierro ha desaparecido. No hay corbata, no hay leyes, no hay orden. Solo está el hombre que me ha protegido en secreto mientras yo intentaba destruirlo.
— No vamos a morir hoy —dice él, acercando su rostro al mío—. Y no voy a permitir que vuelvas a esconderte detrás de ese sarcasmo.
Su mano libre sube a mi mejilla, recorriendo la pequeña cicatriz que me dejó la explosión. El contacto es eléctrico. La presión de las últimas 24 horas, de los últimos diez años, explota en ese punto de contacto.
— Julian... —intento advertirle, o quizá rogarle.
— Al diablo con el juicio —murmura él.
Y entonces, me besa.
No es el beso que esperas de un hombre tan controlado como Julian Vane. Es desesperado, hambriento, lleno de toda la furia y la pasión que hemos canalizado en discusiones legales durante una década. Es el beso de dos enemigos que se dan cuenta de que siempre han sido dos mitades de lo mismo.
Lo agarro por la camisa, atrayéndolo más hacia mí, mis dedos perdiéndose en su cabello. El mundo exterior, Miller, el peligro y la lluvia desaparecen. Solo existe el sabor a café y urgencia, y la comprensión de que, pase lo que pase cuando salgamos por esa puerta, ya nada volverá a ser igual.
Julian se separa apenas unos milímetros, su frente apoyada contra la mía, ambos jadeando.
— Si sobrevivimos a esto —susurra contra mis labios—, vas a tener que buscarte un nuevo enemigo. Porque no pienso dejarte ir de nuevo.
— Cállate y vístete, Vane —respondo, aunque mi sonrisa es temblorosa—. Tenemos un juez que hundir.