El beso de Judas
JULIAN
El estacionamiento huele a gasolina y a cemento húmedo. Sarah está frente a mí, y aunque el mundo parece haberse detenido, mi mente procesa la traición con una frialdad analítica que me da asco. Cinco años. Cinco años confiándole mi agenda, mis notas, incluso las llaves de mi casa cuando estaba fuera.
— Lo siento, Julian. De verdad lo siento —repite ella, y las lágrimas que corren por su rostro parecen reales, pero el arma que sostiene el hombre a su lado es mucho más tangible.
— ¿Cuánto te pagó, Sarah? —pregunto. Mi voz suena extrañamente calmada, la misma voz que uso para interrogar a un testigo hostil—. ¿O fue por miedo?
— Él tiene a mi hija, Julian —solloza, ocultando su rostro entre las manos—. Miller me mostró fotos de ella en el colegio. Dijo que si no los traía aquí...
— Ya basta de sentimentalismos —interrumpe una voz que conozco demasiado bien.
De entre las sombras de las columnas de hormigón surge el Juez Miller. No lleva la toga, pero su presencia sigue siendo imponente. Camina con una seguridad que me revuelve el estómago. Detrás de él, tres hombres con uniformes de seguridad privada, pero con la mirada vacía de quienes están acostumbrados a apretar el gatillo por un sueldo.
— Juez —digo, dando un paso al frente para cubrir a Elena, aunque sé que ella odia que la proteja.
— Julian, Julian... —Miller niega con la cabeza, con una decepción fingida—. Eras mi mejor alumno. El heredero de mi legado. ¿Y lo tiras todo por una abogada de pacotilla que disfruta rompiendo el sistema?
ELENA
Siento la adrenalina subiendo por mi garganta como bilis. Miro a mi alrededor. Estamos rodeados. El coche de Julian está a diez metros, pero las llaves están en su bolsillo y tenemos cuatro cañones apuntándonos.
Julian está tenso, una cuerda de piano a punto de romperse. Puedo ver cómo su mandíbula se aprieta.
— No es por ella, Miller —responde Julian, y su tono es de un desprecio absoluto—. Es por la ley. Esa que usted usa como papel higiénico.
— La ley es lo que yo digo que es —responde Miller, acercándose. Su mirada se posa en mí—. Y tú, Russo... siempre fuiste una molestia. Un error en la ecuación. Pero hoy, ambos van a ser la solución a mis problemas.
Uno de los hombres de Miller se acerca y me agarra del brazo con una fuerza que me hará moratones. Intento zafarme, pero me presiona el cañón de su pistola contra la sien. El frío del metal me corta la respiración.
— ¡Suéltala! —ruge Julian, pero otro guardia lo golpea en el estómago con la culata de un rifle.
Julian cae de rodillas, jadeando. El sonido del impacto resuena en todo el estacionamiento vacío.
— ¡JULIAN! —grito, pero el hombre que me sujeta me tapa la boca con una mano enguantada.
— Llévenlos al nivel inferior —ordena Miller, recuperando su tono profesional, como si estuviera dictando una sentencia—. Sarah, vete a casa. Si dices una palabra, ya sabes qué pasará.
Sarah se aleja corriendo, sus pasos resonando como latigazos. Miller se queda mirándonos mientras nos arrastran hacia el ascensor de carga.
— Van a redactar una confesión —dice Miller, ajustándose los puños de la camisa—. Un esquema de extorsión que salió mal. Mañana, los periódicos dirán que el fiscal estrella y la abogada rebelde eran amantes conspiradores que intentaron chantajear a un juez honorable. Y luego... se suicidarán por la culpa.
El ascensor se cierra. La oscuridad nos traga. Miro a Julian; a pesar del dolor, sus ojos grises están fijos en los míos. No hay derrota en ellos. Hay una promesa. Una promesa de que este hombre, el que juré destruir hace diez años, no va a dejar que esta sea nuestra última página.